Opinión

El día que conocí a Popeye, el jefe de sicarios de Pablo Escobar

Nahuel Galotta

Periodista. Autor de "La conexión Bogotá y Bandidas". Escribe en Clarín.

jueves 6 de febrero de 2020 - 3:35 pm

Columna publicada originalmente en Clarín.com

El 2 de diciembre de 2014, yo estaba en el cementerio privado “Jardines Montesacro”, de Medellín, Colombia. Muy pocos llaman y conocen a ese lugar por su nombre. Para la gran mayoría de paisas, y para todos los extranjeros curiosos del tema, es “el cementerio de la tumba de Escobar​”. No era un día cualquiera para ir: se cumplían 21 años de la muerte del narcotraficante más famoso del mundo.

Todo transcurría medianamente normal: había gringos, europeos y mexicanos sacándose fotos sobre la tumba, ubicada en el sector 15, el segundo más caro de los 25 que ofrece el complejo. Algunos le dejaban flores, otros cartas, otros camisetas de fútbol. Hacía la temperatura de siempre en la ciudad de la “eterna primavera” y había silencio como en cualquier cementerio. Lo raro llegaría con una camioneta blanca. O mejor dicho, cuando estacionó y se abrió la puerta corrediza. Eran las 11 de la mañana.

Un hombre de zapatillas Nike, de ésas que usan los runners, y con un ramo de flores que parecía ser artificial en sus manos, bajó primero. Detrás suyo lo hicieron un par de camarógrafos, con las cámaras encendidas, como si vinieran grabando durante el viaje. El hombre, al llegar a la tumba, se arrodilló y comenzó a rezar. Primero un Padre nuestro, después un Gloria al padre, con los ojos cerrados y en voz alta. Todos los que estábamos ahí lo reconocimos rápido. Era Jhon Jairo Velásquez, “Popeye”, el sicario de Escobar.

Llevaba pocos meses libre, luego de 23 años preso. Así como nosotros lo mirábamos, una productora nos miraba a nosotros. No nos dejaba grabar lo que estábamos viendo, ni hablar entre nosotros. Era una de las escenas para un documental de una productora yankee que tenía la exclusividad de su imagen. En ese momento, en la ciudad se decía que “Popeye” se “mostraba poco porque podría sufrir un ataque de las mafias”.

“Popeye” terminó de orar y dijo, mientras se paraba: “Y aquí estoy, Patrón. Fiel a usted como a nadie en la vida. En este mundo como en el anterior”.

El director le pidió repetir la escena tres veces más. Cuando gritan “corte” y llega el momento del descanso, “Popeye” nos mira riéndose: “Al final, es más fácil ser bandido que actor”, nos dice.

Le alcanzaron un agua y se acercó hacia nosotros. Una mexicana con zapatillas naranja flúor y cartera Louis Vuitton fue la primera que lo encaró. Lo saludó con un abrazo. Era su tercera vez en Medellín, y su tercera vez en este cementerio, en la tumba de Escobar. “Es que Pablo no se puede comparar con ‘el Chapo’ Guzmán”, me había dicho minutos antes. “Pablo dio comida, casas. De ‘Chapo’ no se sabe nada. La diferencia es lo humano que fue Pablo y su mamá”.

El segundo que lo saludó fue el hijo de la mexicana. “Hablar con ‘Popeye’ es como hablar con Pablo. Lo más parecido, lo más fidedigno”, me comentó. En su muñeca derecha llevaba un Rolex. El tercero fui yo.

Nos saludamos y no alcancé a presentarme. “Usted tiene pinta de bandido”, me dijo. Yo me tenté de la risa. Creo que lo dijo por mis tatuajes y mis zapatillas deportivas. Le respondí que era argentino, periodista y que estaba en Colombia trabajando para un libro sobre colombianos que robaban por el mundo. Le enumeré los barrios de mis entrevistados y algunas zonas que había conocido por ellos y se sorprendió. No entendía cómo había llegado a esos lugares. Me contó algunas anécdotas de compañeros de pabellón que habían viajado a robar.

Como detrás mío la fila seguía, el mexicano nos tomó una foto y nos despedimos rápido. Antes, saqué de mi billetera una estampita del Gauchito Gil y se la regalé. Posó con ella en la foto, que me la saqué más para mis amigos que para mí. Se la envié rápido al grupo de WhatsApp que teníamos. Cuando la vieron, me reprocharon “cómo no le había dado algo de Lamadrid”, nuestro equipo. Lo único que tenía era el carnet de socio. Querían que posara con el escudo. Pero ya era tarde. Había llegado el turno de los gringos y europeos. La productora miraba todo con mala cara. Decía que estaba bajando el sol y tenían que seguir grabando.

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