Cine

Jojo Rabbit y tener de amigo imaginario a Hitler: el cine volvió a incomodarnos

Por: Alberto Ezequiel Fernández

Sí, regresó nuestro crítico estrella de cine, Alberto Ezequiel, y, tal como nos tiene acostumbrados, lo hace con una película polémica, que interpela al espectador y lo saca del casillero del "bien" para empatizar con los malos de la Historia

¿Sienten eso? Nadie dejó abierta la ventana, pero se siente un aire fresco acariciándonos el rostro. Debe ser el oxígeno que nos trae Jojo Rabbit, la película de Taika Waititi que vino a sacudir (con una sopladora industrial) el polvo de los vetustos lugares comunes en donde practican wakeboard muchos de los films relacionados con la Alemania Nazi.

Nominada a seis premios de la Academia y ganadora de dos Globos de Oro, la nueva película del director neozelandés es un retrato del Tercer Reich contado desde un ángulo muy, muy agudo.

El personaje principal es Jojo (Roman Griffin Davis), un pendejo malcriado, ultra-nazi y que, para ponerle más picante, tiene como amigo imaginario al Fuhrer (el mismo Waititi), con quien consulta cada uno de sus movimientos.

Su madre (Scarlet Johansson) equilibra su avasallamiento nacional-socialista con mucho amor, y con un contrapeso para el chico tan poderoso como el mismísimo Adolf Hitler: mantiene en secreto a Elsa (Thomasin McKenzie), una adolescente judía escondida en su altillo.

La gran paradoja que va a plantear la película desde el minuto cero es cómo puede esta vorágine nazi de 11 años convivir con su enemigo en el mismo hogar, en su cabeza. Esta criatura, a la que le inyectaron una doctrina como heroína en las venas desde pibito, de repente se encuentra frente a frente con sentimientos reales.

La película además de ser una provocación narrativa, es una delicia visual. Los realizadores del vestuario y arte, tras mucha investigación, llegaron a la conclusión de que la Alemania Nazi era muy fashionista, estética y visualmente poderosa, cualidad que las películas generalmente eluden para dar un tinte más crudo a los relatos. En este caso, es al revés: la primera conclusión es que las peores aberraciones incluso pueden estar sucediendo en lugares que a simple vista parecen atractivos.

Ante Jojo Rabbit, la crítica no tuvo lugar para los grises. Están quienes la destruyen y quienes la rescatan como una de las grandes perlas del año. Desoladora, conceptual y, en algunos pasajes, brutal, esta comedia está llamada a ser una de las películas más polémicas de los últimos años.

En un mercado donde la corrección política devalúa los guiones arriesgados, el valor de hacer una sátira controvertida exitosa es como encontrarse fangote de dólares en plena avenida Corrientes. Qué bien se siente por un ratito no ver precuelas, secuelas y biopics. Qué bien se siente. Y más si se trata de una comedia de este porte.

Que quede bien claro: el humor, pese a quien le pese, deja mensajes tan o más profundos que el peor drama lacrimógeno. Aún así, no todos lo perciben como un agente contestatario y liquidan a la película por “tomarse a la ligera” temas tan delicados. Son posturas, claro.

Aunque parezca una obviedad tener que decirlo, desde 1936, con el estreno de Tiempos Modernos, y pasando por los Monty Python y tantas otras, las comedias son el mejor vehículo para una crítica social. No por nada, los chistes en donde los nazis se la pasan saludándose con el famoso Hi Hitler entre ellos desnuda mejor que cualquier documental lo bochornoso de una burocracia que dominaba hasta en las más altas esferas del régimen.

Párrafo aparte para las apariciones de Sam Rockwell como un peculiar veterano retirado nazi y a Stephen Merchant, que encarna una suerte de bizarro, estúpido y siniestro Slenderman de la Gestapo.

Estoy convencido de que todas las sonrisas que nos roba Jojo Rabbit son sutiles sustitutos de golpes bajos de otra época. Vienen a limpiar de cuajo narrativas sórdidas y pretenciosas ya recorridas, que no traen nada nuevo sobre la mesa, y demuestra pese a quien le pese, que el humor es una de las vías más poderosas para hacer críticas aún en tiempos donde los chistes parecen tener tanto impacto como las balas.

Una de las críticas más fuertes a la película estuvo a cargo del sitio Reverse Shot, que cuestiona por qué el director hace que uno termine empatizando más con el personaje nazi, que con el judío, la verdadera víctima en la historia.

En este caso, creo que Jojo Rabbit naturalmente lleva a la gente a identificarse con el chico porque, entre otras cosas, es un chico. Dentro del marco de la narrativa, una lectura posible es que un nenito de 10, 11 años es también una víctima de la aberración nazi.

Lo chocante, quizás, es que por primera vez está sutilmente planteado que un judío en una película nazi no es la única víctima, y eso mis amigos, es el verdadero foco de la polémica.

Esto se nota claramente cuando comparamos Jojo Rabbit con (de pie) Bastardos sin Gloria. La película de Waititi se pone en un lugar de invitación para la crítica voraz en gran parte debido a que la trama no está contada del lado de las víctimas reales, todo lo contrario: se pone en la piel de un nazi. En el hit de Tarantino, la película enseguida pone de manifiesto la intención de matar a Hitler.

Jojo Rabbit te puede gustar más, o menos. Eso está fuera de discusión, pero no te va a dejar indiferente. Porque reírse con una película donde aparece Hitler es contra intuitivo. Reírse con una película en donde aparece Hitler nos llama a preguntarnos por qué nos da gracia y por qué esa sensación risueña trae aparejada una profunda incomodidad.

Reírse con una película en donde aparece Hitler nos obliga a cuestionarnos más cosas a nosotros mismos que llorar.

Volvió el cine que incomoda.

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