Opinión

Exportar poco, importar menos… y según decida la política

Juan Carlos de Pablo

Economista. Doctor honoris causa en la Universidad del CEMA

lunes 20 de enero de 2020 - 3:44 pm

Columna publicada originalmente en La Nación

Durante la década de 1960, la Argentina ensayó las denominadas políticas de marchas y contramarchas, porque las reactivaciones económicas eran frenadas por sendas crisis de balanza de pagos. El reciente aumento de las retenciones a las exportaciones y el hecho de que la primera resolución del Ministerio de Desarrollo Productivo, aumentó las restricciones a las importaciones, plantea la necesidad y la conveniencia de basar la actual política comercial externa en esquemas aplicados hace medio siglo.

Al respecto, conversé con el inglés Henry Fawcett (1833-1884), quien en 1863 se convirtió en el primer profesor pago de economía política en Cambridge. Les aconsejaba a sus alumnos que leyeran menos y pensaran más. Mantuvo el cargo hasta su fallecimiento, cuando fue sucedido por Alfred Marshall. Entre 1865 y 1884 fue miembro del Parlamento. Cuando tenía 25 años quedó ciego, porque durante una cacería, accidentalmente su padre lo baleó en la cara, incrustándole perdigones en ambos ojos. Ocho años después del accidente, se casó con Millicent Garrett, quien se transformó en su secretaria, sus ojos y sus manos. Ella lideró un importante movimiento en favor del sufragio femenino. Lo consulté porque, según Eveline Mabel Burns, Librecomercio y protección, que Fawcett publicó en 1878, es una admirable presentación de los argumentos ortodoxos a favor del librecomercio.

-¿Recuerda los debates generados en la Argentina por las políticas de marchas y contramarchas?

-¿Qué diferencias existen entre aquellos contextos nacional e internacional y los actuales?

-En aquel entonces no existía el capital financiero, por lo que el equilibrio externo requería el balance de la cuenta mercaderías. Para casi todos los participantes (Moyano Llerena fue la excepción), no había cómo aumentar las exportaciones, por lo que, para crecer, era necesario sustituir importaciones, entendiendo por tal reducir la relación importaciones/PBI. La “batalla del petróleo” implementada por Arturo Frondizi y Rogelio Julio Frigerio, es un buen ejemplo de ello.

-Pero no para la Argentina, al menos por el momento.

-Entonces, ¿estamos igual que hace medio siglo?

-No exactamente, porque en aquel entonces se podía argumentar que el resto del mundo no quería comprar más de vuestros productos, sobre la base de que cada tanto los ingleses descubríamos que la carne argentina tenía aftosa y dejábamos de comprarla para solucionar un problema interno nuestro. Además, en los Estados Unidos la ley 480 permitía exportar productos primarios, cobrando a largo plazo en la moneda de los países importadores. Mientras que hoy…

-Pero el mundo está volviendo al proteccionismo.

-Cierto, pero nada que ver con lo que les ocurría a ustedes durante la década de 1950. Hoy, si la Argentina no exporta más, es porque no quiere.

-Explíquese.

-En 2020 las dificultades para aumentar el valor de las exportaciones radican mucho más en consideraciones de oferta que de demanda. Por razones redistributivas acaban de aumentar las retenciones a las exportaciones. El resultado que cabe esperar es una reducción de los volúmenes exportados. Y, salvo que aumente el precio mundial de los productos que ustedes venden en el exterior, eso implicará una caída en el valor de las exportaciones. No tengo ningún problema con que el Gobierno diga que en el nombre de su política redistributiva pagará precios en términos de la producción y exportación de productos exportables, pero que no diga que espera que las exportaciones aumenten.

-La presión gubernamental para “cuidar los dólares” se vuelca sobre los gastos en importaciones.

-Así es. No tengo ningún interés en plantear un debate conceptual sobre los costos y los beneficios del comercio internacional, aunque me permito indicarle a los entusiastas del cierre de la economía que deberían preguntarse cuál puede ser el impacto sobre los precios de los autos en la Argentina, si les escandaliza el hecho de que más de la mitad de los que se producen en su país se exportan, a la vez que más de la mitad de los que ustedes compran se fabrican fuera de su territorio.

-¿Por qué no quiere plantear un debate conceptual?

-Porque en la Argentina de 2020 prefiero privilegiar, a raíz de las nuevas medidas, la complicación operativa que se les presenta a quienes, para poder funcionar, compran en el exterior insumos y equipos.

– ¿De qué habla?

-De que, una vez más, la legislación hace que quienes trabajan en el sector privado tengan que estar a merced de los funcionarios de turno, quienes no cuentan con suficiente información y procedimientos “científicos” para discriminar entre quienes merecen figurar o no figurar en las listas de los beneficiados por determinada medida. Y, encima, no son ningunos abnegados angelitos, sino seres humanos de carne y hueso, a muchos de los cuales les resulta imposible resistir las tentaciones que les presentan las políticas económicas discrecionales.

-Al respecto, le escuché una reflexión interesante que hizo al hablar delante de empresarios.

-Más que una reflexión, es una pregunta. A los dueños y a los gerentes de las empresas, que por razones operativas tienen que interactuar con los gobiernos de turno, les pregunto: ese funcionario al cual, por razones de poder, usted le tiene que rendir pleitesía, ¿de qué trabajaría en su empresa? “¡ni de portero!”, es la respuesta que escucho con mucha frecuencia.

-Planteo que no solamente se refiere al comercio exterior.

-Lamentablemente. Ningún ciudadano de los Estados Unidos piensa que, cuando sea anciano, la única razón para pagar un viaje de placer con los ahorros que tiene en el banco ubicado frente a su casa, será si tiene suficientes fondos. No lo piensan porque lo dan por sentado. Los argentinos, seres humanos al fin, quieren lo mismo que los americanos, pero para ello tienen que tener sus ahorros en el banco ubicado frente a la casa del americano. Porque si tuviera que pedirle permiso a un funcionario, para disponer de sus ahorros, éste seguramente encontraría una veintena de destinos más valiosos para los dólares que un viaje de placer. La libertad personal, sin poder disponer de los ahorros, frutos del trabajo y después de pagar los impuestos, no es libertad en serio.

-Don Henry, muchas gracias.

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