Opinión

Periodismo sin vergüenza

Javier Calvo

Periodista. Jefe de redacción de Diario Perfil. Es también panelista del programa Animales Sueltos (América)

El reciente recambio gubernamental y el flamante documental sobre Nisman vuelven a desnudar con cierta obscenidad y casi al mismo tiempo vicios crecientes de muchas y muchos periodistas

domingo 5 de enero de 2020 - 12:50 pm

Columna publicada originalmente en Perfil

Qué buen momento para mirarnos críticamente e intentar ser mejores. El reciente recambio gubernamental y el flamante documental sobre Nisman vuelven a desnudar con cierta obscenidad y casi al mismo tiempo vicios crecientes de muchas y muchos periodistas.

No se trata ya solo de egos descontrolados, debilidades de rigor profesional o fragilidades éticas. El periodismo, o una parte muy visible de él, abraza desde hace un tiempo una militancia tan obvia que lo torna poco creíble salvo para quienes adhieren con fanatismo a las mismas posturas.

Sea por convencimiento ideológico, política editorial, demagogia ante su audiencia o negocio personal, pululan los casos de medios y periodistas importantes o con mucha visibilidad y espacio que no miden con la misma vara hechos similares por el hecho del color partidario de sus protagonistas.

La corrupción kirchnerista es investigada más o menos que la macrista, de acuerdo a esa fractura. El brutal ajuste de Macri era un sinceramiento y el de Fernández (que incluye meterles la mano en el bolsillo a los jubilados) resulta ser solidario, según el seguimiento periodístico benevolente de los adláteres del poder de turno.

Semejante obviedad es mortal para nuestra credibilidad, condición indispensable para nuestra profesión, pero además abre la puerta a que el periodismo sea usado como arma política, peor que las encuestas, que en la mayoría de los casos parecen haber tirado su honra a los perros. También las que proclaman medir la confiabilidad periodística.

Ante esas buenas excusas, que en algunos casos hasta significaron la propagación de falsas noticias, miserables y agentes del odio la emprenden contra el periodismo cada vez que algo que se publica o se cuenta no les gusta. Se las dejamos servidas a quienes nos “culpan” por la vuelta del peronismo y a los que reclaman el regreso de 6-7-8. Curioso.

Lo mismo frente al cuidadoso documental sobre la AMIA, el memorándum con Irán y la muerte de Nisman. Leí y oí a demasiados colegas evaluar el material fílmico de seis horas en función de sus asumidas posturas de que al fiscal lo mataron o se suicidó. Falazmente tajantes, llegan a conclusiones concluyentes aunque contrapuestas, de la mano de una Justicia que no le va en zaga en su nivel de descomposición, aunque es más grave al ser un poder del Estado.

Levantan el dedito colegas que ni siquiera tienen el prurito respecto a su involucramiento directo en esta infamia que fue el atentado a la AMIA y sus efectos. Apoyaron la ignominiosa “investigación” de Galeano y sus secuaces Mullen y Barbaccia (protegidos por el ex ministro Garavano) y encubrieron las andanzas de Nisman (y Stiuso) mientras les resultó funcional a sus propios relatos. Cuando el fiscal y el espía pasaron a ser un símbolo anti K, los reputados colegas también tomaron partido, con la misma previsibilidad con la que ahora analizan como “expertos” el documental.

Deberíamos revisar nuestras actitudes. Al menos para intentar hacer periodismo sin vergüenza. Sí, separado. Lo opuesto a lo que aquí se critica.

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