Opinión

La espera agridulce

Cecilia García

Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (UBA)

jueves 12 de diciembre de 2019 - 4:40 pm

“Cuando la vi no lo pude creer. Era chiquita, colorada, y yo dije: es mi hija.” Ariel Vijarra y su marido Damián estaban por empezar a vincularse con una adolescente de catorce años. “Lo único que pedíamos era que nos dieran la adopción lo más rápido posible para poder festejarle los quince”. Pero justo antes de conocerla sonó el teléfono: el juez les ofrecía ir a ver a una beba de 28 días que había sido abandonada en el hospital. La cita era para ese mismo día, porque la criatura no podía seguir esperando más tiempo sola en la neo. “Nos fuimos desesperados, sin imaginarnos si era amarilla, verde o roja. No teníamos ninguna imagen en la cabeza.” Mientras se lavaban las manos y se ponían las cofias y los barbijos escucharon que entre los ochenta y pico de bebés repartidos entre incubadoras y cunitas había uno que lloraba más fuerte. Atravesaron la sala, esquivando otros padres y otros hijos, hasta que llegaron a Olivia. La enfermera les alcanzó una mamadera para que probaran alimentarla -hasta entonces solo habían podido darle leche con jeringas y goteros-. Cuando Damián la alzó, Olivia dejó de llorar y abrió los ojos. Se prendió a la mamadera, aliviada. Después de 28 días de larga espera, finalmente había llegado su familia a buscarla.

Pero la espera fue más larga. Hacía seis años que Ariel y Damián habían decidido que querían formar una familia. Como sabían que por el RUAGA -el Registro Único de Aspirante a Guarda con fines Adoptivos- no era fácil y podían pasarse la vida esperando una respuesta, fueron paralelamente por el entonces permitido camino de la adopción directa. “Era de algún modo la compra ilegal de un niño. Iban a buscar chicos al norte del país, o al sur, o traían a la gestante y la tenían hasta el nacimiento. Mientras tanto tenías que pagarle a la mamá la medicación, los tratamientos, las ecografías, el alimento. Había un  intercambio de algo. Con el tema de la trata de personas, en 2015 la ley cambió y lo único que quedó vigente fue el RUAGA”, explica Ariel. 

Hicieron varios intentos por esa vía, pero el último y más doloroso fue cuando viajaron a Santiago del Estero. “Habíamos vendido un auto para poder ir a buscar a la bebé. Yo no daba dinero por adelantado, así que nos tuvieron esperando horas en el medio del monte. Mientas tanto nos llamaban para que entregáramos la plata a toda costa. Al final la mamá nunca apareció. Fue desastrozo.” Bajo la figura de la adopción directa se ocultaba el comercio de personas, muchas veces fraudulento,  porque prometían el mismo bebé a varias familias y después no se lo daban a ninguna. “Volvimos todo el camino discutiendo, echándonos culpas”, recuerda Ariel. “Habíamos comprado mamaderas, ropita, la sillita para el auto. Nuestra pareja estuvo en jaque. Nos estafaron sentimentalmente.” 

Cuando superaron la crisis tomaron una decisión: irían por la vía del RUAGA y si no se les daba para cuando Damián cumpliera cuarenta, entonces abandonarían la idea de ser padres para siempre. “Pusimos un límite. ¿Qué era lo peor que nos podía pasar? No ser padres. Pero nunca más nos lastimarían, nunca más jugarían con nuestros sentimientos.”

Pero si en la adopción directa los sentimientos de los postulantes podían quedar sometidos al engrupe de un estafador, con el Registro Único, aunque se cortaba el negocio, las ilusiones de las familias pasaban a manos de los juzgados y a los tiempos de la burocracia gubernamental. “Vos llenás el formulario y esperás, y esperás. Y después no sabés si estás inscripto, cómo sos evaluado, si en algún momento vas a ser padre”, cuenta Ariel. “El RUAGA es un lugar de puertas cerradas, donde nadie tiene acceso. Siempre te frena la secretaria que te da el formulario y no tenés idea lo que pasa con vos, con tu familia, con tu espera, con tus ansias.”

La mayoría de los que se inscriben buscan adoptar bebés. Lo que el RUAGA no difunde es que el ochenta por ciento de los chicos esperando ser adoptados son mayores de seis años, y que se les da prioridad a los que tienen alguna discapacidad. Por eso hay muy pocas adopciones en relación a la cantidad de postulados de ambos lados. “El sistema de búsqueda es muy esquemático- explica Ariel- si estás inscripto para un nene de doce con opción a dos hermanitos de nueve y quince, por ejemplo, después te pasa que sale una solicitada diciendo que buscan familia para una nena de doce con un hermanito de ocho y otro de siete, y vos decís ¿por qué no me llamaron a mí? Es porque la búsqueda es rígida. Pegarle a las edades es una lotería. Entonces nunca encuentran a nadie en el sistema que coincida y terminan publicando las solicitadas, a las que puede anotarse cualquiera, sin estar previamente inscripto en el Registro, sin haber atravesado las entrevistas- muchas veces invasivas y crueles- sin haber tenido que presentar decenas de papeles, sin haber tenido que abrir las puertas de su casa. Entonces es injusto, y vos, como inscripto, te sentís burlado, menospreciado y vulnerado por el Estado.” 

Al principio ellos, como casi todos, estaban registrados para adoptar un bebé. Después de un tiempo, ampliaron la franja etaria hasta los 5 años. “Así se nos fueron los tres primeros años”, cuenta Ariel. “Después nos casamos y tuvimos la suerte de toparnos con una trabajadora social que nos explicó que nosotros a lo mejor creíamos que si adoptábamos un hijo mayor nos íbamos a perder muchas etapas: verlo aprender a caminar, a decir sus primeras palabras. Pero también nos aseguró que si pasábamos de la oportunidad de adoptar a un chico mayor de seis años, no sabíamos lo que nos estábamos perdiendo. Porque los niños mayores de seis tienen un poder de asombro muy grande ante las cosas simples, sobre todo esas que les fueron negadas en la vida. Una comida diferente: una pizza, una hamburguesa. En los hogares están acostumbrados a comer fideos y arroz todos los días. Imaginate lo que es comerse una milanesa por primera vez. Nos explicó que cuando nuestro hijo de doce, trece, o catorce años nos dijera “papá” por primera vez íbamos a sentir exactamente lo mismo que cualquier padre. Eso nos cambió la cabeza y decidimos cambiar la franja etaria hasta catorce, con opción a dos hermanitos.”

Entonces llegó Olivia. Un llamado inesperado les ofrecía una oportunidad que ya habían dado por perdida, o mejor dicho, lo que habían perdido era el prejuicio. Habían pasado mucho tiempo madurando la idea de alojar a un hijo, y ya no importaban las edades, ni los diagnósticos. “Después de ese día en la neo, nos llamó la directora del hospital y nos contó que habían pasado diez matrimonios que la habían rechazado. Y yo siempre pensé: nadie pudo haber dicho que no, porque si la hubieran visto se hubieran enamorado. Era un angel. No la deben haber visto”, recuerda Ariel. Pero a Olivia la habían visitado varias familias que habían dado un paso atrás cuando el médico les explicó que la beba era HIV positivo. 

 

UN LUGAR

Cecilia Nastri, psicóloga especializada en adopciones múltiples, hace hincapié en la importancia del trabajo con los padres en la pre-vinculación: “En general cuando una pareja llega a la consulta es porque no da más. Buscan ayuda porque no saben cómo abordar la situación. Tal vez si estuvieran con el acompañamiento antes, en la pre-vinculación y durante la vinculación, la pasarían mejor. Hay que hacer un trabajo previo. Está muy mal hecho el sistema.” Nastri trabajó muchos años en la ONG ReAnudar, cuando todavía no existía el Registro, y eran esas organizaciones las que se encargaban de gestionar los procesos de adopción. “Cuando los padres deciden que van a adoptar, tiene que  haber un acompañamiento de esa decisión. Tal vez ellos creen que tienen la decisión tomada, pero una cosa es imaginarlo y otra cosa es vivirlo. El trabajo ideal sería acompañarlos en la decisión y escuchar: si hay deseo, si es un acto de amor, si es un acto solidario, si buscan a alguien que los acompañe en la vejez. Hay que escuchar en qué lugar estarían poniendo a ese supuesto hijo.”

Nastri explica que el trabajo de acompañamiento a los padres se perdió en gran medida con la unificación que operó el RUAGA. Ante este vacío y después de haber vivido en carne propia la falta de acompañamiento durante la espera, Ariel y Damián fundaron la ONG Acunar Familias, con el objetivo de brindar contención a los futuros adoptantes. “Ayudamos a las familias diciéndoles la verdad: que los niños disponibles para adopción son mayores a seis años.” También intentan dar visibilidad a otras carencias que sufren los papás que adoptan: por ejemplo, durante la guarda- que se extiende desde que el niño empieza a vincularse con la familia hasta que sale el juicio de adopción- las obras sociales no permiten agregar a los hijos adoptivos al grupo familiar para darles cobertura. Tampoco durante ese período la ANSES paga las asignaciones por hijo, y en los trabajos los padres que adoptan no gozan de licencias por maternidad y paternidad, como lo hacen los padres biológicos.

“Debería ser lo mismo”, responde Nastri cuando se le consulta por la diferencia que se hace entre los hijos biológicos y los adoptados. “Nosotros deberíamos escuchar que es un hijo. Porque el lazo no se constituye con la sangre. Es con la función, es con el lugar. Si uno escucha que una pareja tiene la idea de la diferencia, que no es lo mismo un hijo adoptivo que uno biológico, entonces estamos ante un problema. Si los adoptantes están convocados desde el deseo, no les importa nada: se van a buscar los hijos a donde sea, no hay prejuicios.” 

Para Ariel los prejuicios son una dificultad enorme en los que se inscriben para adoptar: “Si vos agarrás un listado del RUAGA con noventa mil inscriptos, te vas a encontrar con que más del setenta por ciento tiene una idea loca de lo que es la adopción. Porque tienen muchísimos prejuicios. Hay gente que cree que puede elegir el color de piel.” Esta situación contrasta con la realidad de la mayoría de los chicos en adopción, muchos de los cuales son discapacitados, padecen alguna enfermedad, o son púberes y vienen con una historia sobre sus espaldas.

La maternidad y la paternidad para Ariel son “una elección personal indiferente al género: es elegir cuidar y acompañar y dar amor incondicional a otra persona, a un niño. El lazo biológico es quien te da vida, quien te trae al mundo. No es lo mismo quien te da vida que quien te ama, quien te cuida, quien te elige. No es lo mismo dar vida que familia”.

 

DESIGUALDADES

A las personas que desean tener hijos y no pueden gestar, ya sea por una dificultad médica o porque se trate de la unión de dos hombres o de una persona soltera, les queda el camino de la adopción. Pero este camino los pone ante dificultades diferenciales que los dejan en desigualdad de derechos respecto de aquellos que pueden ser madres y padres biológicos. Si el deseo de albergar a un hijo trasciende al género, si es independiente de las competencias biológicas para procrearlo, y si las maternidades y paternidades se definen por la capacidad de “hacer lugar” en lo simbólico y no por los lazos de sangre, ¿por qué se insiste, desde las instituciones del estado que regulan el sistema de adopciones, en sostener las diferencias? 

No hay que olvidarse que una de las mayores causas de abandono de menores es la incapacidad de sostenerlos económicamente. En la base del problema hay mujeres en situación de vulnerabilidad que no pueden elegir libremente sobre su propio cuerpo y hacen lo que pueden: o abortan clandestinamente jugándose la vida, o abandonan al bebito en el hospital, o las convocan a participar engañadas en procesos de adopción directa que terminan como la historia de Santiago del Estero. “Sería ideal que podamos elegir- dice Ariel- que una persona que no quiere ser mamá y quedó embarazada pueda elegir dar a ese niño sin que se la cuestione, sin que se la hostigue.” 

Pero al hablar de libertad de elección hay que tener cuidado. Una mujer que no elige quedar embarazada y luego elige dar a su bebé en adopción no siempre está eligiendo: hay que ver primero si consintió la relación sexual que provocó el embarazo, si tuvo acceso a métodos anticonceptivos, si tuvo opción a un aborto seguro, si contó con la información necesaria para evaluar sus opciones, si tomó la decisión sola o bajo presión, si contó con la independencia material para optar sin tener que pensar en los costos económicos.

En el mundo de las adopciones se habla de “consentimiento”, como la voluntad expresa de todas las partes de integrar la nueva familia. “Tiene que haber consentimiento de los chicos hacia los padres, de los padres hacia los chicos y también al interior de la pareja. Sin eso no hay adopción”, explica Nastri. Por eso, durante la pre-vinculación, un equipo técnico dependiente del juzgado hace un seguimiento de todos los integrantes de la familia para evaluar la conformidad de cada uno. 

Cuando se le pregunta por las particularidades de las familias que adoptan Ariel piensa un segundo y luego dice: “Nosotros lo que tenemos de diferente es que nos elegimos. ¿Viste cuando  dicen que la familia no se elige? Nosotros nos elegimos. Nos buscamos, nos esperamos.” Pero hablar de elección y consentimiento en el ámbito de las adopciones puede tender a oscurecer la instancia inmediatamente anterior, en la que impera todo lo contrario: el abandono, el desamparo, la falta de oportunidades y el mundo de los que no eligen, porque no pueden. 

 

RELOJ BIOLOGICO

Cuando Ariel y Damián adoptaron a Olivia, “la beba con HIV”, la noticia recorrió el mundo. Felizmente, después de un tratamiento con AZT, el virus se negativizó.  Cuatro meses después, en febrero de 2015, la pareja recibiría otro llamado del destino: una señora embarazada quería darles a su bebé en adopción. Se comunicó a través de su médica, y aunque Ariel asegura que no hubo intercambio de dinero para adoptar a Victoria dice que igual prometió a la progenitora no revelar datos de esa historia. Fue uno de los últimos casos de adopción directa, ya que poco tiempo después, en agosto, cambió la ley. 

“No hay diferencias con el amor a un hijo biológico. Sí hay un deseo más grande porque uno puede proyectar un embarazo nueve meses y a mí, por ejemplo, mi embarazo me tomó seis años. Y parirlo fue el sufrimiento más grande: fue ese año que estuvieron para darme la adopción definitiva. Yo creo que – padres biológicos y adoptivos- sentimos lo mismo pero con diferentes tiempos”, concluye Ariel. 

La espera forma parte del deseo. Todos los que tienen un deseo esperan: se espera a un hijo en un embarazo o en un proceso de adopción, se esperan con ansiedad los resultados de una inseminación o de un tratamiento de fertilidad. El problema es cuando una espera que podría ser más corta se vuelve tan larga e incierta que termina desalentando el deseo en aquellos que lo albergaban. 

Debajo de esos destiempos lo que hay es una creencia muy arraigada en que el deseo de tener un hijo va de la mano con la capacidad de procrear. Se pondera lo natural, lo biológico- que no es otra cosa que aquello que nos viene dado, que no podemos elegir, lo establecido- por sobre las ganas, el deseo, la voluntad,  la decisión, el acto, la libertad de elegir. A algunos con suerte les coincide el deseo con las posibilidades reproductivas. Pero a los que no, les cabe el precio de ese discurso. Pagan con su eterna espera, una espera más agria que dulce.

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