Psicología

Cómo reconocer un ataque de pánico

Cuáles son los síntomas que lo caracterizan y qué hacer al respecto

lunes 18 de noviembre de 2019 - 7:49 am

Puede ocurrir en cualquier lugar. No hay ninguna amenaza a la vista, pero el corazón se acelera, la respiración se hace dificultosa y aumenta la sensación de falta de oxígeno. Súbitamente y sin razón alguna, uno se siente aterrorizado. Puede tratarse del inicio de un ataque de ansiedad (o de pánico).

El hecho de que irrumpa sin previo aviso ni motivo aparente dificulta más las cosas. La dificultad para respirar crece, el pulso es aún más rápido y se llega casi al desvanecimiento. Por momentos, incluso cree morirse.

Es una sensación muy intensa pero breve. En diez minutos alcanza su máxima intensidad para después empezar a decrecer. Son minutos de espanto y, aunque las sensaciones son diferentes para cada persona, algunas señales son inequívocas. Hay taquicardia, sofocos, sudoración, aumento de temperatura, hiperventilación, opresión o malestar torácico, entumecimiento, temblores y sensación de ahogo.

Otros dos fenómenos habituales son despersonalización (sensación de estar fuera de uno mismo) y desrealización (creencia de que lo que ocurre no es real). Algunos pacientes no reconocen ni siquiera su propia calle o a alguien familiar. Todo ello conduce a la pérdida total de control y de conocimiento, hasta el punto de pensar que la muerte es inminente.

No todos los signos concurren en un mismo episodio, pero con que aparezcan algunos de ellos ya se puede confirmar que estamos ante un ataque de ansiedad. Generalmente, los cuatro primeros síntomas son palpitaciones, sensación de taquicardia, falta de aire y sudoración. El más común es el incremento cardíaco, por eso el médico deberá valorar si está ante un infarto de miocardio.

En la población infantil, en la que los casos de ataque de pánico son muy aislados y puntuales, se presenta en forma de miedo intenso, aceleración del ritmo cardíaco, mareo y náuseas.

Aunque el individuo intenta respirar más despacio, es incapaz de lograrlo. La pérdida de control es la esencia del pánico, y hay que transmitir al sistema nervioso la sensación de que el peligro no es tal. Si no, el cerebro emocional gana a los pensamientos racionales y aunque uno sepa que es inocuo, es difícil no asustarse.

Una vez que hemos aprendido a detectarlo, es importante ser conscientes de que su duración y su evolución va a depender de cuánto tardemos en tomar el control. El primer consejo es desviar la atención. En lugar de retroalimentar esos pensamientos de miedo, dirigirlos hacia otro asunto y tratar de hacer algo que permita no focalizar la atención en esas sensaciones negativas. También ayudan las técnicas de relajación y de respiración, que enseñan a reducir la activación fisiológica y a soltar los músculos. Lo adecuado es entrenar estas habilidades para aprender a tomar el control cuando aparezcan señales de un nuevo ataque.

Fuente: El País

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