Opinión

Españoles, Franco ha muerto… otra vez

Luciana Sabina

Historiadora

Los cuerpos de los muertos fueron tomados como botín o reliquia, pero también destruidos para eliminar lo que en vida personificaron

sábado 26 de octubre de 2019 - 12:57 pm

Columna publicada originalmente en Los Andes

Durante las últimas horas España ocupó titulares en la prensa internacional debido a la decisión política de trasladar los restos de Francisco Franco. Cuarenta y cuatro años después de su entierro, el dictador fue simbólicamente expulsado de la historia, o al menos es lo que creen sus detractores.

Aquellos despojos embalsamados fueron trasladados al mausoleo familiar, ubicado en un cementerio de Madrid. Allí, hace algunos años descansa su esposa. El Valle de los Caídos, espacio que ocupó hasta el momento, es una enorme necrópolis que cobija cerca de 30 mil víctimas de la Guerra Civil Española. Las mismas pertenecieron a ambos bandos, por lo que la medida es considerada por muchos como demagógica.

Más allá del evidente y vergonzoso uso del pasado por parte del actual gobierno español, es interesante la fuerza simbólica de un cadáver en pleno siglo XXI, cuando la tendencia es hacer desaparecer los cuerpos reduciéndolos a cenizas. Esta acción no es más que un desprecio institucional hacia el cuerpo de Franco, como un modo de despreciar toda una época en la historia española. No estamos aquí defendiendo la dictadura franquista, en lo absoluto. Sin embargo, tal reubicación parece ridícula y sobreactuada. Hacer uso de un cadáver de este modo acaricia lo primitivo.

A lo largo de la historia los cuerpos fueron tomados como botín o reliquia, pero también destruidos para eliminar lo que en vida personificaron. En la Italia renacentista, por ejemplo, el monje Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola predicó contra las riquezas y la corrupción. Ganó así mucho reconocimiento social. Inventó el concepto de “hoguera de las vanidades”, algo así como enormes fogatas donde debían arrojarse objetos de lujo o textos pecaminosos. Mientras su relación con el poder de turno fue buena no tuvo problemas, pero una vez caído en desgracia se lo ejecutó. Los poderosos de entonces decidieron incinerar sus restos para arrojar las cenizas al río Arno y evitar así que los seguidores del religioso tuvieran algo del líder para perpetuarlo.

El pasado nacional está lleno de estas situaciones. Muchos caudillos tuvieron la costumbre de conservar miembros del enemigo vencido, principalmente la cabeza. Así, Juan Manuel de Rosas contaba con una serie de trofeos póstumos de este estilo que exhibía en su hogar sobre una bandeja de plata. Al ser asesinado Juan Galo Lavalle deseó hacerse con su cráneo pero los soldados de éste se lo impidieron. Llamativamente, ellos mismos tomaron mechones de la barba de Lavalle para conservar y venerar.

Con mayor cercanía en el tiempo, los restos de María Eva Duarte de Perón, embalsamados por orden de su marido, fueron trasladados a Italia con una identidad falsa por los militares tras el golpe que lo derrocó. Evita fue entregada a Perón en España y terminó regresando al país por presión del movimiento Montonero que, tras ejecutar a Pedro Eugenio Aramburu, secuestraron su cadáver y exigieron al mismísimo Juan Domingo el regreso del ilustre cuerpo.

Casos así abundan y resultan siempre fascinantes. Hoy tocó a la “madre patria” sumar una nueva página a este anecdotario macabro, manipulando un cadáver de casi medio siglo con fines poco claros y a veinte días de las elecciones generales.

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