Opinión

Espert demostró su expertise: ¿sumará algún voto?

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Mario N. Russo

El autor es politólogo especializado en Comunicación No Verbal (Universidad Austral) y docente de posgrado (UCA)

lunes 21 de octubre de 2019 - 11:24 am

Columna publicada originalmente en Infobae

Los humanos pestañeamos una vez cada tres segundos cuando interactuamos con nuestros congéneres. Al inicio del debate, el reloj marcó los primeros 45 segundos para el presidente Macri, quien pestañeó 63 veces, una media que multiplica los valores normales: estaba muy nervioso, más que en el debate anterior. Su principal competidor lo hizo en 10 oportunidades, mostrando una conducta sosegada, si se tiene en cuenta el campo de la oculésica, es decir, el estudio de las miradas y la actividad expresiva de nuestro sistema óptico. Aparecieron los trillados dedos de los que tanto se habló –esta vez desde los dos lados de la grieta- con el componente adicional de que se agregó por parte de ambos la utilización del pulgar señalando hacia atrás. Este gesto deíctico muestra los máximos niveles de desprecio personal si se exceptúa el dedo medio como emblema de digitus impudicus o más conocido como fuck you. Sin duda, los niveles de agresividad entre Macri y Fernández escalaron a lo largo del debate. Y afectaron el desempeño de ambos.

El del Frente de Todos redujo la intensidad –vulgarmente llamada volumen- de su voz, lo que, como producto de su disfonía crónica, la tornó a veces casi inaudible. Si se tiene en cuenta que tiene un tono agudo, fue más positivo que negativo, pero le restó contundencia e impacto a los enunciados que vertió a lo largo de sus exposiciones.

Por otra parte, manipuló en varias ocasiones el micrófono, mostrando signos de nerviosismo, tratando de vencer a la traidora glándula suprarrenal que llena nuestro cuerpo de cortisol ante contextos complejos. Al tiempo que esto acontecía, Macri perdía por momentos el enfoque visual de la cámara, algo que no había sucedido en el primer debate. Luego corregiría esta imperfección oculésica, pero en un primer momento se lo notó más extraviado.

Quedó la sensación de que la conflagración entre los candidatos que sumaron más del 80% de los votos en las primarias, desvirtuó de a ratos el sentido del debate. Difícilmente Alberto Fernández haya perdido un voto una vez finalizado el debate de ayer, no podemos afirmar lo mismo en el caso del presidente Mauricio Macri.

De los demás, se destaca por un lado la mejoría de Gómez Centurión, quien concentró su mirada en la cámara y adoptó una postura más expansiva, congruente con un discurso aseverativo que mantuvo inalterable y que poco tenía que ver con el señor calvo que se reclinaba sobre el micrófono en el primer debate.

El contendiente más destacado de este segundo debate fue sin lugar a dudas el economista José Luis Espert.

Se presentó al debate con un saco negro, una camisa blanca y una corbata roja, marcando la diferencia desde el sistema diacrítico, aquel conjunto de conocimientos propios de la Comunicación No Verbal que incluyen el tipo de vestimenta y las características del arreglo personal.

A diferencia del primer debate, no se lo observó balanceando su cuerpo sobre cada una de sus piernas de forma pendular –muestra inequívoca de inestabilidad postural producto del estrés frente a cámara-, y los enunciados verbales que realizó mantuvieron congruencia con el tono, el timbre y la intensidad de su voz. El único error que se le pudo observar fue la utilización de un bolígrafo, utensilio sobre el que los humanos descargamos inconscientemente niveles de cortisol ante presiones del entorno; lo que en la jerga se conoce como adaptadores de estrés. Así y todo, se notó su experiencia en diversos programas televisivos, su expertise. Definitivamente, Espert fue, en clave de lenguaje corporal, el claro triunfador del segundo debate presidencial.

Si su desempeño puede torcer el voto de algún elector, es una cuestión que se medirá en estudios cuantitativos de opinión pública, y sólo el curso ulterior de los acontecimientos lo podrá dilucidar. De lo que no hay ninguna duda, es que, como señaláramos más arriba, si la actuación notable del disruptivo economista mueve el amperímetro, al que más perjudicará será a Macri.

Los debates influyen menos en el voto que en las editoriales del día después. Esperaremos por ello el comportamiento de las urnas el próximo domingo, que no hablan pero lo dicen todo, como el cuerpo.

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