Historias

El paga Dios de los Williams

Cecilia García

Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (UBA)

miércoles 18 de septiembre de 2019 - 2:59 pm

Una pareja se acerca al cajero a consultar saldo y encuentra una suma mucho mayor a la que esperaba. 120 mil dólares cuyo origen desconoce. En los movimientos ven que se trata de un depósito, pero la identidad del depositante les resulta un misterio y los motivos por haber recibido semejante suma – tenían unos magros mil dólares de saldo promedio- no les vienen a la mente. No se imaginan de dónde pudo haber venido todo ese dinero junto, listo para retirar. Están en el cajero de su banco y es el horario de atención al público, podrían entrar y preguntar. Podrían esperar unos días, volver a consultar el saldo, ver si la suma permanece igual o se contrae, si vuelve a la normalidad. Pasan unos segundos. Hacen el primer retiro. 

Los Williams, un matrimonio de Montoursville, Pensilvania, puede que tengan tres o cuatro hijos. Puede que vivan con el padre de Robert Williams, ya que ambos podrían estar desempleados. También puede que Tiffany trabaje en la oficina de correo y él en una empresa de procesamiento de agua. Lo que se puede dar por cierto es que en 2001 Robert firmó cheques truchos y estuvo en probation hasta 2010. 

Con la inesperada fortuna, los Williams en solo dos semanas adquirieron una camioneta 4×4, un auto de carreras, dos cuatriciclos y una casa rodante. También pagaron deudas atrasadas y repartieron dinero entre sus amigos con problemas financieros. Mientras tanto en el BB&T, el banco donde el 31 de mayo un particular fuera a hacer un depósito destinado a una compañía de inversiones por 120 mil dólares, todavía no reparaban en el error. Recién el 20 de junio retiraron los fondos de la cuenta matrimonial, que quedó con un descubierto por la plata que se gastaron, más los intereses punitorios. 

Entonces Tiffany dio la cara. Dijo al banco que se habían gastado la plata y que iba a hablar con su marido para acordar un plan de pagos para devolverla. Pero en la semana siguiente el banco no pudo contactarla. No se fugaron, simplemente no atendieron el teléfono. En julio el BB&T hizo la denuncia en la policía y el 3 de septiembre los Williams fueron arrestados y luego liberados bajo una fianza de 25 mil dólares, que probablemente pagaron con lo que les sobró de la pequeña fortuna furtiva.

Los bancos, como corporaciones, son lo que el Código civil define como personas de existencia ideal o jurídica y por lo tanto tienen- según el artículo 143- “personalidad diferenciada”. Esto quiere decir que son consideradas personas distintas de sus miembros, quienes no tienen derechos sobre los bienes que a aquella pertenecen, ni están obligados a responder por sus deudas. 

Pero las entelequias no son seres autárquicos que intervienen solamente en el plano jurídico o ideal. Son sistemas, operados por personas de carne y hueso, que por la posición dominante que sus dimensiones les otorgan influyen, a través de sus decisiones, directa o indirectamente sobre las personas físicas y su vida cotidiana. 

Es por eso que cuando nuestros noticieros matutinos comentaron la odisea de los Williams, fue raro escuchar que una conductora dijera que la culpa es de El banco. ¿Quién es El banco? ¿Sus accionistas y dueños? ¿Los clientes que confían mensualmente sus sueldos y ahorros al sistema financiero? ¿El empleado que toma depósitos tipeando los números de cuentas en una computadora? ¿La computadora y todo el conjunto de programas informáticos que a diario ejecutan procesos automáticos? 

En algún momento la conductora comentó el caso de una amiga suya, empleada bancaria, que le explicó que cuando un cajero se equivoca debe pagar el error de su bolsillo. Los cajeros de los bancos cobran un adicional llamado “falla de caja”, una suma mensual que tiene por función compensar potenciales pérdidas por errores como el que cometió el empleado del BB&T. La suma es fija. Supongamos que le pagan mil: si falla mil pone mil, pero si falla un millón – y no encuentra la diferencia o no puede recuperar el dinero- debe poner un millón, pero el banco solo le cubrirá mil. 

De cualquier modo, siempre alguien paga. Y no se necesita mucha astucia para inferir que, en general, pagan siempre más los de más abajo. La deuda privada que se estatiza, las fallas humanas en un banco, los costos de la corrupción vía derrumbes, vía trenes que se estrellan contra el andén, todo eso lo pagan personas que tienen poco; o que tienen mucho menos de lo que tienen los que delinquen en las grandes ligas, a veces legalmente, porque los avala un sistema diseñado para que unos tengan más que otros. De modo que una “avivada” como la de los Williams, no es un golpe al sistema, es parte de él. El error estaba contemplado. Y los Williams además fueron en cana.

Existe un modo de relatar los hechos en los medios de comunicación que tiende a hacer desaparecer a los responsables de las acciones. Ciertas decisiones “son” tomadas, pero no se dice por quiénes ni con qué últimos fines, ni – más importante- quiénes serán los que paguen los costos. Como una esfera de Pascal, el espantoso sistema lo absorbe todo, sus límites se desconocen. Todos son el banco y a la vez nadie lo es. Este mecanismo perverso funciona porque se nutre de una sociedad que cree que la culpa siempre es de otro y que las respuestas últimas quedan siempre a cargo de una superioridad de existencia ideal, cuyos propósitos permanecen velados. Por eso que la culpa sea de El banco es quitar responsabilidad a los Williams, que se apropiaron ilegítimamente de lo que nos les correspondía, generándole un problema no a una entelequia financiera sino a una persona que a lo mejor ese día, cansada o distraída, puso mal el dedo, marcó otro número, y mandó 120 mil dólares a la cuenta de unos inescrupulosos. ¿Creyeron los Williams que la plata se la robaban a El banco, como explicó el noticiero? 

Se los explicite o no, detrás de las acciones hay sujetos, y si bien es cierto que los sistemas hacen actuar a las personas, ese argumento es útil cuando explica comportamientos sociales, no cuando los justifica. Asumir que los sistemas que nos oprimen son deidades incuestionables, personas ideales, sin cuerpo, eternas, nos hace perder capacidad de acción sobre la realidad. Para desmontar el discurso del poder primero hay que dejar de sufrir trastorno de “personalidad diferenciada” y ubicar, en cada enunciado, a los sujetos detrás de las acciones. A los actores. A los seres humanos detrás de los rótulos. A los cuerpos detrás de las corporaciones.

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