Historia

Sarmiento, la pluma y la palabra

Felipe Pigna

Historiador, profesor y escritor argentino.

miércoles 11 de septiembre de 2019 - 11:05 am

Columna publicada originalmente en Clarín

Domingo Faustino Sarmiento fue, ante todo, un hombre de su tiempo, marcado por profundas contradicciones y una enorme sinceridad que lo llevaban a ser siempre políticamente incorrecto. Sostuvo apasionantes polémicas con Mitre, Alberdi y Echeverría, insultó a los poderosos de su tiempo, pidió no ahorrar sangre de los mismos gauchos a los que llamaba “el soberano” y se obsesionaba en educar. Todo eso, no parte de ello, fue Sarmiento.

En 1856 Don Domingo era inspector general de escuelas del Estado de Buenos Aires, en aquel país dividido desde 1852. Logró que el gobierno elevara el presupuesto educativo de 20.000 a 70.000 pesos. El había solicitado un mínimo de 200.000.

Cumpliendo sus funciones, Sarmiento llegó sorpresivamente a un colegio y comprobó que los alumnos eran buenos en geografía, historia y matemáticas pero flojos en gramática y se lo hizo saber al maestro.

Este, asombrado, le dijo: “No creo que sean importantes los signos de puntuación”. “¡Qué no! –dijo Sarmiento–. Le daré un ejemplo.” Tomó una tiza y escribió en el pizarrón: El maestro dice, el inspector es un ignorante. “Yo nunca diría eso de usted, señor Sarmiento.” “Pues yo sí”, dijo tomando una tiza, y cambiando de lugar las comas la frase quedó así: El maestro, dice el inspector, es un ignorante.

Cuando Sarmiento se empezó a preocupar por la educación popular, el índice de analfabetos era altísimo. En el campo había muy pocas escuelas porque los estancieros no tenían interés en que los peones y sus hijos dejaran de ser ignorantes.

Cuenta el historiador Vera y González: “En 1857, elegido Sarmiento senador por San Nicolás, presentó un proyecto de ley electoral que hacía muy difícil el fraude en la forma escandalosa y descarada que se hacía entonces. El Senado provincial lo aprobó; pero cuando pasó a la Cámara de Diputados fue encarpetado. Al año siguiente, el Senado envió una nota a la Cámara en la que pedía su pronto despacho; pero no se le hizo caso. Sarmiento quiso indagar el porqué, y fue a ver a los hermanos Elizalde, que en la Cámara venían a representar la personalidad de Mitre y que ejercían autoridad omnímoda. “Su ley –le dijo Rufino– no se despachará. Esa ley tiene el defecto de ser demasiado buena; y nosotros necesitamos asegurarnos el Gobierno.” (1) En un debate parlamentario, un diputado estanciero acusó a Sarmiento de ser pobre y que si se lo ponía patas para arriba no se le caería un solo peso. Don Domingo le respondió: “Puede ser, pero a usted lo pongan como lo pongan nunca se le caerá una idea inteligente”.

Años más tarde, cuando Sarmiento era ministro en Washington del gobierno de Mitre y al enterarse de la concesión de tierras que acababa de firmar don Bartolo, escribió: “Veo que se solicitan concesiones de tierras. Siento decir que, conviniendo completamente en ese sistema, deploro sólo la manera de hacerlo. En los Estados Unidos son frecuentes estas concesiones de terreno a lo largo de los ferrocarriles. De este modo se consigue que no se entregue para siempre el dominio del territorio atravesado por la línea a los que la explotan, con todas sus ventajas; y hacer valer el propio terreno tanto en el futuro, como valga el vecino concedido, con lo que se compensa el sacrificio hecho. Conceder centenares de leguas porque hoy valen poco, pero que valdrán millones, es prodigar irreflexivamente la fortuna.” No viene mal recordar que durante la presidencia de Sarmiento, la red ferroviaria pasó de 573 kilómetros a 1331.

1. Emilio Vera y González, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, La Facultad, 1926, t. II. 2. Sarmiento, Obras Completas, citada, t. XXIX.

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