Opinión

El partido del poder permanente

Jorge Sigal

Periodista y escritor. Exsecretario de Medios Públicos

Nació para estar arriba; sólo de tanto en tanto se corre a un costado, y comienza a trabajar para el regreso

martes 10 de septiembre de 2019 - 11:26 am

Columna publicada originalmente en La Nación

Aquella vez, el Delegado me llamó desde Varadero, Cuba, uno de sus lugares preferidos para descansar. Cerca del mar y de la Revolución. Tenía algo importante para consultarme. Su hija quería ingresar a uno de los medios públicos a mi cargo y estaba esperando el resultado del concurso de antecedentes. Ya había colocado al mayor, ahora la tocaba a la nena.

En el corto tiempo que duró mi empleo estatal, siempre tuvimos buen diálogo. También ese día. Pero, a diferencia de otras oportunidades, en esa ocasión, el Delegado estaba ansioso y también más simpático que de costumbre: debía completar su trámite sucesorio. La familia es lo primero.

En un plazo más que razonable, logró su objetivo. No por mi decisión, sino porque el hombre tenía una enorme cartera de buenos y afinados contactos. Yo era apenas uno más, un circunstancial secretario de Estado.

El Delegado, inoxidable mandamás en la vida interna de una empresa estatal, peronista todoterreno, cultor de fueros y prebendas, sabueso conocedor de un territorio en que se mueve con destreza, se mantiene en su puesto desde hace casi cuatro décadas. Vio pasar a diez presidentes, a centenares de funcionarios, cambió de auto una veintena de veces, tiene cochera asignada en la dependencia oficial, entra y sale de la oficina cuando se le ocurre, es pasajero vip de varias aerolíneas y conoce medio Planeta. A pesar de su pequeña parcela de poder -no se trata, claro está, ni de Camioneros ni de Petroleros o Metalúrgicos- goza de la protección de la corporación sindical y del mutante aparato justicialista. Desde el menemismo hasta el cristinismo, en tiempos de indultos o de madres y abuelas heroicas, el Delegado supo ser leal y traidor a casi todos los caciques del PJ que le tocaron en suerte. Pero jamás trocó los colores partidarios. Le encanta recordárselo a quien quiera oírlo: el club de fútbol y el peronismo no se cambian jamás.

Para ejercer su estratégico liderazgo, posee una confortable oficina convenientemente ubicada en el corazón de la empresa, una especie de casamata desde donde controla y espía a sus circunstanciales “jefes”. Nadie jamás se atrevió a mudarlo. Alguien lo intentó una vez y se llevó de recuerdo sus huellas dactilares impresas en la mejilla derecha. Que pase el que sigue.

En una ocasión, presa de un rapto de sinceridad brutal, me advirtió: “¿Sabés cuántos tipos vi transitar por acá con el entusiasmo de ustedes? No te ofendas, pero todos los funcionarios políticos opositores (o sea, no peronistas) están de paso”.

En ese momento no supe darles suficiente valor a sus palabras. El peronismo es el partido del poder permanente. Nació para estar arriba y sólo de tanto en tanto -cuando viene la mala- se corre a un costado y comienza a trabajar para el regreso. No cede el mando jamás, sólo entrega los inmuebles en comodato. Si no fuera dramático podría contarse en tono de comedia. Lo he visto con mis propios ojos.

El Delegado, por seguir con nuestro ejemplo, se encargará de la recepción de los visitantes transitorios, incluso envuelto en un manto de tensa amabilidad. No hay al inicio de la relación rastros de prejuicio ideológico alguno: a diferencia del militante tradicional izquierdizado -temperamental, ideológico y resistente- su sabiduría radica en la asepsia, el sentido de la oportunidad y el profesionalismo. Él marca territorio y sonríe. Olfatea y se sienta a esperar.

Cada batalla tiene sus tempos. Tarde o temprano el comodatario creerá que manda. Comenzará entonces una etapa de ablande. El comodatario posee los papeles en regla, pero el Delegado conoce dónde está la llave de luz. El comodatario querrá cambiar las cosas; para eso lo designaron: tiene objetivos, plazos, cuentas que rendir. El Delegado está para que las cosas no cambien. De eso vive. Habrá un momento de conversación y otro de advertencias. Nada brusco en los inicios, pequeños golpecitos en los pies para que el comodatario vaya entendiendo quién controla el poder real: para conducir “hay que quilombificar”, recomendaba El General. El desgaste será inevitable. Son dos fuerzas en pugna. Una está de paso. La otro en etapa larvaria, esperando renacer. Cuando el comodatario insista en hacer uso de su título, se intensificarán las acciones. Y así seguirá la opera con final anunciado: la vuelta de los legítimos propietarios. El mito del eterno retorno.

Muchas veces en la historia reciente, los adversarios al movimiento nacional han tratado de sacar provecho de las contradicciones discursivas del peronismo. Existe la fantasía racionalista de que, poniendo negro sobre blanco, finalmente se desnudará la farsa y un torrente de autenticidad inundará los confines de la República perdida. ¿Qué tienen en común las políticas neoliberales de Carlos Menem con la retórica chavista de la reina Cristina? Ahí está, pasen y vean. ¡Han quedado al descubierto: ríndanse!

Pero las palabras van y vienen. Chocan contra las desmentidas y vuelven autenticadas como nuevas verdades. El dogma se renueva según demande la audiencia.

Ahora mismo se derrochan pruebas elocuentes sobre las volteretas retóricas del candidato Alberto Fernández, uno de los críticos más virulentos que haya tenido su mentora, la doctora Kirchner. Para no mencionar al ubicuo Sergio Massa. O al cinematográfico Pino Solanas. Pero ahí los tiene. Todos unidos. Conservando el capital simbólico de aquel movimiento que su líder supo definir simplemente como “un sentimiento”.

El Delegado sabe que así funcionan las cosas, es un sentimental incorregible y lo guía un profundo instinto de supervivencia. Inclusive en los momentos de repliegue, él sabe apuntalar a los suyos, cuida sus inversiones como un burgués meticuloso y obsesivo. Convierte su pequeño radio de influencia en una especie de célula dormida. Durante décadas ha repartido beneficios y favores: licencias por enfermedad otorgadas por el médico que consiguió el empleo gracias a su gestión, la jubilación anticipada que requería un empujoncito de un colega gremialista del ANSES, una vacante en la guardería que dirige una compañera a la que él ayudó cuando estaba en la lona. En esencia, el Delegado es un padrino generoso y e implacable: reparte prebendas y cobra utilidades en cuotas contantes y sonantes de poder territorial. Tarde o temprano, confía, volverá a enganchar su vagón al tren de la renovada victoria justicialista. Y, entonces, los panes y los peces se multiplicarán. Es un círculo virtuoso. Así funciona desde hace setenta años. Casi sin interrupciones.

El partido del poder permanente es horizontal e, incluso, inorgánico. No es, como podría suponerse, un sistema de ordeno y mando. Tampoco excesivamente dogmático. Esas son niñerías de zurditos que sueñan con voltear el Sistema. Y el populismo es esencialmente conservador. Por eso resiste los cambios institucionales, demora los intentos modernizantes, se aferra al estatus establecido. Muta sólo para sobrevivir. El Estado es de su propiedad. Hay que engordarlo y mantenerlo bajo estricta vigilancia.

El Delegado conoce muy bien su negocio. Es un zorro viejo. Por eso sólo confía en su familia. Y la protege.

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