Alimentación

Cuáles son las siete edades del apetito

Qué se recomienda en cada una de ellas

martes 17 de septiembre de 2019 - 7:51 am

Nuestro apetito experimenta cambios durante toda la vida. Existen “siete edades”, y conocer mejor esas fases nos ayudará a encontrar nuevas formas de afrontar los problemas de la alimentación deficiente y el exceso de consumo y, en particular, los consiguientes efectos sobre la salud.

Primer decenio, de los 0 a los 10 años

En la primera infancia el cuerpo experimenta un rápido crecimiento. Los hábitos alimentarios adquiridos en las primeras etapas de la vida pueden arrastrarse a la edad adulta y, por tanto, hacer que un niño gordo pase a ser un adulto gordo.

Los temores relacionados con los alimentos pueden convertir la hora de la comida en una batalla para los padres. Poner en práctica una estrategia que favorezca la degustación y el aprendizaje, de forma reiterada y en un entorno positivo, puede ayudar a los niños a conocer alimentos a los que no están acostumbrados, pero que son muy importantes, como las verduras.

Los chicos deberían poder ejercer ellos mismos algún tipo de control, en particular en lo que respecta al tamaño de las porciones. El hecho de que los padres les obliguen a “dejar el plato vacío” puede hacer que pierdan la capacidad de hacer caso a sus propias señales de apetito y hambre, lo que fomentará la sobrealimentación en etapas posteriores.

Segundo decenio, de los 10 a los 20 años

En la adolescencia, el aumento del apetito y de la estatura impulsados por las hormonas indica la llegada de la pubertad y el paso de la infancia a la edad adulta.

La relación que un adolescente mantiene con la comida durante este período decisivo determinará su estilo de vida en los años posteriores.

Tercer decenio, de los 20 a los 30 años

Cuando llegamos a la edad adulta joven, se producen cambios en el estilo de vida que pueden causar un aumento de peso, como, por ejemplo, asistir a la universidad, casarse o vivir en pareja, y tener hijos.

Una vez acumulada, la grasa corporal a menudo resulta difícil de perder: el cuerpo envía fuertes señales de apetito para comer cuando consumimos menos de lo que necesitamos, pero las señales para evitar que comamos en exceso son más débiles, lo que puede traducirse en un círculo de consumo excesivo.

Existen muchos factores fisiológicos y psicológicos que hacen que la tendencia a comer en exceso resulte fácil de mantener a lo largo del tiempo. Por ejemplo, no cuesta nada comerse un pote de helado, porque la grasa no envía al cerebro señales para que paremos de comer. Por su parte, los alimentos ricos en proteínas, agua y fibra tienen la capacidad de hacernos sentir más llenos durante más tiempo.

Cuarto decenio, de los 30 a los 40 años

La vida laboral en la edad adulta plantea otras dificultades que pueden despertar un apetito voraz u ocasionar una pérdida de apetito.

Las diferentes estrategias para hacer frente a este problema despiertan gran interés: el fenómeno de la “adicción alimentaria” —la necesidad irresistible de consumir determinados alimentos, a menudo ricos en calorías— no se conoce bien, y muchos investigadores incluso ponen en duda su existencia.

Hay otros rasgos de personalidad, como el perfeccionismo y la meticulosidad, que también pueden influir en la gestión del estrés y el comportamiento alimentario.

Estructurar el entorno de trabajo para reducir los hábitos alimentarios problemáticos, como las máquinas expendedoras de alimentos y refrigerios, es un reto que ha de afrontarse.

Quinto decenio, de los 40 a los 50 años

Somos animales de costumbres, y estamos muy poco dispuestos a cambiar nuestros hábitos aunque sepamos que hacerlo redunda en nuestro propio beneficio.

La palabra dieta procede del término griego diaita, que significa “régimen de vida, forma de vivir”. Sin embargo, queremos comer cuanto deseemos sin alterar nuestro estilo de vida, y, aun así, pretendemos tener un cuerpo y una mente saludables.

Es en estos años cuando los adultos deben cambiar su comportamiento en función de las necesidades de salud, pero con frecuencia los síntomas de la enfermedad son invisibles —por ejemplo, la hipertensión arterial o el alto nivel de colesterol—.

Sexto decenio, de los 50 a los 60 años

En esta franja de edad comienza la pérdida progresiva de masa muscular y continúa de manera constante a medida que avanzamos en edad.

Factores como la disminución de la actividad física, consumir menos proteínas de las necesarias y la menopausia en las mujeres aceleran la disminución de la masa muscular.

Mantener una dieta saludable y variada y practicar actividad física es fundamental para reducir los efectos del envejecimiento. Sin embargo, las personas de edad no están viendo satisfecha su necesidad de alimentos más ricos en proteínas, sabrosos y económicos.

Los refrigerios ricos en proteínas podrían representar una oportunidad idónea para aumentar la ingesta total de proteínas en las personas mayores, pero actualmente hay pocos productos diseñados para satisfacer las necesidades y las preferencias de ese grupo de edad.

Séptimo decenio, de los 60 a los 70 años y más

Es importante seguir una nutrición adecuada, ya que la vejez conlleva la falta de apetito y de hambre, lo que da lugar a una pérdida de peso involuntaria y una mayor fragilidad.

La disminución del apetito también puede ser consecuencia de una afección concreta, como, por ejemplo, la enfermedad de Alzheimer. La alimentación es una experiencia social, y hay factores como la pobreza, la pérdida de la pareja o un familiar, y el hecho de comer sin compañía, que afectan a la sensación de placer que se obtiene al comer.

Otros efectos de la vejez, como las dificultades para tragar, los problemas dentales y la pérdida de gusto y olfato, también interfieren en el deseo de comer y en los beneficios.

Deberíamos recordar que, a lo largo de la vida, nuestra alimentación no constituye un mero combustible, sino una experiencia social y cultural que es motivo de disfrute.

Fuente: BBC Mundo

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