Sociedad

Precarizadas

Cecilia García

Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (UBA)

"Por el ahorro, por el beneficio, por los costos. Si la lactancia es sobre todo un vínculo afectivo, la retórica crematística resulta insuficiente para explicarlo y que sea ésta la única manera de referirse a sus virtudes es causa de malestar entre las mujeres que amamantan y trabajan, afuera o adentro de su casa", analiza Cecilia García, en el mes de la lactancia materna.

viernes 23 de agosto de 2019 - 4:57 pm

En la intranet de la oficina circula un folleto que enumera los “beneficios” de amamantar. Se titula: “¿Por qué elegir la lactancia materna?” y en la columna de las ventajas para la mamá, el punto seis observa: “ahorro: no representa gasto económico para la familia”.

Es curioso que la inversión en leches artificiales se contabilice como un gasto pero las horas que la madre emplea en amamantar – o sea, todo el día y toda la noche- no impliquen, según esta lógica, ningún costo. Para la economía, a aquello que se pierde o se deja de hacer por elegir hacer otra cosa se le llama “costo de oportunidad”. Pareciera que las mujeres que se quedan en casa para que sus hijos se beneficien con las bondades de la leche materna no pierden nada: amamantar no es una elección, es un destino.

¿Por qué elegir la lactancia materna? Por el ahorro, por el beneficio, por los costos. Si la lactancia es sobre todo un vínculo afectivo, la retórica crematística resulta insuficiente para explicarlo y que sea ésta la única manera de referirse a sus virtudes – por lo que no se dice, por lo que este enfoque invisibiliza- es causa de malestar entre las mujeres que amamantan y trabajan, afuera o adentro de su casa.

Manuel no podía dormir. Eran cuarenta minutos de corrido, como máximo, a upa y en la cama de ellos. Verónica no podía más. Pensaba en los cuatro meses que le quedaban de licencia y se desesperaba. Cuando quedó embarazada Gerónimo le dijo que se tome el período adicional sin goce de sueldo, que él la bancaba. Vero aceptó sin dudarlo. Asumió que iba a querer estar todo el día con su hijo, lo más posible, y que volver a la oficina iba a ser el último de sus deseos. Pero cuando el frío de julio se hizo sentir y los días transcurrían mayormente adentro y sola con Manuel, empezó a pensar que su casa era una cárcel. Al mediodía daba dos o tres vueltas al parque con el cochecito y a veces arreglaba con la mamá de Gerónimo para irse a tomar un café y leer un libro mientras ella lo cuidaba. Pero al cuarto mes dijo basta. Gero le propuso hacer un viaje, para cortar la monotonía y estirar la licencia. Se fueron a Roma y por veinte noches durmieron mejor los tres. A la vuelta, la paz duró menos de una semana. Manuel estaba fastidioso y Vero se echaba la culpa. Era ella la que estaba aburrida y necesitaba reconectarse con lo suyo. Así que habló con la empresa y empezó a trabajar algunas horas desde su casa. Contrataron una niñera y al poco tiempo Manuel empezó el jardín. Cuando estaba en su casa Vero cambiaba pañales, calentaba mamaderas, limpiaba, cocinaba, jugaba y hacía dormir a su hijo. No encontraba el tiempo para bañarse o comer. Es que los bebés, sobre todo para una mamá primeriza, suelen hacer eso con el tiempo; parece que lo absorben. En la oficina, paradójicamente, sintió que al menos unas horas al día podía disponer de su tiempo con mayor libertad.

La maternidad es un trabajo no reconocido. Porque de la mamá que se queda a criar a los hijos se dice que “está todo el día al pedo”, y porque a la mamá que trabaja afuera la miran de reojo por las horas que contrata en la guardería. “¿No te conviene quedarte?”, me preguntaron una vez. El argumento era que si la plata que gano en el trabajo equipara lo que pago de guardería es preferible no trabajar. El principio de partida doble no tiene una columna que exprese la voluntad, el deseo, lo que se quiere hacer. La pobreza de la herramienta con la que medimos la experiencia hace que todo quede reducido a una ecuación matemática que lo único que causa es angustia. Y en el apremio por hacer que el balance cierre dejamos afuera un montón de cosas: nos quedamos, otra vez, sin poder elegir.

Una situación difícil viven las mujeres que trabajan a tiempo completo afuera y además sostienen la lactancia. Me mandaron la foto de un sacaleche manos libres, que es una cruza del corpiño con canillas que usó Madonna y un chaleco de portación policial. Es “para aprovechar el tiempo”, me dijeron. Porque mientras el aparato te ordeña las dos tetas a la vez podés seguir redactándole un mail a tu jefe, o participar de una llamada en conferencia. Hoy algunas empresas cuentan con lactarios, lugares donde ponerse cómoda y vivir el proceso de extracción con un poco más de dignidad. Pero no deja de ser un oasis, un guetto de maternidad en el contexto de un mundo que se rige por la cosmovisión de los varones heterosexuales y la lógica del máximo beneficio.

Cualquier movimiento que tenga como objetivo la igualdad de derechos entre las personas no puede pasar por alto la desigualdad económica de facto que las divide. Es cierto que la leche materna es mejor, pero para dar la teta hay que tener tiempo, y para tener tiempo hay que tener plata para mantenerse si una va a dejar de trabajar, o un trabajo con la suficiente flexibilidad como para permitir la “libre demanda” que dar el pecho requiere.

Hay un feminismo de derecha que presiona a las mujeres para que se replieguen en su “función biológica”, corriéndolas con el argumento moral de los beneficios para la salud del bebé (indiscutibles, seguro) y con eso desnaturaliza el foco de la lucha feminista, que lo que persigue es la libertad de elección sobre el propio cuerpo, y no bajar línea sobre el contenido de esas elecciones.

Igualdad de derechos no significa que todos seamos iguales. Precisamente porque hay diferencias, es decir, porque estas diferencias existen y no pueden – y algunas no deben- suprimirse, es que tenemos el deber de igualar las condiciones de acceso. La igualdad no es uniformar, ni estandarizar, sino integrar a cada uno según sus capacidades; lo que se iguala es ese derecho a formar parte, para que nadie se quede afuera por ser diferente.

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