Opinión

El “efecto arrastre”, el fenómeno contra el que deberá luchar Mauricio Macri

Gonzalo Odriozola

Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Editor en Nexofin

Hasta octubre, el Presidente deberá ganar votantes, retener los propios y evitar que los potenciales se suban al "carro ganador" de Alberto Fernández

sábado 17 de agosto de 2019 - 6:34 pm

Por Gonzalo Odriozola

El efecto arrastre o bandwagon es un término que surge en la psicología, pero que se utiliza tanto para el marketing como para la política. Es un fenómeno nacido en los 50′ en Estados Unidos que se tradujo al español como “subirse al carro” del éxito.

Los especialistas en marketing dicen que los individuos estarán más dispuestos a comprar un producto en caso de que muchas personas posean dicho producto. La seguridad que genera que todos lo tengan, el sentido de pertenencia a un grupo, el estar a la moda, o el sólo hecho de “no quedar afuera”, que abarca en buena parte el modo en que las personas piensan, sino la gran mayoría, nos arrastra a comprar ese producto. Ocurre casi del mismo modo en la bolsa de valores. Si muchas personas compran unas u otras acciones de una empresa por x motivo es probable que el resto se decante, pese a su propia creencia, por las unidades de la empresa que han comprado los otros accionistas.

Este tipo de comportamiento en masa, peyorativamente llamado “comportamiento gregario” por su condición “animal”, surgió en el siglo XIX en Estados Unidos, cuando un conocido artista llamado Dan Rice llevó a cabo la campaña electoral del candidato a presidente, Zachary Taylor, una campaña que hoy parecería muy rudimentaria pero que en aquella época fue todo un éxito. ¿En que consistió? En recorrer todo el país arriba de un carro y utilizar la música para atraer al resto de los ciudadanos hacia él. Al mismo tiempo, Rice repartía panfletos con la imagen de Taylor y los invitaba, literalmente, a “subirse al carro”. La campaña fue un éxito: Zachary Taylor se convirtió en el 12° Presidente de los Estados Unidos y los políticos comenzaron a imitar inmediatamente el estilo que el comediante propuso.

El domingo pasado en las elecciones primarias, Alberto Fernández obtuvo el 47,66% de los votos a nivel nacional, una victoria de una magnitud impensada. Rápidamente, políticos -incluso dentro de Juntos por el Cambio- y periodistas afines al oficialismo comenzaron a ver como una proeza casi imposible la victoria de Macri en octubre; y empezaron a aceptar el fracaso. Rogelio Frigerio pidió inmediatamente la renuncia; Nicolás Dujovne -nos enteramos hoy- lo mismo.

A periodistas como Luis Majul, Eduardo Feinmann, Alfredo Leuco, entre otros más bien beneplácitos con el Gobierno les “cayó la ficha” e hicieron de manera tardía una crítica contundente. El conductor de La Cornisa, por ejemplo, dijo que no investigó “lo necesario la Política económica de Macri”, sino que se centró en la “megacorrupción” de Cristina Kirchner y luego dijo que no creía que Juntos por el Cambio “tenga la más remota posibilidad de revertir los tremendos números de las PASO”

En tanto, Eduardo Feinmann habló de la “soberbia y la necedad de algunos miembros del Gobierno” y definió la derrota como “definitiva”.

Un poco más tarde, el comunicador, escribió: “En el Gobierno tienen que escuchar el viento. La gente hablo en las urnas. Lo amarillo se volvió celeste. Todo el país celeste menos Córdoba y CABA. Macri dejó de ser competitivo”.

Por último, Alfredo Leuco apuntó contra Marcos Peña, el “mariscal de la derrota”, y pidió urgente un cambio en el Gabinete.

De alguna forma, todos empezaban a subirse al carro ganador.

Siguiendo esta línea, Alberto Fernández debería ganar -como se dice- “caminando” en octubre. Incluso, de acuerdo al “efecto arrastre”, por una amplitud mayor a la que obtuvo en las PASO.

¿Cómo podría revertir esto Macri?

El “lunes negro” posterior a las elecciones, el oficialismo se apropió del mensaje que dio el mercado: el dólar subió $ 11 respecto del cierre del viernes, los ADR’s de las principales empresas argentinas en Wall Street cayeron hasta el 60%, mientras que la Bolsa porteña registró un desplome del 37% (la mayor pérdida desde 2001) y el riesgo país se acercó a los 2.000 puntos básicos.

Lejos de una autocrítica, el Presidente responsabilizó al kirchnerismo por las causas del desmadre económico. Tras la apertura del mercado pos PASO, dijo: “El problema mayor que tenemos hoy los argentinos es que la alternativa del gobierno, la alternativa kirchnerista no tiene credibilidad en el mundo, no tiene la confianza necesaria para que la gente quiera venir e invertir en el país”. Dos días después pidió perdón y aseguró haber entendido “el mensaje”.

Escuchar seriamente ese mensaje sería probablemente la única carta que le queda al macrismo. La polarización, minuciosamente elaborada por Peña y Durán Barba, y la sobreestimación del calvario que sufren los pobres, la clase media y las PyMES no parecen, ahora, la receta para ganar una elección. “Muchos sintieron que les pedí algo muy difícil, como trepar el Aconcagua”, dijo, fiel al manual “cambiemita”, el mandatario. Y es verdad; porque aunque a Macri le tocó pagar los platos rotos del kirchnerismo, con el abrupto aumento en las tarifas, los impuestos desmedidos y la inflación del 47% en 2018, ni las cuantiosas asignaciones familiares otorgadas por el ministerio de Desarrollo ni la considerable cantidad de obras realizadas y otros gestos no alcanzaron ni para “tirarle un centro” a quienes confiaron en él (que celebran las ideas pero permanecen rumiantes por lo bajo), ni mucho menos para satisfacer a la “gente de a pie”.

El paquete de medidas paliativo que anunció el miércoles no es la solución. Entender realmente “el mensaje”, comunicarlo bien y anunciar con urgencia medidas a largo plazo para disminuir el impacto de la economía en la gente, sí. Porque por más buenas intenciones, y dejando de lado el eufemismo que muchos de Cambiemos utilizaron para referirse a los que “votan con el bolsillo”, la gente tiene que y debe comer. Ese no puede dejar de ser el principal objetivo del Gobierno.

En frente, le están haciendo el trabajo. Felipe Solá sugirió la última semana desdoblar el mercado cambiario (“No se pueden dar dólares para que la gente los amarroque”); Máximo Kirchner contradijo a Alberto Fernández respecto de renegociar el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional; y hasta el número dos de Maduro, Diosdado Cabello, le restó importancia al triunfo electoral del ex jefe de Gabinete: “Que no vaya a creer que lo están eligiendo porque es él”, dijo; y Bolsonaro ya amenazó con irse del Mercosur en caso de que gane. Además, el kirchnerismo tiene entre sus filas a personajes deplorables como Luis D’Elía y Guillermo Moreno; y reincorporaron a Sergio Massa que, apenas dos años atrás, decía que no le tenía miedo (al kirchnerismo) y que los iba a “meter presos a todos y a barrer con los ñoquis de La Cámpora”. Paradójicamente, sus integrantes están en la lista de diputados que él encabeza.

Las personas tienen que lograr ver eso, pero no lo harán hasta que Macri haga un verdadero mea culpa. Sólo así conseguirá revertir los resultados del domingo. En las PASO de 2015, Daniel Scioli le sacó más de ocho puntos a Macri, que terminó ganando en segunda vuelta. Y aunque son elecciones muy disímiles porque Cristina Kirchner está en la boleta, Alberto Fernández es un candidato más fuerte que aquel Scioli y la tercera vía posee muchos menos votos que el caudal que obtuvo Massa ese año, es una punta de lo que puede ocurrir en unas elecciones argentinas. Todavía faltan dos meses.

Ahora queda que el Gobierno dé un mensaje contundente, que logre captar, no con discursos, sino “cancelando la campaña”, como propuso Roberto Lavagna, y con medidas económicas palpables a corto, mediano y largo plazo, a quienes no lo votaron el pasado domingo. Sólo así podrá evitar el “arrastre”, frenar el carro triunfalista y generar, por qué no, un cisne negro en octubre.

COMENTARIOS