Opinión

Para qué sirven las tetas

Cecilia García

Licenciada en Ciencias de la Comunicación Social (UBA)

En el mes de la lactancia materna, Cecilia García propone debatir sobre los condicionamientos sociales que -siendo invisibles para quienes no los sufren- a veces impiden a una madre alimentar con leche natural a su bebé, por más buenas intenciones que tenga

viernes 16 de agosto de 2019 - 4:52 pm

Ana, una amiga que se fue a vivir a otro continente, hace poco me confesó que se arrepiente de haberse hecho las lolas. Se las operó cuando vivía en Buenos Aires porque pensaba que tenía “poco”, pero parece que allá “ese mambo no existe” y cuando se acuerda de lo que le dolió el post siente que no valió tanto la pena.

Eugenia también se las operó, pero para achicárselas. Fue cuando teníamos veinte. Me acuerdo muy bien del alivio que sintió exhibiendo las nuevas dimensiones: “Mirá, tocá, son como las tuyas ahora”, me decía, señalándose el top deportivo que le fajaba las heridas. Eugenia había sido bendecida con un tamaño de tetas excepcional, ese que portan las actrices del porno mainstream, y para disminuir sus atributos los médicos tuvieron que amputarle parte de la glándula mamaria, que era la que ocupaba el mayor espacio dentro de cada una. Ella decía que por más deporte que hiciera los dolores de espalda se habían vuelto insoportables por el peso, y seguramente fuera cierto, pero lo que realmente le pesaba era haberle mostrado una teta por internet a un compañero del secundario una noche que chateaban medio hot. Fue cuando estaba en cuarto año y al día siguiente el cretino difundió la foto a todo el colegio y Eugenia -uno pudiera pensar ante semejantes tetas le harían reverencias en el recreo- pasó a ser considerada una “gorda puta” durante el resto de su vida escolar. La humillación fue tan grande que solo cuatro años más tarde, con la mutilación quirúrgica y una dieta muy estricta, pudo sentir que se sacaba el mote de encima.

Cuando le detectaron un tumor maligno en la mama derecha, Sandra también pensó en el tamaño. Si el quiste era chico se iría a su casa al día siguiente de la operación y todo habría quedado atrás como un mal sueño. Pero si era mayor y perforaba hacia algún costado la pesadilla se haría realidad y tendría por delante un año de quimioterapia, calvicie, calores, miedo, rayos, ardor en la piel lastimada, náuseas, la sensación de haber envejecido de golpe, y el fantasma de la recurrencia que no la dejaría dormir muchas noches por el resto de su vida. Para operarla usaron una tinta azul que actúa coloreando la zona a extraer, para delimitarla. Pero cuando la cirugía terminó y la sangre llevaba un rato corriendo por sus venas la cara tomó una coloración pálida y fría, como la de un cuerpo sin vida. Esa cara no vio Sandra cuando llegó a la habitación, porque sus hijos no le dijeron una palabra y se aguantaron las ganas de llorar para que ella no supiera que el cáncer que encontraron los médicos no era menor y además de un pedazo de mama habían tenido que amputarle los ganglios de las axilas.

Martina vivió el embarazo de Luna con mucha felicidad y sin complicaciones. Durante la licencia prenatal leyó todo lo que pudo sobre lactancia, se compró los corpiños adecuados, los casquillos, el sacaleche eléctrico y la loción cicatrizante para evitar grietas y lastimaduras. Mil veces soñó con ese momento mágico, se imaginó sobre la mecedora con su beba en brazos, disfrutando del idilio de ese vínculo tan especial. Pero cuando la puericultora le comprimió por primera vez el pezón con sus dedos gruesos y se lo incrustó en la boca de su hija, Martina pegó un grito de dolor que se escuchó desde la planta baja de la clínica. “No puedo”, le dijo a Pablo, que la miraba sin entender mucho pero, con todo lo que la había escuchado explicar en los últimos meses sobre la importancia de que el bebé se nutra de la leche de su mamá exclusivamente, solo atinó a ponerse firme y arengarla: “Dale, vos podés. TENES que poder.” Martina, que hasta el día anterior había tenido un feliz embarazo en el contexto de un feliz matrimonio, no pudo evitar sentirse un poco defraudada y sola. “Señora, la lactancia duele”, soltó encima la enfermera queriendo consolarla, mientras le abría el camisón del otro lado.

A Carla amamantar le dolió un poco las primeras semanas pero en seguida la piel se curtió y fue todo más fluido. Salvo, claro, por las pocas y fragmentadas horas de sueño que la tenían hecha un fantasma. La cosa se complicó más cuando a los cuatro meses tuvo que volver al trabajo: el único enchufe disponible en todo el establecimiento estaba en una cocina de gerencia, fría y que conecta con otros dos ambientes: un baño mixto y un archivo. La primera vez que intentó sacarse leche estuvo veinte minutos para que empezara a salir la primera gota. A los cuarenta apenas había juntado sesenta de los ciento ochenta mililitros que solía juntar en su casa. Para colmo, cuando estaba por pasarse el extractor a la otra teta, un compañero desprevenido irrumpió en la cocina en busca de café. No se dio por vencida y la vez siguiente trabó la puerta. Pero todo el proceso le llevó casi una hora y cuando bajó a su puesto una jefa con cara de pocos amigos la esperaba con reproches y el doble de tareas como castigo por los minutos que se había ausentado. Carla siguió intentándolo, pero con el tiempo el hostigamiento por parte de sus superiores se volvió una presión difícil de sobrellevar, así que decidió dejar de extraerse en el horario laboral. En pocos días la leche mermó, y luego dejó de salir.

Las tetas pueden adquirir tantos significados como experiencias se entretejan en los cuerpos de quienes formen parte. En agosto, mes de la lactancia materna, las tetas se vuelven, en el discurso de la salud, sinónimo de maternidad ejemplar. Una cantidad infinita de material informativo inunda las redes y los chats de nuevas mamás exaltando las virtudes de la lactancia materna exclusiva. Lo que esta folletería no explica son los contextos –sociales, económicos, culturales, personales- en los que cada madre está inserta, y que siempre son determinantes del tipo de experiencia que podrán tener de este vínculo.

Esta prédica positivista del discurso de la salud, aquella que afirma que lo natural es mejor- y que lo natural existe-, fue lo que una noche llevó a Belén a sentir que se volvía loca. Olivia tenía tres meses y parecía que siempre se quedaba con hambre. Día y noche, hora tras hora, la tenía prendida al pecho. El pediatra, aunque la beba engordaba a ritmo normal, registró que Belén estaba muy agotada por la falta de sueño y le indicó el suministro de leche de fórmula como complemento, para que Olivia sintiera mayor saciedad y ella pudiera descansar un poco más. “Me niego a alimentar a mi hija con leche de una vaca que no conozco”, escribió en el chat de mamis del que empezó a formar parte cuando asistía a un grupo de gimnasia para embarazadas. En seguida saltaron otras apoyando la negativa: que la industria alimentaria y sus intereses pecuniarios, que a las vacas les inyectan hormonas, que los pediatras son unos insensibles. Todos argumentos válidos para preferir la leche materna por sobre la artificial, pero indiferentes al agotamiento de Belén -que se pasaba todo el día sola en la casa- y a la cantidad de leche que su cuerpo podía producir.

Una tarde colapsó y llamó a la guardia psiquiátrica de la obra social. Pensó que se había vuelto loca. Le dieron una pastilla para que durmiera y Belén tuvo que pedirle a su marido que bajara a la farmacia a buscar una leche en polvo. Esa noche no se levantó y cuando el efecto del somnífero se le fue del cuerpo pudo volver a dar la teta con normalidad.

A veces parece que no hiciera falta explicar que la relación con el mundo está mediada. Pero cuando escuchamos que una mamá, por sentir que incumpliría con sus deberes de madre perfecta, se expone a una crisis nerviosa y termina empastillada para dormir unas horas de noche porque le vendieron que darle leche artificial a su hija es como darle de comer bosta, una se pregunta qué tanto debemos hacer caso a las frasecitas de la folletería que circula y por qué es tan difícil elaborar un discurso propio, femenino- personal-, de lo que las tetas significan para cada una y qué sentido cada una puede y quiere darles en cada momento de la vida.

No hay nada de malo en que Ana las quiera más grandes o Eugenia más chicas. Lo importante es en algún momento poder preguntarse por las afirmaciones que se dieron por ciertas para tomar tales decisiones: ¿de dónde vienen? ¿quién las produce? ¿con qué fin? ¿para qué sirven? ¿y yo qué quiero hacer? No está mal que Belén prefiera la lactancia materna para su hija, por los beneficios que ya todos conocemos, pero no sin antes detenerse a pensar en qué condiciones está para practicarla, y qué costos tendrá en términos de sacrificio físico y mental para ella y que repercutirán en el bebé. Y cuánto se está dispuesta a dedicar a dar la teta en detrimento de qué otras cosas que también nos gustaba hacer, y por cuánto tiempo, y qué posibilidades reales hay de sostenerla si una tiene que trabajar.

Recuperar las tetas para cada una no nos libera de las manos duras de una puericultora anticuada, ni de la mirada lasciva de ciertos hombres, tampoco sirve, tristemente, para esquivar un cáncer. Lo que nos permite es empezar a elegir: cómo queremos vivirlas, qué experiencia queremos tener de ellas. Más allá de lo que otros digan y más allá de lo inevitable.

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