Opinión

Los caminos que se bifurcan

Nora Bär

Editora de la sección Ciencia/Salud de LA NACION

viernes 5 de julio de 2019 - 5:16 pm

Columna publicada originalmente en La Nación

Llegué a Lausanne, Suiza, cuyos edificios de tres o cuatro pisos se esparcen mansamente por las colinas que bordean el lago Leman, para asistir a la Conferencia Mundial de Periodismo Científico, un evento que se realiza cada dos años para pasar revista de los dilemas y desafíos que plantea una práctica convulsionada por la transformación de los medios y el avance vertiginoso de la ciencia y la tecnología.

Las jornadas, con decenas de sesiones simultáneas sobre los temas más diversos (desde la robótica o la inteligencia artificial hasta la edición genética o las controversias estadísticas que plantean los ensayos clínicos), visitas a centros de investigación y sitios emblemáticos, son estimulantes por el intercambio con personas de distintos orígenes, lenguas y culturas llegadas desde los cuatro puntos cardinales, pero que sin embargo comparten problemas similares.

Construida en el siglo IV a.C. a unos 500 metros sobre el nivel del mar, atravesada por ríos de agua increíblemente límpida, salpicada de árboles, enredaderas y jardines que le dan un aspecto campestre y con callecitas serpenteantes y empinadas, esta urbe parece a salvo de la irritación de las megalópolis del subdesarrollo. Dejando de lado el detalle de los precios (un café de una conocida marca internacional cuesta alrededor de 350 pesos argentinos), es pintoresco comprobar que aquí uno se sube y se baja de impecables trenes, buses y subterráneos sin que ninguna máquina o humano le exija el pasaje (sin contar con que, para los visitantes, los transportes locales son gratuitos, gentileza del ente de turismo).

Pero antes de llegar hasta aquí, los periodistas argentinos que compartimos el viaje de casi 20 horas desde Buenos Aires decidimos hacer un alto en Ginebra para visitar la tumba de Borges, que se encuentra a pocas cuadras de la estación central.

El calor era literalmente sofocante y las calles estaban desiertas. Después nos enteraríamos de que el termómetro había trepado hasta una temperatura enloquecida para estas latitudes: ¡40 grados! Tras dar algunas vueltas, nos encontramos de repente con el cementerio de Plainpalais, ubicado sobre la Calle de los Reyes (llamada así porque aproximadamente entre 1500 y 1850 allí se disputaba un torneo para elegir al "rey de los arcabuceros"), un espacio pequeño, tranquilo y solitario, abierto al público y a la vista de los paseantes, ya que solo lo rodea una verja de hierro de baja altura. Bastó con recorrer algo más de cien metros por una callecita interna, bordeada cada tanto por otras sepulturas con nombres también ilustres, como Jean Piaget, Juan Calvino, Sofía Dostoievski y el también argentino Alberto Ginastera, para llegar hasta el pequeño rectángulo de flores y calma que guarda los restos del escritor.

En un banco a cierta distancia, una pareja conversaba por lo bajo. Reconocimos inmediatamente la lápida, con los siete guerreros y la inscripción en inglés antiguo "And ne forthedon na", que según afirma Martin Hadis en su libro Siete guerreros nortumbrios. Enigmas y secretos en la lápida de Jorge Luis Borges, pertenece a un antiguo poema que conmemora la batalla de Maldon, ocurrida en el año 991, en la que un ejército sajón debió enfrentar a una horda de vikingos. Al parecer, la frase significa "y que no temieran" y es parte de la arenga que el líder sajón da a sus hombres antes de la batalla: que no teman ante la muerte.

En la base, ocultos bajo las plantas, había dos tributos anónimos: un libro y un poema manuscrito y plastificado para que resistiera la lluvia. Tras unos minutos, recordé que cuando era muy joven un J. L. B. ya mundialmente consagrado había tenido la deferencia de recibirme en su austero departamento de la calle Maipú, cerca de la Plaza San Martín. Y no pude evitar que me invadiera una extraña melancolía al volver a encontrarlo allí, tan lejos de casa.

COMENTARIOS