Notas de Opinión

Callen esos bombos (el perfil político de Miguel Ángel Pichetto)

Santiago Rey

Periodista. Trabajó en diarios, radio y TV, cofundó y dirigió la revista “Zona rionegrina”, y el diario online Agencia de Noticias Bariloche. Actualmente conduce el programa radial “En estos días” y escribe en la Revista CIC – Periodismo Con Intervención del Cronista

viernes 14 de junio de 2019 - 1:57 pm

Columna publicada originalmente en Revista Anfibia

“Dura palabra es traidor”, tal vez, “era un mero fanático disponible, un hombre desgarrado hasta el escándalo por sucesivas y contrarias lealtades”.

(Jorge Luis Borges)

—Compañeros, shhh, callen esos bombos, shhhh, compañeros.

La última incursión electoral de Miguel Ángel Pichetto fue en 2015. Se presentaba, una vez más, como candidato a gobernador de Río Negro por ej PJ, igual que en 2007. Una vez más, perdió. Habían pasado 32 años desde su primera elección, cuando fue electo concejal de Sierra Grande.

Las tres décadas de política y elecciones se le notaban en el gesto desencajado cuando pidió a los “compañeros, shhh, callen esos bombos, shhhh, compañeros”. Candidatos, dirigentes y militantes lo miraron desconcertados. “Shhh, compañeros, esos bombos, no se puede hablar así”, reclamó desde la pequeña tarima del acto en Bariloche, pocos días antes de que las urnas le fueran esquivas y Alberto Weretilneck consolidara su segundo mandato.

Durante la campaña la dirigencia del Frente para la Victoria rionegrino hizo grandes esfuerzos para minimizar la falta de empatía de Pichetto con la ciudadanía. Disimuló su ausencia en los barrios; se disculpó ante la vecina que lo esperaba con mate y tortafritas; “no anda bien de la panza”, mintió ante cada negativa a comer un choripán.

—Shhh, por favor, esos bombos, compañeros.

Con los años, Pichetto fue haciendo de su ascetismo un modo político, la invención de una figura reconcentrada en los problemas de la patria, sin desviaciones, al borde del “dicen que soy aburrido”. El cenit de esa construcción llegó en el debate televisivo de Canal 6 de Bariloche durante esa campaña de 2015. Casi dos horas sin sonrisas, y una frase descerrajada al corazón de la emocionalidad: “A mí no me van a elegir para andar cruzando una ancianita en la esquina”.

No lo eligieron ni para cruzar ancianitas ni para gobernador.

 

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—Miguel es así – repiten quienes más lo conocen.

No actúa cuando camina serio, cuando aparta la mirada, cuando parece mascullar maldiciones contra la demagogia como forma de la política.

“Las emociones no forman parte de mi temperamento”, explicó para el gran público en su primera conferencia de prensa como candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. Sentado con la única compañía de un vaso de agua -lo único que se permite beber- y ante decenas de periodistas dijo: “Nunca es bueno que vuelva el pasado. Este es un debate más profundo, entre democracia y visiones autoritarias”.

Pichetto, el de la expulsión a los inmigrantes; el de la mano más dura que la de Patricia Bullrich; el de los argentinos-argentinos y los argentinos-judíos; el de la ausencia de emociones adjudicó al gobierno anterior una “visión autoritaria” de la política y el manejo del Estado. Está convencido de lo que dice, no miente cuando cree que el autoritarismo forma parte ya no de su propio entramado ideológico, sino del ejercicio político del kirchnerismo.

—Miguel es así – lo justifican quienes más lo conocen.

—¿Así cómo?

—Así.

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