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Notas de Opinión

¿Cuán probable es una intervención militar de los EE.UU. en Venezuela?

Columna publicada originalmente en La Nación

Aunque están aumentando las especulaciones sobre una intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela , sigo pensando que es algo poco probable. Sin embargo, tras escuchar de fuentes diplomáticas que algunos funcionarios estadounidenses y latinoamericanos están explorando invocar el Tratado Interamericano de Defensa Recíproca de 1947 (TIAR), estoy un poco menos convencido que antes de que no habrá una acción militar extranjera.

En primer lugar, el gobierno de Donald Trump está escalando su discurso después del intento valiente pero infructuoso de la oposición venezolana el 30 de abril de desencadenar una rebelión militar para restablecer la democracia. Yendo más allá de su declaración habitual de que “todas las opciones están sobre la mesa”, el secretario de Estado, Mike Pompeo, dijo esta semana que “una acción militar es posible”.

Segundo, en la Casa Blanca hay quienes temen que Trump deje de ser tomado en serio si no toma medidas de fuerza para derrocar a la dictadura de Nicolás Maduro. Las promesas de Trump de que derrocará a Maduro podrían empezar a sonar pronto como sus bravuconadas vacías de que “México va a construir el muro”.

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Trump, quien se preocupa muy poco por la democracia en Rusia, China, Turquía y la mayoría de los demás países, y cuyo interés en Venezuela se debe principalmente a su deseo de ganar los votos cubanoamericanos y venezolanos en Florida en las elecciones de 2020, podría ser convencido por algunos de sus colaboradores de usar la opción militar en Venezuela.

Tercero, algunos diplomáticos latinoamericanos me dicen que hay discusiones privadas en la Organización de los Estados Americanos para invocar el TIAR, también conocido como el Tratado de Río. Su punto clave es que un ataque contra cualquier país miembro es un ataque contra todos sus países miembros.

Los miembros actuales de TIAR son Estados Unidos, Brasil, Colombia, la Argentina, Chile y Perú.

Cuando le pregunté al enviado especial de Trump para Venezuela, Elliott Abrams, si hay discusiones tras bambalinas para invocar el TIAR, no lo confirmó ni lo negó, pero dijo que “el TIAR es mucho más amplio” que un tratado militar. “El TIAR habla de acciones en común, pero pueden ser relaciones diplomáticas, pueden ser [medidas] económicas, pueden ser sanciones”, me dijo Abrams.

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Si bien prácticamente todos los países latinoamericanos del TIAR ya han dicho que están en contra de una intervención extranjera, no está claro qué pasaría si millones más de venezolanos huyen a países vecinos. Algunos diplomáticos dicen que eso desencadenaría pedidos de una intervención militar para contrarrestar la presencia militar de Rusia y Cuba en Venezuela.

En cuarto lugar, una rebelión militar en Venezuela puede ser más difícil ahora, después que el gobierno de Trump cometió el error de revelar los nombres de tres altos funcionarios venezolanos que habrían mantenido conversaciones con la oposición para rebelarse contra Maduro el 30 de abril.

Ahora podría ser más difícil que esos y otros funcionarios venezolanos hablen con emisarios de la oposición, por temor a ser expuestos públicamente por los Estados Unidos.

¿Por qué sigo pensando que una intervención militar en Venezuela es poco probable?

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Porque aunque en la Casa Blanca hay quienes apoyan esa idea, el Departamento de Defensa teme que conduciría a otro atolladero como el de Siria o Afganistán.

Además, si el interés principal de Trump en todo esto es ganar votos en la Florida, el mejor escenario para él podria ser mantener el status quo -un discurso duro, sin acciones militares- hasta al menos después de las elecciones. Si Trump ordena una acción militar ahora, puede asegurar algunos votos en Florida, pero podría perder más votos en otras partes del país.

En resumen, una intervención militar respaldada por los Estados Unidos sigue siendo un escenario poco probable.

Pero si Maduro -quien, no lo olvidemos, es un gobernante ilegítimo que se reeligió en las elecciones fraudulentas de 2018- no permite elecciones anticipadas y creíbles para restaurar la democracia, la crisis humanitaria de Venezuela empeorará y millones de venezolanos más huirán al extranjero. Si eso sucede, una acción militar entre los Estados Unidos, Brasil y Colombia bajo la cobija del TIAR no sería impensable.

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Notas de Opinión

Inflación, vergüenza nacional

Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar

Columna publicada originalmente en Infobae

El recordado tango esbozaba que 20 años no son nada, y parece que para los problemas estructurales que atraviesa la Argentina tampoco lo son. Finalmente se ha conocido el tan ansiado índice de inflación de julio: 7,4%. Con este dato la Argentina confirma su nivel de inflación más alto desde abril de 2002 en donde el mismo fue del 10,4%, momento éste que era atravesado por el abrupto final del esquema de convertibilidad.

La portavoz de la Presidencia se encargó de advertir que el tan esperado índice de inflación no fue de dos dígitos “tal como algunos habían advertido de manera temerosa”. Resulta increíble que el Gobierno festeje esta marginalidad dentro de un contexto de absoluto fracaso en lo que ellos mismos se atrevieron a titular como la “guerra contra la inflación”.

La política no ha estado a la altura de las circunstancias desde hace mucho tiempo. En materia inflacionaria se han escuchado frases que van desde “que haya un poquito de inflación no es malo” hasta “la emisión de dinero no genera inflación”. Si bien parecen frases dichas por gente ajena a la realidad argentina, lo cierto es que los autores de las mismas son sindicalistas y políticos de primera línea de nuestro país. Quienes dirigen los destinos de la Argentina parecen no comprender las razones del problema inflacionario que ellos mismos se encargaron de engendrar.

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El flamante Ministro de Economía parece haber intentado transmitir a los mercados cierto grado de entendimiento del problema: refirió entre sus primeras expresiones la necesidad de “ordenar el gasto” y de no recibir más asistencia del Banco Central. Con estos planteos uno podría llegar a deducir que Sergio Massa logra comprender que el déficit fiscal conlleva necesariamente a la emisión monetaria (en virtud de no disponer de acceso al crédito), la que indefectiblemente termina impactando en el nivel general de precios. Más allá del atino conceptual hay que preguntarse si efectivamente está convencido de lo que el mismo plantea, y de estarlo, si la política le permitirá hacer los cambios necesarios para cumplir con lo prometido (teniendo en cuenta que en el horizonte ya se puede observar el año electoral).

Incluso si el equipo económico logra controlar el gasto público y con ello logra también terminar con las asistencias del Banco Central (que hasta ahora lo obliga a emitir dinero para cubrir parte del gasto del Gobierno) la batalla inflacionaria lejos estará de ser ganada.

Hoy el BCRA tiene entre sus pasivos remunerados unos 7 billones de pesos ($7.000.000.000.000). Estos pesos “retenidos” dentro de las cuatro paredes del organismo no son más que el dinero que los bancos depositan en el Banco Central a cambio de una tasa de interés (hoy del 69,5% nominal anual): este dinero proviene de los ahorristas del sistema financiero, desde ya. Si en algún momento los ahorristas deciden no dejar más el dinero en sus bancos porque les surgen mejores opciones de inversión o de consumo (deciden comprarse bienes, cambiar sus pesos por dólares o refugiarse en algún otro activo), el BCRA deberá emitir estos pesos para devolvérselos a sus verdaderos dueños. Si esto en algún momento llega a ocurrir de manera masiva, el espiral inflacionario sería estrepitoso. Mientras tanto estos montos representados por Leliqs y Pases pagan una tasa de interés que hoy es de algo más el 96,8% efectivo anual. Se calcula que estos instrumentos pagarán intereses anuales por unos 6 billones de pesos y claro, el problema cada vez se hace más grande: estos pesos en algún momento verán la luz e impactarán en los precios. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. Ya lo decía alguien por ahí: por ahora la codicia supera al pánico y no sabemos cuánto pueda durar eso.

Lo cierto es que Massa pretende encarar el problema fiscal con cierto convencimiento de su posible victoria tal vez sin tener demasiado en cuenta que su gran desafío va mucho más allá que un mero ajuste en las cuentas públicas: el Banco Central de la República Argentina es hoy la mejor promesa de inflación futura.

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Para tomar dimensión del desastre patrimonial que tiene el BCRA hace falta recordar solo un dato: hoy hay muchos más pesos retenidos en el mismo en forma de Leliqs y Pases que todo el dinero que existe en los bolsillos de la gente y sus cuentas bancarias. La bomba está encendida y la mecha parece ser demasiado corta.

Hasta que los gobiernos no encaren el problema inflacionario de manera integral solo nos dedicaremos a observar como los precios escalan de manera exponencial. La emisión siempre ha sido la herramienta política para hacer populismo, herramienta esta que hoy nos muestra su efecto más letal en cada uno de los bolsillos de los argentinos. Por desgracia el populismo sin recursos para dilapidar no es más que una terrible desgracia traducida en hambre, pobreza y subdesarrollo donde la inflación es la eterna compañía.

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Notas de Opinión

Los secretos de Sergio Massa y los últimos días de Miguel Pesce

El ministro estableció un buen vínculo con el FMI y la Casa Blanca. El presidente del Banco Central, jaqueado: los embates ocurren en las sesiones del equipo económico.

Miguel Pesce tiene rodeado el rancho. Su gestión está en el ojo de la tormenta y quieren que se vaya ahora. El titular del BCRA resiste. Este jueves se sacó el gusto: un maxi aumento de la tasas para enfrentar el 7,4% de inflación. Pero tendría los días contados. Cristina lo trata en el Senado de “pelotudo” y Axel Kicillof lo acusa de “dilapidar” las reservas. Ambos empujan su salida. Cristina está a los gritos: “¡Se tiene que ir ya!”.

El dúo habla como si no tuvieran responsabilidad en el descalabro. Los ataques de Cristina activaron el derrape y las ideas de Axel, la desconfianza. Sergio Massa mira para otro lado: “Yo por ahora, mudo”. Lo dijo frente a sus íntimos. No quiere líos políticos con Alberto –el único apoyo de Pesce-, pero ya hubo dos peloteras fuertes entre Massa y Pesce.

Massa lo acusó de falta de profesionalismo para explicar la salida de reservas. El martes ardió otra pelea: a Massa lo irritó la declaración sobre la utilización del swap chino. Lisandro Cleri y Eduardo Setti le tiran munición gruesa por el inadecuado manejo de la mesa de dinero. Cleri lo lapida: “Fueron un desastre”.

Los embates ocurren en las sesiones del equipo económico. Ahí se reparten culpas por igual contra Pesce y Martín Guzmán. Massa afirmó: “Guzmán mintió y nos engaño a todos”. Ahora Massa le recomienda a empresarios y banqueros: “Hablen con Cleri”. Cleri es el actual vice del BCRA. El ministro ya no discute del tema con Alberto. Ya fue motivo de una dura controversia cuando se produjeron los cambios. Massa –hace dos semanas– pidió la cabeza de Pesce: “Está desgastado”. Alberto contragolpeó: “Miguel es mi hombre de confianza”.

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Pesce integró el equipo íntimo de seis funcionarios que acompañaron en soledad a Alberto a negociar el ingreso de Massa al Gabinete. Entregar su cabeza hubiera sido un signo de mayor debilidad.

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Miguel Pesce tendría los días contados como presidente del Banco Central. Foto Télam

Esos días pasó de todo. La noche del miércoles 27 de julio hubo una reunión heavy en Olivos. Estaba ya el rumor del inminente desembarco de Massa y Alberto lo desmintió frente a sus íntimos: “Ni loco voy a nombrar a Sergio. Se va a querer quedar con todo el gobierno”. Entre otros, lo escuchó Gustavo Beliz. Al día siguiente Alberto hizo lo contrario y Beliz explotó: “Me tiene podrido”.

Ahora la situación de Pesce no está saldada. Massa espera, igual, confiado: el 23 de septiembre –en 40 días- termina el mandato legal de Pesce y nadie moverá un dedo para que continúe en el BCRA. También se van otros tres directores.

El ministro de Economía tiene varios frentes abiertos. El primero es político. El propio Roberto Lavagna se lo dijo en una cena secreta a Alberto. Eran los últimos días de Martín Guzmán. El ex-ministro afirmó: “El problema es político y no económico. Yo pondría a Sergio en Economía”.

Massa deberá superar dos embates fuertes. Primero, de los sectores duros que lidera Mauricio Macri. El ex presidente propicia que Massa “no haga pie”. Para Macri, es una chance de revindicar su mala gestión y a la vez terminar con Alberto. Desde ese sector político se “fogonea” la crisis y la hecatombe política.

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Macri estuvo el martes en una cena con el equipo de Evolución de Martín Lousteau y ahí sus colaboradores se pavonearon de que fue el autor intelectual de los ataques de Elisa Carrió. Algo difícil de creer. Pero el principal problema lo tiene el Frente de Todos, con una interna en ebullición que todo destruye. Massa logró ya cierta “pax”. No los une el amor sino el espanto del abismo económico.

Pero ese acuerdo, por ahora, es delicado y temporal. La relación entre Cristina y Alberto está en su peor momento. Entre ambos existen odios, desprecios , insultos y una absoluta desconfianza. Cristina dice que le torció el brazo al Presidente y que fue autora de la movida política. En verdad, en noviembre pasado Máximo fue el primero que habló de la operación “Massa ministro”.

La vice acusa al Presidente por sus sofocones judiciales. Así lo dice: “Alberto no movió un dedo. Incumplió el pacto”.

El espurio acuerdo consistiría en lo siguiente: Cristina hacía presidente a Alberto y Alberto la ayudaba para cerrar sus causas por corrupción. Cristina atraviesa un momento difícil. Diego Luciani dejó al descubierto la trama de la corrupción kirchnerista.

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La vice enfureció, pero en la Corte Suprema insisten con una cuestión central: Cristina descalifica a la Justicia, porque no puede responder, ni desacreditar ninguna de las graves acusaciones.

Al inicio de julio, la vice vetó el nombramiento de Massa. Fue el fin de semana de la explosiva renuncia de Guzmán. Esa noche, la vice le dijo a Alberto: “¿Vos confiás en Sergio?” y todo se frenó. Un mes después terminó cediendo e impulsando al propio Massa: esa falta de olfato político le costó al BCRA perder en julio US$ 1.275 millones.

Cristina cree que podrá sortear los costos del ajuste y que -si las cosas van mal- el descrédito político lo pagarán Massa y Alberto. Se trata de una ilusión fruto de la pérdida de su sagacidad política: Cristina será la máxima responsable, si las cosas explotan, porque es la jefa del FdT.

La vice estableció un puente funcional con Massa: Axel es el interlocutor directo y operativo con el Palacio de Hacienda. Hasta ahora, Kicillof se está “tragando sapos” y aceptando todo lo que le cuestionaba a Guzmán. Primero, las consultas a Daniel Marx.

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Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

Cristina Kirchner puso a Axel Kicillof como interlocutor directo y operativo con Sergio Massa. Foto Maxi Failla

El tarifazo es sustancialmente mayor al que Axel frenaba. Massa se ufanó en la intimidad: “En un día bajé los subsidios en un 1% del PBI”. El ministro estableció un buen vínculo con el FMI. La amable carta de Kristalina Georgieva reflejó ese onda. Pero eso no garantiza nada.

El vínculo con Estados Unidos

En Washington le otorgan a Massa una virtud: creen que lo que se acuerde con él, se va a cumplir. El ministro es el político oficialista de mejor vínculo con la Casa Blanca. Viaja a la brevedad. Georgieva, además, consideraba que la dupla Alberto-Batakis era muy endeble. Afirmaba que la ex ministra no tenía fuerza para instrumentar el ajuste que prometía.

Para el FMI, Massa tiene un fuerte volumen político y logró el apoyo de Cristina. En Washington se habla de la salida de Sergio Chodos del FMI. Kicillof sugirió a Augusto Costa como viceministro. No avanzó.

El blooper de Gabriel Rubinstein abrió una secuela y refleja problemas operativos que tiene el equipo económico. Los exportadores de soja, petróleo y minería dicen que Economía demora y piden que concrete las resoluciones para liquidar dólares.

También hay líderes empresarios calientes: dicen que los llaman para hacer un acuerdo de precios y salarios, y -por otro lado- les meten la mano en el bolsillo con el tributo a Ganancias. El nombre de Rubinstein lo sugirió Leonardo Madcur. Pero Economía no hizo lo elemental: revisar su historial y chequear sus redes sociales. Habló con Massa, pero su nombramiento estaría caído.

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También el ministro conversó con Marina Dal Poggetto. Emmanuel Alvarez Agis dialoga con el ministro y sugiere ideas. Pero no quiere un cargo público y tampoco Cristina lo banca: desconfía y cuestiona sus apoyos de empresarios como Marcelo Mindlin. Por eso, ahora el candidato sería Martin Rapetti, el ex titular de CIPPEC. Integra el círculo de economistas de Massa.

El ministro tiene en observación a YPF. Este jueves estuvo en Neuquén. En la petrolera de La Cámpora hay un escándalo oculto de proporciones: la salida de Sergio Affronti estaría vinculada a una denuncia por favoritismos en el otorgamiento de cupos de exportación.

 

Columna publicada originalmente en Clarín.

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Notas de Opinión

Lilita contra todos, menos contra Macri

El ataque de Carrió a dirigentes de Juntos por el Cambio pone en riesgo la unidad opositora y lastima a Larreta, Bullrich y la UCR. Y muestra una estrategia que beneficia el ex presidente y a Massa

Columna publicada originalmente en Infobae

Lillita Carrió es tal vez el personaje más querible de Juntos por el Cambio. Nadie puede negar su inteligencia. Es culta, es valiente, tiene historia política y en la coalición opositora siempre han celebrado su capacidad de decir las cosas que otros callan, aunque a veces duelan. Se puede abrazar con María Eugenia Vidal, con Horacio Rodríguez Larreta o con Alfonso Prat-Gay. Y es quien se ha atrevido a pedirle a Mauricio Macri que tomara distancia de la figura de su padre Franco allá por febrero de 2016, cuando la causa por el pronto pago de la deuda estatal de Correo Argentino al grupo empresario familiar puso al entonces presidente contra las cuerdas. Macri sorprendió al hacerle caso a Carrió, dar marcha atrás con la medida y escapar del entuerto.

El problema es que Carrió parece haber dejado de ser Lilita para la mayoría de los dirigentes de la coalición opositora. Cada vez que retoma la práctica de los ataques a diestra y siniestra, que hasta hace algunos años podían resultar pintorescos, son muchos más los que se enojan. Y ahora acaba de cruzar una línea de Capricornio que convocó al hartazgo de casi todos.

Lilita enhebró entrevistas a Joaquín Morales Solá, a Jorge Lanata y a María Laura Santillán con algunos tuits para sugerir que Gerardo Morales, Facundo Manes, Cristián Ritondo, Emilio Monzó y Rogelio Frigerio tenían relaciones peligrosas con Sergio Massa. Se trata del funcionario bajo fuego al que acudió Cristina Kirchner para tratar de evitar la debacle del gobierno exánime de Alberto Fernández. “Si quieren me retiro, pero no voy a mentir”, se victimizó Carrió cuando vio la magnitud del daño. A un año de las elecciones presidenciales, esta vez no la perdonaron.

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Salieron casi todos en línea y en simultáneo a responderle. Cada uno a su estilo. “El límite son los agravios”, tiró un balde de agua para apagar el incendio Rodríguez Larreta, tratando de dejar a salvo el vínculo con Lilita. “Basta Carrió”, fue el tuit electrizante de Patricia Bullrich, celebrado por alguno de los que la acompañan en su carrera de candidata. Y Morales prefirió la formalidad del comunicado de la UCR, el partido que preside y en el que se encolumnaron la mayoría de sus correligionarios.

A ninguno de ellos les pasó desapercibido el principal dato político de la andanada Carrió. No hubo ataque y, por lo tanto, no hubo respuesta alguna de Mauricio Macri. Es más. La propia Lilita en sus críticas se preocupó en señalar que ya le había anticipado al ex presidente lo que iba a decir. Va quedando en claro que, en este momento en el que se define quien va ser el candidato presidencial que enfrente al kirchnerismo, Carrió y Macri confluyen en la tormenta de una estrategia común.

A Rodríguez Larreta le perdonó un poco más la vida. Dijo que sabe que el jefe del gobierno porteño es amigo de Massa (como si eso fuera un delito), pero que no hicieron negocios juntos. Así de corrosivo. Tienen diálogos frecuentes, aunque está visto que ese contacto de Horacio no alcanza para evitar que ella apunte contra sus posibilidades de convertirse en candidato presidencial.

La cosa tampoco ha quedado bien con Bullrich. Carrió le disparó a uno de sus dirigentes de mayor confianza (el ex secretario de seguridad, Gerardo Milman), y la presidenta del PRO fue la que contraatacó con la respuesta más dura. “Hay que terminar con eso de tenerle miedo a Carrió”, provocó en las redes sociales.

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El caso de Frigerio es el que quizás generó más asombro en la interna caliente del frente opositor. Lo atacó con cuestiones personales que ni siquiera utilizan sus adversarios del peronismo. “Rogelio tiene 60% de intención de voto y va a ser seguramente el próximo gobernador de Entre Ríos; y justo lo mata Lilita que hace años que solo nos trae conflictos”, se lamenta un dirigente que tiene más cercanía con la fundadora de la Coalición Cívica que con el diputado de apellido y herencia desarrollista.

El bumerán de los archivos

El arma mortal de Lilita es la cercanía a Massa. Con esa vara intenta medir la honestidad o no de los dirigentes con los que integra Juntos por el Cambio. Y se dirige, sobre todo, a Rodríguez Larreta, a Vidal y a los que acompañaron a la ex gobernadora como funcionarios. Carrió no hace mención en cambio al acuerdo que Macri concertó con Massa en 2013, para que uno llevara lista de candidatos solo en la Ciudad y el otro lo hiciera solo en el distrito bonaerense. Aquel “voto útil” del PRO y el Frente Renovador los convirtió a los dos en ganadores de esa elección, y luego en adversarios para la presidencial de 2015.

El comienzo de Macri como presidente lo mostró muy cerca de Massa, tanto que lo llevó como integrante de la oposición al Foro Económico de Davos en Suiza. Pero las maniobras del ahora ministro de Economía en el Congreso contra el gobierno macrista rompieron aquella relación y le ganaron el apodo de “ventajita”, que el ex presidente le colgó y al que hoy sigue echando mano.

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La pureza partidaria o ideológica de los dirigentes argentinos hace tiempo que se ha transformado en una utopía, a la que se acostumbró una sociedad pendiente de urgencias mayores. La misma Carrió, en 2003, fue la artífice política en alianza con el recién asumido Néstor Kirchner, de la victoria del frepasista Aníbal Ibarra en la ciudad de Buenos Aires. Y el derrotado en esa ocasión no fue otro que Mauricio Macri. Los archivos son una trampa cruel que ningún dirigente debe detenerse a observar.

Lo cierto es que hay dos grandes ganadores del terremoto con el que Carrió hizo tambalear la unidad de Juntos por el Cambio. El triunfador interno es Mauricio Macri, quien viene siendo elogiado por Lilita en los últimos meses. Y el otro es, paradójicamente, el propio Massa, a quien la explosión de la interna opositora ante la opinión pública le dio una bocanada de oxígeno frente a las enormes complicaciones en el inicio de su gestión en Economía.

El raquitismo de dólares en el Banco Central y la inflación, que este jueves volverá al primer plano con las cifras impiadosas del Indec para el mes de julio, son los dos desafíos más urgentes de los muchos que tiene Massa en el horizonte inmediato. “Lilita es la única que nos dio una alegría en estos días”, ironizaba uno de los funcionarios que acompaña al ministro peronista en lo que probablemente sea el último intento de recomposición para el gobierno desconcertante de Alberto y de Cristina Kirchner.

Para Juntos por el Cambio, queda ahora la tarea incierta de recrear el clima de unidad indispensable para pelear con posibilidades la presidencia el año próximo. Este viernes le toca al PRO evaluar los daños que las palabras de Carrió le han provocado al ya muy golpeado equilibrio opositor. En un restaurante porteño, como lo hacen mes a mes, estarán si nadie falta Macri, Bullrich, Vidal, Ritondo, más otros dirigentes importantes que no cayeron en la redada de Lilita como Diego Santilli, Fernando de Andreis, Humberto Schiavoni y Federico Pinedo. Nadie duda sobre cuál será el tema principal de las discusiones desde la entrada hasta el postre y el café final.

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A los radicales también los desvela el bombardeo de Carrió. Los dirigentes de la UCR ensayan sus propios movimientos para ir posicionándose en la interna decisiva del año próximo. Morales, Manes y el mendocino Alfredo Cornejo siguen enarbolando sus proyectos presidenciales. El gobernador de Jujuy, enfrentado a Macri, viene conectando más seguido con Rodríguez Larreta. Manes le dedica un hemisferio de su cerebro a escuchar la promesa de lanzamiento del gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y Cornejo acompañó la semana pasada a Patricia Bullrich en una recorrida por La Matanza, tan lejos de los Andes.

Algunos de los dirigentes agredidos por Carrió creen que la expansividad de la bomba de Lilita los beneficia y terminará por unificar la estrategia de la mayoría, pese a estar enfrentados por la mochila de los proyectos personales en el horizonte electoral.

A Juntos por el Cambio lo atraviesa un dilema de compleja solución. Necesita desesperadamente de la unidad interna para llegar a la Casa Rosada. Y tiene tantos candidatos con expectativas que esa diversidad sin liderazgo a la vista es la mayor amenaza para lograr esa unidad imprescindible. La abundancia de los egos, de las que alguna vez habló Macri.

Hablando de egos, en una crónica reciente que el periodista Bernardo Vázquez escribió en Clarín, el ex presidente se muestra dando definiciones ante sus ex compañeros del Colegio Cardenal Newman. La más ilustrativa de todas ellas es cuando, ante la consulta de si volverá a ser candidato presidencial, Macri elude la contundencia con un acertijo para propios y extraños. “A veces tengo ganas, y a veces no”, responde. Es de libre interpretación.

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Macri ha jugado en el pasado con esa indolencia, más frecuente en los intelectuales puros que en los hombres y mujeres de Estado. Ha sido criticado por aquella revelación desafortunada de irse a la cama a ver series de televisión al final del atardecer cuando lo angustiaban las adversidades ocurridas en el poder.

La evaluación de sus cuatro años de gestión, sin embargo, pueden resumirse en ese concepto arrojado al aire ante la cofradía del Cardenal Newman. El Macri gobernante dio la sensación en varias oportunidades de que a veces ejercía su gestión con ganas, y que tantas otras lo hacía sin ese combustible esencial.

Es una lección y una invitación al aprendizaje para los Larretas, las Bullrich, los Manes y los Morales que intenten heredar el mismo espacio que Macri ocupó cuatro años sin poder lograr la reelección. Y una lección para él mismo si cede a la tentación del regreso. La misma que envolvió en una imagen de decadencia final a Juan Perón, a Carlos Menem y en la que, país de egos indómitos, también parece querer enredarse Cristina Kirchner.

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