Opinión

Un breve análisis de Sinceramente, el libro de Cristina Kirchner

Gonzalo Odriozola

Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Editor en Nexofin

La ex presidenta refuerza en su libro a viejas mañas: la victimización, la polarización y la apropiación de los Derechos Humanos: ¿por qué son funcionales a su candidatura presidencial?

domingo 28 de abril de 2019 - 7:16 pm

Nadie es ajeno a lo que hace o deja de hacer Cristina Kirchner. Un tuit de la ex mandataria en esta Argentina marcada desde hace años por la “grieta” desnuda amor y odio en iguales cantidades y es motivo de análisis periodísticos en columnas y programas televisivos en horario central.

Por eso no sorprende que el libro de la “talentosa política”, como la definió Jaime Durán Barba, haya generado tanta controversia en los últimos días. El libro se vende sólo, lo compran o detractores o militantes o simples curiosos que buscan a través de Sinceramente llenar el vacío (bueno o malo según quien lo mire) que dejó después del 10 de diciembre de 2015 uno de los presidentes más mediáticos de los últimos tiempos. Fue una movida de marketing sensacional, impulsada por el quiebre del silencio que mantuvo la ex presidenta durante estos cuatro años, las expectativas sobre el lanzamiento de su candidatura presidencial y las dudas que empezó a generar Mauricio Macri entre los votantes de Cambiemos.

El libro consta de 594 páginas divididas en diez capítulos. Y sí, es autobiográfico a diferencia de lo que describe la ex mandataria en el primer capítulo. Y sí, es “una enumeración de logros personales o políticos”, como también niega la senadora nacional en el mismo párrafo de Sinceramente. Cristina menciona haber sido reelegida con el 54,11% de los votos, “el porcentaje más alto luego de Hipólito Irigoyen y Juan Domingo Perón”; menciona haber refaccionado completamente la quinta de Olivos en “Reconstruyendo todo” o menciona haber sido a quien se le ocurrió montar el Museo del Bicentenario en la Aduana Taylor en 2011. También menciona los éxitos que dejaron con Néstor: “más universidades y facultades, que hubiera más estudiantes, más laboratorios, más vacunas, más comercios, más empresas que dieran trabajo a todos los argentinos”.

A la vez, se vanagloria de su oratoria cuando se atribuye haber sido una Presidenta “que hablaba sin leer, de corrido, con un vocabulario muy amplio, con un hilo conductor de principio a fin y sin equivocarse, era motivo de orgullo para los argentinos y argentinas”.

Cristina refuerza viejas mañas, aquellas que le permitieron convertirse en una política admirada, pero evitar hablar con franqueza.

Al igual que con Clarín, Cristina vuelve a apelar a la victimización. En “Amor y odio”, un pasaje del segundo capítulo, la ex mandataria relata su último discurso como Presidenta. Allí cuenta lo que le dijo a los militantes agrupados en Plaza de Mayo: “Les dije que si después de doce años y medio de nuestro gobierno, con todos los medios de comunicación hegemónicos en contra, con las principales corporaciones económicas y financieras nacionales e internacionales en contra; que si después de doce años y medio de persecuciones y hostigamientos permanentes de lo que yo denominé como ‘partido judicial’, golpes destituyentes, corridas cambiarias, difamaciones y calumnias; que si aún así podíamos estar dándole cuentas al pueblo en la Plaza de lo que habíamos hecho, estaba segura de que el nuevo gobierno, que tenía todo eso a favor y no en contra, iba a poder hacer las cosas mucho mejor que nosotros”. ¿No tenía Cristina suficientes medios estatales a favor para defenderse? ¿No tuvo algo de responsabilidad en que las corporaciones económicas se pusieran en su contra durante su mandato: Afip, cepo, cese de importaciones, presión fiscal, inflación e Indec manipulados? ¿Cuántas causas judiciales se abrieron en su contra durante su Presidencia? ¿No vendrían después con el nuevo Gobierno?

En otro tramo del libro, Cristina revela que el 10 de diciembre de 2015 dejó de sentir, por primera vez, “dolor de estómago”, que “no era dolor de estómago, sino una sensación como cuando se dice ‘siento una cosa en el estómago’ que no alcanza a ser dolor y que en algún momento se parece a la angustia”. Cuenta Cristina que “era muy brutal levantarse todos los días pensando qué cosas iban a hacer contra nuestro gobierno o a inventar sobre mí, con que nos iban a agredir”.

El libro es una comparación constante con Mauricio Macri. Cristina se ríe de Macri como cuando dice que no sabe “persignarse” o como cuando relata aquel episodio en el que el Presidente fue a visitarla a la quinta de Olivos el 9 de diciembre para hacer el pasaje del bastón presidencial y que Macri “no sabía la Constitución”. Cristina se diferencia de Macri y no asume ninguna responsabilidad. Cristina es el “orden” y Macri el “caos”. Así lo dice en uno de los pasajes…

“Si alguien me pidiera que definiera a Mauricio Macri en una sola palabra, la única que se me ocurre es caos. Sí… Macri es el caos y por eso creo firmemente que hay que volver a ordenar la Argentina”, sostiene Cristina, en tono de campaña, y después agrega: “Esto exige a cada uno de los argentinos y las argentinas, cualquiera sea su lugar en la sociedad, una primera decisión casi actitudinal que permita encarar los problemas que el gobierno de Macri nos está dejando y que no existían en 2015”.

“Sinceramente”, en librerías de Buenos Aires

“La política es emoción” definió muy bien el asesor de Mauricio Macri, Jaime Durán Barba, y la expresividad que le falta a Macri le sobra a Cristina, que maneja ese sentimiento como muy poca gente lo ha hecho en la política argentina. El libro también da cuenta de esta habilidad: apela a la emoción de los 119 nietos recuperados (hasta el final de su mandato), a las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, a los trabajadores, a lo “inseparables” que eran con Néstor, con la familia y sus años mozos en Río Gallegos y sus vacaciones en Cariló y Pinamar. A través de esto, Cristina logra como nadie mimetizarse con el interlocutor, algo que no podría lograr Macri aunque pusiera todo su esfuerzo.

Lo hizo, cuando se refirió al pasaje del bastón presidencial al que denominó como un “acto de rendición”.

“Es más, ya había imaginado cómo hacerlo: me sacaba la banda y, junto al bastón, los depositaba suavemente sobre el estrado de la presidencia de la Asamblea, lo saludaba y me retiraba”. Según Cristina, “todo Cambiemos quería esa foto mía entregándole el mando a Macri porque no era cualquier otro presidente. Era Cristina, era la ‘yegua’, la soberbia, la autoritaria, la populista en un acto de rendición”. Díganme si no es un actitud que todo militante kirchnerista no dejaría de apreciar. Entregarle el mando a Mauricio Macri, su antítesis, la marca del neoliberalismo. No pareciera una escenario posible.

5 de septiembre de 2017: Cristina Kirchner acusa a Gendarmería de la desaparición de Santiago Maldonado – Estadio Atenas

Sinceramente es el libro político que más expectativas generó en 2019. Es una jugada brillante de Cristina Kirchner que, desde el letargo y mientras todos especulan y ella permanece en silencio, busca afianzar el voto del núcleo duro del kirchnerismo y recuperar los votos extraviados de quienes perdieron su confianza en 2015. La victimización, la emotividad y la polarización (ejes centrales de su ethos político) son recursos útiles que hoy, con una imagen cada vez más negativa de Macri, son funcionales a su candidatura presidencial. Recordar a Néstor y la batalla que libró por la patria “con los medios en contra” recrudecen en estos tiempos donde parece no haber dicha patria, en donde los índices de pobreza, inflación y dólar, altísimos, obnubilan a los ciudadanos y les recuerda que con “Cristina vivían mejor”, pese a todos los problemas económicos y de corrupción que dejó de fondo.

Sabe, Cristina, que en este marco son o ella o Macri. La “ancha avenida del medio” que representó y ahora representan Massa y Lavagna hoy no parecen funcionar. Entonces, lo que más le conviene hoy a Cristina es polarizar en esta Argentina marcada por el ritmo de la economía, con el “neoliberal que prometió lluvia de inversiones” y al que los números no acompañan.

Sinceramente no es un libro más ni “una porquería”, como apuntó Marcelo Longobardi. Es cierto, la falta de mea culpa, el no haber dedicado ni un capítulo a la Tragedia de Once, a las inundaciones en La Plata, a los “Cuadernos de la corrupción”, por el que ex funcionarios y empresarios desfilan casi todos los días en Comodoro Py, hacen creer que esto sea así, aunque estratégicamente no lo es.

Hay un público que sigue dispuesto a volver a confiar en Cristina: en las encuestas, su imagen sigue subiendo y la imagen vertida en su libro, aquella que le permitió ganar en 2007 y 2011, genera que pese a todo lo ocurrido, las masas que la votaron sigan cantando: “¡Vamos a volver!, “¡Vamos a volver”. El turno ahora es de Macri. Queda en él ver si es capaz de reflotar su imagen o si, pese a la “pesada herencia”, los votantes deciden volver atrás.

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