Opinión

La alegría, la tragedia y el libro de Cristina

Miguel Wiñazki

Periodista y escritor

CFK representa un liderazgo carismático. Brota desde su guionada soledad

sábado 27 de abril de 2019 - 11:13 am

La felicidad que produce la crisis es palpable. Hay un entusiasmo flagrante, abierto y manifiesto en sectores encantados con la década K porque la inflación no cede y porque la malaria crece. La alegría de los que sueñan con volver se potenció con la oportuna aparición de “Sinceramente”, el libro de Cristina Fernández, una reivindicación del imperio tranquilizador de la teoría conspirativa, esa llave que abre las compuertas de todas las paranoias y del narcisismo político tan conocido.

En el libro, la autora se refiere a sí misma y a sus recordadas cadenas nacionales como la evidencia de que el país era gobernado por “una presidenta que hablaba sin leer, de corrido, con un vocabulario muy amplio, con un hilo conductor de principio a fin y sin equivocarse, que era motivo de orgullo para los argentinos y las argentinas. ‘Qué sé yo’-dice-… En el exterior llamaba la atención y eran motivo de admiración”.

Ese ‘Qué sé yo’, insertado como una pausa en el auto elogio, es la impronta de ese coloquialismo que simula modestia y cercanía y completa el cuadro psíquico de la arrogancia humilde, un oxímoron habitual en la ajetreada historia del poder latinoamericano. Escribió Alejo Carpentier en “El Recurso del Método”:

“…Librado del adversario, regresó el Primer Magistrado a la capital, para recibir, entre arcos de triunfo … banderolas y guirnaldas de papel, los títulos de “Pacificador”, y “Benemérito de la Patria”, otorgados por las Fuerzas Vivas de la Industria y del Comercio, el Obispo Metropolitano en su púlpito…y la prensa, en sus páginas. En un discurso de muy elevados conceptos afirmó el Presidente, modesto, que no merecía los elogios que tan generosamente le prodigaban sus compatriotas…”

En su libro Cristina revela algo que le dijo al papa Francisco en Roma, refiriéndose justamente a la relación entre Néstor Kirchner y el entonces cardenal Jorge Bergoglio: “En el fondo, creo que la Argentina era un lugar demasiado chico para ustedes dos juntos”.

Sin palabras.

Cristina exalta un gesto de Vladimir Putin. Cuenta que el autócrata le regaló en Moscú “¡Una carta original de San Martín a O´Higgins!” La epístola habría recorrido un extraño derrotero histórico y geográfico, y los rusos, según Cristina, la habían comprado en Nueva York, para luego entregárselo obsequiosamente a ella, allí en Moscú. Y ella se saca el sombrero agradecida. Concluye: “¡Mamita! ¡Putin chapeau!” Ese “Mamita” es del habla popular. El lenguaje canchero borra para su feligresía el bochorno de la corrupción.

La política es el juego de las identidades escénicas, es el ámbito del histrionismo, de la teatralización, de la representación activa de lo que se quiere exhibir.

Cristina Fernández sabe convocar desde sus tragedias. Las exequias populares de su difunto esposo, la muerte de su madre y el viaje a Cuba a ver a su hija Florencia en simultáneo son ejemplos del manejo maestro de una intensidad emocional que ella comunica con naturalidad y con eficiencia.

No se entiende la psicología de Cristina ni tampoco la persistente adhesión a su figura, sin aludir a su otro rostro en el poder: El.

Murió Néstor Kirchner. Y Cristina se quedó sola. Pero siguen juntos. Uno a cada lado del muro de la parca.

Ella ya no viste de negro, pero en el texto administra muy bien el clima de resurrección. Néstor no se murió.

Él, el muerto, es omnipresente en el best seller de Cristina, este volumen no literario y de campaña que será la estrella de la Feria del Libro politizada.

Es la semiótica de la necropolítica, que se despliega en la evocación épica de su marido beatificado en el recuerdo.

Ella representa un liderazgo carismático, auroleado por las tragedias y las injusticias que dice sufrir, por Florencia enferma, por Máximo perseguido.

Cristina hacer brotar carisma desde su guionada soledad espectacular.

La Argentina se apronta para ese Superclásico; la gran final entre la seducción carismática de Cristina Fernández y el anticarisma por el que transita con tanta naturalidad Mauricio Macri.

“Sinceramente” es un tesoro textual que permite ahondar en la mentalidad de Cristina Fernández pero también en la psiquis colectiva de millones que sintonizan la vida como ella. De hecho, puede volver. Su libro es un retorno a las palabras después de muchos silencios.

Y sus palabras siguen convocando la atención masiva.

Cristina considera en el libro que fue estigmatizada como “La Yegua”.

“Para ellos soy la yegua”. Ellos son todos las que no la quieren. Es un anacronismo.

“La Yegua” fue el epíteto rudimentario y resentido con que los antiperonistas primarios insultaban a Eva Perón.

Eva es un mito, aquellas descalificaciones sexistas la agigantaron.

Pero Eva ya fue, y Cristina hundió sinceramente sus manos en la corrupción.

No es Eva, aunque quisiera.

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