Opinión

Inflación, un mal endémico, histórico y estructural del país

Sergio Berensztein

Politólogo. Presidente, IPS LATAM, Tar Heel

Realizar un plan de estabilización suele ser muy doloroso y con beneficios a largo plazo, lo que desalienta a los políticos

viernes 26 de abril de 2019 - 11:29 am

Columna publicada originalmente en La Nación

La Argentina es uno de los pocos países del mundo que todavía tienen alta inflación . Peor aún: se trata de un fenómeno endémico, histórico y estructural. Esta dilatada experiencia, no obstante, no ha resultado hasta ahora muy aleccionadora. Se trata de un problema multicausal complejo, y la sociedad no termina de comprender sus mecanismos más elementales. Según un sondeo realizado por D’Alessio-Berensztein, apenas el 2 por ciento de la población considera que la responsabilidad recae sobre la autoridad monetaria, el Banco Central, mientras que la mitad de quienes respondieron consideran que la culpa es de empresarios y comerciantes, que remarcan precios. Confundimos causas y consecuencias. Tampoco se comprende la relación entre inflación y economía cerrada, que impide que el mercado ejerza su papel disciplinador. Esto explica por qué el programa de medidas anunciado por el Gobierno recientemente fuera recibido con alivio por la sociedad: dos tercios están de acuerdo, incluyendo la mitad del electorado K.

A pesar de los episodios de hiperinflación y de la absoluta falta de confianza de los argentinos en nuestra moneda, resulta sumamente difícil implementar planes de estabilización consistentes sobre todo por las consecuencias recesivas de corto plazo. Esto genera malestar entre los agentes económicos, impacta en la imagen de los gobernantes y, en contextos preelectorales , puede impactar negativamente, como ocurre en la actualidad, en el ánimo de los votantes. Es cierto que una vez que se controla la inflación la sociedad valora la tranquilidad de vivir en un entorno previsible y experimenta una paulatina recuperación de sus ingresos. Pero el proceso de implementación suele ser muy doloroso: los costos se pagan en el corto plazo, mientras que los beneficios recién se podrán advertir en un horizonte temporal remoto. Esto desalienta a los políticos a ir a fondo en su compromiso por vencer el flagelo de la inflación.

Hasta la década del 80, incluso hasta mediados de los 90, existían dudas sobre cuáles eran las estrategias más adecuadas para lograr la ansiada estabilidad. En la actualidad, en cambio, gracias a la experiencia exitosa de la gran mayoría de los países, la gran pregunta es no tanto qué es lo que se debe hacer para combatirla, sino qué gobierno va a mostrar la capacidad, el liderazgo y la autoridad para pagar el costo político de llevarlo a cabo. El camino requiere de una gran inversión de recursos políticos y de mucha voluntad. Cuando promediaba el gobierno de Alfonsín, Marcelo Cavarozzi definía la inflación como el fracaso de la política. Ese concepto, treinta años después, resurge potenciado: entonces existían dudas sobre cómo controlarla; hoy, no. El diseño y la implementación de planes de estabilización integrales y consistentes han sido largamente estudiados tanto por economistas como por politólogos. Solo se trata de adaptar el conocimiento existente a la siempre compleja realidad argentina.

Uno de los desafíos más importantes es que existan liderazgo firme y capital político para respaldar el plan de estabilización a pesar de las reacciones contrarias que puedan surgir. Para eso es fundamental ampliar las coaliciones de apoyo, sumando a sectores políticos y sociales que no formaron parte de la coalición electoral original. La política de los planes de estabilización es tan importante como su consistencia técnica y la habilidad del equipo económico para llevarlos adelante.

Otro aspecto medular consiste en contar con el financiamiento suficiente para compensar la potencial caída en la recaudación que el mismo éxito inicial del plan antiinflacionario puede generar. La inflación es un impuesto, y cuando baja su recaudación puede afectar las arcas públicas. Si existen mecanismos de indexación automáticos del gasto, como ocurre desde hace tiempo en la Argentina por ejemplo con las jubilaciones, una caída de la inflación puede generar serios problemas fiscales. Que, en sí mismos, en contextos de restricción en el acceso a los mercados voluntarios, pueden derivar en una reacción especulativa que impacte en el tipo de cambio y, por consiguiente, en el nivel de precios. Es decir, aunque parezca paradójico, por querer bajar la inflación puede generarse el efecto contrario.

Muchos políticos prefieren que la inflación haga el “trabajo sucio” de ajustar en términos reales el gasto público que no está indexado. Lo que no se animan a hacer de manera formal y abierta lo hace la inflación de manera informal y encubierta. Esto es percibido como políticamente menos costoso, al menos en el corto plazo, aunque eventualmente las consecuencias deletéreas no puedan evitarse.

¿Por qué generar inflación es tan tentador para quienes ocupan el poder en la Argentina? Porque es una manera de financiar el gasto público sin someterse a los controles del Congreso ni hacer frente a los costos políticos y administrativos de imponer ajustes formales y recaudar impuestos. La mayoría de las sociedades se han vuelto refractarias a la inflación y premian a los líderes que prometen crecimiento con estabilidad. Entre nuestros vecinos encontramos casos muy interesantes de países que luego de vivir escenarios de inflación muy alta lograron controlarla y evitaron luego volver a las andadas. Bolivia, Brasil, Chile y Perú son ejemplos concretos. Evo Morales, que visitará la Argentina esta semana, podría definirse como el primer ejemplo en la historia de “líder populista fiscalmente responsable”.

Sería interesante que comparta los logros de gestión con Cristina , que está tratando de reinventarse como candidata. Beneficiaria de la estrategia de polarización que impulsa el Gobierno, necesita construir una nueva identidad para superar el bajo techo que aún registra, para convertirse en una amenaza creíble de cara a una eventual segunda vuelta.

El giro pragmático en el esfuerzo de moderación que tan disciplinadamente intenta Cristina se complementa con la publicación de un libro en el que despliega una revisión edulcorada de su trayectoria, con escasísimas reflexiones autocríticas, pero pletórico de señales orientadas a reforzar la doctrina equina que ella misma adelantó el año pasado desde su banca en el Senado: las yeguas también son herbívoras, en obvia referencia al último Perón. Si hubiera dicho veganas, habría podido reconectarse mejor con los votantes más jóvenes. Pero apeló a un metáfora campestre, en una demostración de aprendizaje que, a falta de formación, llegó con los años: si regresa a la presidencia, su desconocimiento sobre el mundo agropecuario no debería llevarla a estrellarse contra los “piquetes de la abundancia”, como ocurrió en 2008.

En su libro, la expresidenta critica a su sucesor por no haber disciplinado a los productores con retenciones escalonadas y móviles. Nadie le puede pedir ponderación a un candidato en plena campaña, pero su definición es injusta: a Macri no le alcanzan las palabras para disculparse con el campo por haber incumplido su palabra y haber aumentado los derechos de exportación como consecuencia de la crisis económica . Los productores toleraron esa traición: la gran mayoría votó por (y en muchos casos fiscalizó las elecciones para) Cambiemos. ¿Reaccionarán tan mansamente si quien intenta apropiarse de su “renta extraordinaria” es de nuevo Cristina? Será apasionante analizar el lugar que el debate sobre la “ruralidad” tendrá en esta campaña presidencial, incluido lo que hagan aquellos que buscan romper con la grieta para seducir a estos votantes. Aproximadamente un tercio de la Argentina vive en ciudades de menos de 50.000 habitantes. Una campaña diseñada pensando en esa geografía podría definir esta elección.

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