Opinión

El populismo facilita la corrupción

Andrés Oppenheimer

Periodista, escritor y conferencista. Trabaja en la cadena de noticias CNN y su columna se replica en distintos medios de todo el mundo. Vive en Miami

miércoles 24 de abril de 2019 - 12:55 pm

Columna publicada originalmente en La Nación

¡Qué ironía! La trágica muerte del expresidente peruano Alan García cuando estaba a punto de ser arrestado por el escándalo de sobornos de Odebrecht es usada por presidentes de la vieja izquierda para afirmar que la corrupción es un subproducto de las economías “neoliberales”. De hecho, es exactamente lo contrario. Lo cierto es que el escándalo de corrupción de Odebrecht nació, prosperó y se extendió a una docena de países durante los gobiernos populistas de izquierda de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) y Dilma Rousseff (2011-2016).

Horas después de la muerte de García, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, tuiteó que lamentaba el suicidio de García “y todo alrededor del caso Odebrecht. La corrupción es la nueva peste del mundo. El neoliberalismo unió los negocios privados a los públicos. Urge separar el poder económico del político”. ¿En serio? La gigante firma de construcción brasileña pagó alrededor de $800 millones en sobornos en varios países para obtener contratos gubernamentales entre 2001 y 2016, según la investigación del Departamento de Justicia de EE.UU.

Esa fue la época de oro de los gobiernos populistas de izquierda en América Latina. Y la mayoría de los sobornos de Odebrecht fueron a gobiernos de esa tendencia. Vean las cifras del Departamento de Justicia, basadas en las confesiones de los principales ejecutivos de Odebrecht:

Mientras que Odebrecht pagó $29 millones en Perú durante los gobiernos de centroderecha en ese país, la firma brasileña pagó $349 millones en sobornos en Brasil durante los gobiernos de Da Silva y Rousseff.

Odebrecht pagó $98 millones en sobornos en Venezuela entre 2006 y 2015, durante el régimen de Chávez Maduro. Eso es más de tres veces lo que la empresa constructora pagó en sobornos en Perú.

Odebrecht pagó $35 millones en sobornos en la Argentina entre el 2007 y el 2014, durante el gobierno de Cristina Fernández.

Odebrecht pagó $33,5 millones en sobornos a Ecuador entre 2007 y 2016, durante el gobierno del presidente Rafael Correa.

En comparación, la constructora brasileña pagó $11 millones en sobornos en Colombia y $10,5 millones en México, cuando los dos países fueron gobernados por presidentes defensores del libre mercado. “¿Qué tiene que ver Odebrecht con el neoliberalismo?”, preguntó Francisco J. Monaldi, profesor de la Universidad Rice, refiriéndose al tuit de López Obrador. “Ese monstruo de corrupción tuvo su desarrollo durante el mandato de Lula y el PT en Brasil, y su segunda mayor expresión en la Venezuela de Chávez”.

Parte de la razón de que los medios estén hablando tanto del caso Odebrecht en Perú y tan poco del este escándalo en otros países que recibieron muchos más sobornos es que los fiscales peruanos han lanzado una drástica ofensiva contra la corrupción. Están investigando a los expresidentes Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y al ahora fallecido García, además de los líderes de la oposición cuyos nombres aparecieron en la investigación. En comparación, los tribunales controlados por el gobierno en Venezuela ni siquiera están investigando a Maduro, que según la exfiscal general exiliada Luisa Ortega recibió $35 millones en sobornos de Odebrecht.

Otro efecto secundario peligroso del escándalo de Odebrecht es que podría producir una reacción populista en Perú. Con tantos expresidentes y líderes opositores, como la excandidata presidencial Keiko Fujimori, bajo investigación, Perú podría convertirse en un territorio fértil para un líder populista que, como Chávez en 1998, prometa terminar con la corrupción. La perversa ironía del caso de Odebrecht es que las democracias de libre mercado como Perú que están investigando a fondo la corrupción pagan un alto costo en materia de reputación, mientras que dictaduras corruptas como la de Venezuela logran pasar inadvertidas.

La lección del escándalo de Odebrecht debería ser exactamente la opuesta a lo que escribió López Obrador en su desafortunado tuit. La moraleja debería ser que la corrupción prospera bajo los líderes populistas autoritarios que erosionan las instituciones democráticas y eliminan los controles necesarios para combatir este flagelo.

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