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Notas de Opinión

Para aprender a decidir

 

Columna publicada originalmente en Infobae

BARCELONA, España — Van y vienen, se van, no se vienen, no se van. Los británicos no consiguen decidirse, no saben qué quieren y qué va a ser de ellos. Europa tiembla, Inglaterra ruge y rechina los dientes, también tiembla; millones decidieron algo y ahora querrían decidir otra cosa. Su gobierno no sabe cómo hacer lo que les propuso que quisieran, ellos vacilan y se preguntan si deben respetar su propia decisión. O si realmente han decidido eso. La zozobra del brexit ha vuelto a poner en el tapete la cuestión de quién decide, cómo, qué. O, dicho de otro modo: para qué sirven, qué valor tienen las consultas populares.

(Estoy a punto de confesar algo inconfesable: todavía me cuesta decirles referéndums. Cinco años de latín adolescente no se deshacen fácil: me enseñaron que el plural de un neutro terminado en —um es —a, y que, por lo tanto, el de referendum es referenda. Pero también sé que la inmensa mayoría de los hispanoparlantes dirá referéndums, que no tienen por qué conocer ni reconocer ese plural latino y que, aunque se equivoquen, de algún modo tienen razón, porque son más y el idioma termina por adaptarse a ellos. ¿Entonces, qué decir? ¿Debo aceptar un error mayoritario? Ese es el tema de los referéndums. O, incluso, de los referenda).

Un referéndum debería ser el momento supremo de la democracia: cuando aquellos que siempre delegan su poder de decisión lo retoman y ejercen. Como tal, debería ser reivindicado por los verdaderos demócratas. Y, sin embargo, últimamente desconfían: las decisiones que han tomado los referéndums recientes juegan en contra. El plebiscito por la paz en Colombia —que ganó la guerra— o el citado del brexit les provocaron molestia y desconfianza. Para explicarlo quedan dos opciones: o el mecanismo no sirve o los pueblos son más reaccionarios que lo que imaginamos.

Pocos demócratas se atreven a vocear la vieja máxima que pretende que el pueblo —casi— siempre se equivoca, así que se refugian en los problemas técnicos. El primero es la manipulación informativa: lo que ahora llaman feic nius, el ejemplo de Cambridge Analytica y de cómo se manejan conciencias mediante propaganda dirigida y esas cosas —pero lo mismo se puede hacer en cualquier votación—.

Entonces critican sobre todo que los plebiscitos plantean las cuestiones en términos binarios, blanco o negro, hipersimplificadas. Suele ser cierto; el problema es la continuación del argumento: que la gente no puede entender esas cuestiones complejas y que, por lo tanto, los que deben decidirlas son los que pueden analizar todos sus matices —que vienen a ser esos técnicos especializados que llamamos políticos—. Lo cual sirve para seguir concentrando las decisiones en manos de unos pocos, defender la idea de la política como un saber específico, privilegio de los enterados.

El gran invento de la modernidad fue postular que el gobierno no debía seguir monopolizado por reyes y marqueses y favoritos varios sino que concernía a todos los ciudadanos. Es lo que podríamos llamar la utopía democrática, central en nuestra idea del mundo. Dos siglos después, no hay sociedad que esté contenta con su sistema de gobierno. Si algo define a estos tiempos es la ola de insatisfacción hacia esos sistemas y sus representantes visibles, los políticos. Millones en cada país los desprecian, se niegan a votarlos, buscan figuras nuevas, se decepcionan pronto. Sucede en todas partes y, sin embargo, nos empeñamos en pensar que en cada caso es un problema particular, de hombres y mujeres que no están a la altura, de partidos que necesitan renovarse, de cositas. No queremos suponer que lo que falla es el sistema.

Y entonces nos gobernamos —nos dejamos gobernar— por esos mecanismos creados hace más de dos siglos, levemente mejorados. Ningún otro aspecto de nuestras vidas —salvo quizá la religión— cambió tan poco desde fines de 1800. Sin embargo, no parece que la búsqueda de formas nuevas esté a la orden del día.

Nos da miedo, supongo: hasta ahora, las alternativas a la democracia fueron tan nocivas que nos refugiamos en ese cliché de que es “el mejor de los sistemas posibles” y nos dimos por vencidos. Uno de los principios fundadores de la democracia es que toda sociedad debe tratar de ser mejor; en nombre de la democracia, lo hemos abandonado.

Si conseguimos retomar esa búsqueda, el referéndum —en alguna de sus formas— debería ser uno de sus ejes. La idea de delegación —”el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”— era inevitable en tiempos en que las personas no tenían modo de comunicar su voluntad: si el presidente de Francia, digamos en 1876, debía consultar sobre un nuevo impuesto o la educación laica o la expulsión de extranjeros a los vecinos de Rennes, Toulouse, Niza y Pétaouchnok-sur-Oise, la decisión podía demorar años. Por eso, supuestamente, aquellos ciudadanos enviaban sus representantes a la asamblea de París. Ahora esa voluntad se puede manifestar en un momento: la delegación ya no tiene excusa técnica.

Pero sigue sirviendo a la vieja causa de la concentración del poder en manos de unos pocos. Es cierto que el reparto del poder de decidir tiene problemas. El principal: que, para confiar en la decisión mayoritaria, realmente democrática, se necesitan ciudadanos mucho mejor instruidos, mucho más enterados y más interesados que los actuales. Los beneficiarios de su distracción —nuestros gobernantes— los prefieren más bobos, y hacen lo posible. Por ahora les va bien.

Nos toca elegir: si vamos a seguir quejándonos de nuestros políticos o vamos a crear las formas de gobierno que, al acabar con la delegación, los hagan de algún modo innecesarios. No es algo que vaya a decidirse en unos años; es, quizá, la decisión más importante de las próximas décadas. Y sospecho que será de las que te hacen preguntarte cómo, antes, podían vivir sin eso. Como cuando se piensa, un suponer, que hace menos de un siglo las mujeres no votaban, o había reyes.

* Copyright: 2019 The New York Times News Service

Entrevistas Nexofin

Entrevista a Darío Lopreite: historias en Olavarría, el valor de la lectura y la realidad de la Argentina

En diálogo con Nexofin, el periodista de Todo Noticias y Telenoche en Canal 13 recuerda su infancia en la localidad de Loma Negra, detalla sus primeras experiencias en los medios de comunicación y analiza la actualidad del país

Darío Lopreite siempre quedó fascinado con el mundo de la comunicación; de chico en su Loma Negra natal escuchaba mucha radio. Un aporte fundamental para que siguiera su profesión fue gracias a su familia.

Por ejemplo, su padre trabajó en la fábrica que pertenecía a Amalia Fortabat en Olavarría y su abuelo en quinto año de secundaria le traía todos los domingos dos diarios (Clarín y La Nación); comenzó a leer de todo.

Después de recibirse en la localidad bonaerense, el protagonista llegó a la Ciudad Buenos Aires para estudiar periodismo en el Instituto Grafotécnico. En los 90 dio sus primeros pasos.

A lo largo de su carrera se destacó en varios lugares, entre ellos, Radio Bs As (campaña de Vélez Sarsfield), Sólo Futbol, Radio Colonia, Del Plata y FM Blue.

Supo trabajar con nombres importantes como Santo Biasatti, Nelson Castro, Fernando Bravo, Alfredo Leuco y José Ricardo ‘Pepe’ Eliaschev.

Otro punto a destacar fueron sus corresponsalías para radios del interior desde el Congreso Nacional.

“Si al primer mes no te pagaban no salías más. Tenía mucho contacto con los diputados y senadores”, comentó Lopreite a NEXOFIN.

En el año 2000 le llego la oportunidad en la televisión: se incorporó a TN y Canal 13. Al detallar su mayor desafío en las señales ubicadas en el barrio porteño de Constitución, el protagonista explica: “Se trata de contar historias; siempre hay que buscarla”.

Hoy se lo puede ver cubriendo las calles en las tardes de TN y en las noches de Telenoche. También conduce los fines de semana en la señal de cable propiedad del Grupo Clarín.

En diálogo con Nexofin, el periodista recuerda su infancia en la localidad de Loma Negra, detalla sus primeras experiencias en los medios de comunicación y analiza la actualidad del país.

Nexofin (N): Sos oriundo de Loma Negra, Olavarría, ¿cómo fue tu infancia el Interior?

Darío Lopreite (DL): Fue hermosa; estuve hasta los 19/20 años en Loma Negra. Donde está la famosa fábrica.

Una adolescencia bárbara, mucho deporte, amigos y el club. Tengo recuerdos hermosos.

N: De no haber sido la comunicación, ¿qué otro camino hubieras seguido?

Me gusta el fútbol; todavía juego. No sé, profesor de Educación Física por ahí. Hice Perito Mercantil en la secundaria; por ahí encaraba algo administrativo.

Me gustaba escuchar la radio de chico. Cuando estaba en quinto año de secundaria, mi abuelo me traía dos diarios todos los domingos (Clarín y La Nación). Empecé a leer de todo (cosa que es muy importante; leer para los estudiantes de periodismo).

Tuve la suerte que mis viejos me pudieron pagar la carrera y también venirse a vivir a Buenos Aires (para los chicos del Interior es bastante común ir a estudiar a La Plata o Buenos Aires).

N: Tu papá trabajó en una fábrica de la localidad hasta finales de los 80, ¿quedó alguna anécdota con Amalita Fortabat?

Sí; ella iba mucho los fines de semana al campo (le decíamos ‘La estancia’) que tenía en Olavarría. Mi papá para tener un sueldo más iba a trabajar de mozo.

Era una persona muy querida (no solo ayudaba a los empleados de Loma Negra sino a Olavarría).

Cuando tenía 12 hubo una gran inundación donde el centro de la ciudad quedó bajo el agua; Amalita les pidió a sus obreros que fueran a ayudar con los volquetes y camiones de la fábrica.

Después, cuando bajo el agua, les regaló a los obreros y empleados los muebles.

N: En época de pandemia, ¿qué extrañas de allá?

Ver a mis viejos y a mi hermano que viven allá; recién pude ir en noviembre del año pasado. Había ido en febrero, antes que empezara todo. Mis viejos no usan celular y no podía hacer videollamada.

Cuando mi hermano iba podíamos hacerlo y los veía. Tampoco podían viajar porque son grandes y tenían miedo de contagio.

N: Hiciste corresponsalías para radios del interior desde el Congreso Nacional, ¿una historia del detrás de escena que te haya quedado?

Hice ese trabajo mucho cuando estaba estudiando; me enteré que había periodistas que hacían salidas para radios del Interior.

Un día me metí y me sacaron corriendo; después, volví y empecé a llamar hasta que alguna te dijeran que sí. Si al primer mes no te pagaban no salías más. Tenía mucho contacto con los diputados y senadores.

Me acuerdo mucho de Alfredo Bravo, Chacho Álvarez… hoy me aburre un poco la cobertura periodística parlamentaria; salvo que sea una ley muy importante.

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N: Santo Biasatti te dio la primera gran posibilidad en radio; para quiénes no lo saben, ¿cómo fue esa historia?

Siempre digo que hay ser atrevido; este mundo es bastante chico. Iba a empezar tercer año de la carrera (vivía en Once con dos amigos). Leía los diarios que traía mi abuelo y vi que Santo empezaba en Radio Colonia.

Fui y me presente en el estudio; lo veo parado (estaba con el brazo enyesado) y le digo que yo era estudiante de periodismo y quería colaborar en su programa.

Con esa cara que tiene me dijo ‘Bueno, venga cuando quiera’ y se fue. Al otro día fui y a los diez días ya me retaba (estaban sus dos hijos, dos productores y yo).

Aprendí mucho; después nos llevó a Radio del Plata (estuve siete/ocho años). Luego, surgió la oportunidad de TN; me gustaba mucho la imagen del canal.

Tenía la posibilidad de otros canales; en esa locura esperé que llamara el que a mí me gustaba (cosa que no lo recomiendo porque por ahí nunca pasa).

N: Luego de 20 años en El Trece y TN, ¿cuál es tu mayor desafío a la hora de salir al aire?

Se trata de contar historias; siempre hay que buscarla (no todas las cosas nos interesan).

Ese es el desafío: contar bien o buscar cosas diferentes que los demás colegas que estamos ahí no lo digan. Alguna palabra o detalle que pasó; pueden ser muchas cosas.

Con el tiempo se adquiere el oficio. No tiene que servir para que uno se achanche y lo cuente de memoria. A mí me gusta buscar algo diferente cuando se puede.

N: ¿Cómo te organizas con la rutina?

Trabajar en noticiero significa que estás dentro de una estructura; puede implicar que un rato me llamen para ir algún lugar dependiendo donde surja la noticia.

Eso lo hace lindo y divertido; a veces las que tocan no son las que yo quiero. Todos los periodistas en el canal tenemos un horario.

Yo trabajo a la tarde para lo que sería TN o Telenoche. Cuando hago conducción lo hago a la noche o los domingos a la tarde. En general, te podes organizar. Siempre supeditado a que te llamen.

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N: ¿Con qué frase definirías al periodismo?

Jaja hay una que yo digo en joda que es ‘Es esto o trabajar’. El periodismo es una profesión hermosa que nos permite ser testigos de la historia.

Viví cosas…. Tuve que anunciar la muerte de Maradona, el 2001, la caída del gobierno de Fernando de la Rúa… todo desde el lugar de los hechos. Eso hace muy atractiva la profesión.

N: Pasando a la actualidad, ¿qué tema consideras que faltó en la campaña durante las PASO?

Faltaron ideas, proyectos, cómo van a hacer para tratar la inflación, la pobreza… crecen a la par. No veo o escucho que haya propuestas claras. Hay otra cosa ligada: que la gente se eduque.

No solo con la pandemia que muchos chicos dejaron la escuela… sino antes: hay gente que no termina la primaria, secundaria… es una locura.

La educación es la base de todo; mirá el caso de Toyota (no podían tomar gente que no había terminado el secundario).

N: Vamos con un pequeño ping pong, ¿conducir o hacer móviles en la calle?

Las dos cosas.

N: ¿Algún blooper que recuerdes con gracia estando al aire?

Alguno hay andando vueltas; hace poco lo puse en Instagram. Fue en la redacción de TN; hacíamos unas columnas a la mañana (un rato antes nos daban las noticias) y las grabábamos. Creo que empecé y me equivoqué y le dije al camarógrafo ‘Para, para’.

Volvimos a empezar. Todavía usábamos discos; lo llevaron rápido al control y lo pusieron… no vieron que había empezado de vuelta. Me lo mandaron hace poco.

N: ¿Club de fútbol?

Boca Juniors.

N: ¿El gol que más gritaste?

Cuando le ganamos al Real Madrid.

N: Para cerrar en un concepto, ¿Darío Lopreite es…?

Un tipo que trata de vivir la vida, disfrutarla… en todo sentido. En la profesión y en la vida familiar.

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Notas de Opinión

¿Y dónde está Máximo Kirchner?

Columna de Julio Villalonga en Gaceta Mercantil

Por Julio Villalonga en Gaceta Mercantil

En todos los balances sobre la crisis política que atraviesa el Frente de Todos se nota la ausencia de uno sobre el rol jugado hasta aquí por el jefe del bloque oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner.

El jefe de “La Cámpora” tuvo una actividad muy destacada en el armado de listas y en la campaña en territorio bonaerense, que sin mucha originalidad se ha dado en llamar “la madre de todas las batallas” para el “cristinismo”. El despliegue de presiones y “premios” sobre los intendentes del Conurbano no logró evitar la debacle electoral de las PASO en la Provincia, lo que desde el riñón del ala dura del kirchnerismo es señalado, naturalmente, como una defección de los jefes comunales. Aunque el neocamporismo logró “permear” muchos concejos deliberantes, el resultado del comicio-encuesta está muy, muy lejos de lo que esperaban.

Máximo K. maneja un importante aparato de poder: además de su rol en la Cámara baja, en combinación con otro pragmático, Sergio Massa, está en el día a día de la administración del vínculo con todos los funcionarios que su madre instaló en la Administración central con cajas millonarias: ANSES y PAMI son las más conocidas y con mayor alcance territorial, pero los tentáculos llegan a muchos más lugares. Desde allí se operó sobre los mandatarios comunales y varios gobernadores para avanzar en las listas de cara a construir un nuevo escenario, aún más favorable para el FdT en las cámaras.

Este test del domingo –si se replica o se profundiza el 14-N- echa por tierra con esa pretensión, lo que explica en buena medida la furia que expresó la vicepresidenta en su carta, en la que –no es inusual- carga las tintas contra “los otros”, cuyo jefe sería su socio más débil, el Presidente. Esto convenientemente adobado con los audios para nada privados de su “espada”, la diputada nacional Fernanda Vallejos. La carta fue un texto “editado” de lo que la legisladora lanzó de manera brutal en sus mensajes “a Pedro”. (De paso: si el eyectado Juan Pablo Biondi, un personaje menor, operó en los medios en su contra, CFK eligió otra operación como la de los audios para responderle, lo que no la distancia en los métodos de su denostado funcionario).

Pero volviendo a Máximo K., el gran ausente de los análisis post PASO, debemos decir que sus errores de cálculo sobre el tamaño de su poder real le provocaron a su progenitora la peor derrota electoral de la ya larga lista que sufrió, en muchos casos por sus malas elecciones.

El único objetivo de Cristina Kirchner es sostener un poder de fuego en la Provincia que le permita condicionar a las demás facciones del peronismo (por cierto, en su carta, ausente de la más mínima autocrítica, asegura que ella siempre fue peronista; pareciera, la única).

El “hegemon” (1) del “cristinismo amenazaba con ser total y se quedó en el intento, y esto fue lo que desencajó a la presidenta del Senado, cuya potencia electoral quedó en entredicho, al menos este domingo que pasó.

La aspiración de designar con posibilidades de éxito al sucesor de Alberto F. en 2023, sea quien fuere, se ha visto afectada –no se sabe aún si ya sin remedio– por este traspié. Y también la capacidad de presión, y con ella su intento por mantener una trinchera que aleje cualquier nuevo operativo judicial, que podría afectar principalmente a su hija Florencia. De esto se trata. Lo demás son cuentos chinos. (Gracias Máximo).

1. Palabra que proviene del idioma inglés: que ejerce hegemonía. Personaje o país que es poderoso, fuerte y que puede ejercer dominio sobre los demás. Líder que controla a los otros. Quien se reserva el dominio

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Entrevistas Nexofin

Entrevista a Sofía Barruti: cambio de vida, manejo de fuentes y la importancia de las redes

En diálogo con Nexofin, la periodista y columnista de internacionales de C5N recuerda sus primeros trabajos por fuera del medio, el paso por la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona, detalla las rutinas que la pandemia le modificó y analiza la política exterior del Gobierno

Sofía Barruti es uno de los nuevos nombres que orbitan la cobertura de política internacional en los medios de comunicación. Sin embargo, su carrera comenzó en 2012, cuando decidió cambiar los libros de Derecho por la carrera de Comunicación en la Universidad Católica Argentina (UCA).

Desde ese momento, trabajó en varios medios, entre otros, el diario La Nación, Página/12, iProfesional, Infobae, LN+ y Crónica TV.

Otro punto a destacar en su carrera profesional fue su paso por la Universidad Pompeu Fabra (UPF), en Barcelona, donde cursó un postgrado en SEO y Social Media. Desde allí, hizo las veces de cronista para TN y A24.

Consultada por sus aprendizajes en España, la joven comunicadora explica: “De mi postgrado me llevo la diversidad cultural, la interconexión y la importancia de las redes en un mundo donde lo digital prevalece y el periodismo tiene que seguir muy de cerca ese mismo camino”.

Durante los últimos meses del 2020, la licenciada en Comunicación Periodística cambió su vida: regresó del Viejo Continente para sumarse a C5N.

“Volví con la convicción de que uno siempre logra reconectar con su pasión y la fortuna de reinsertarme laboralmente inmediatamente”, comenta Barruti a NEXOFIN.

Actualmente se la puede ver de lunes a viernes como cronista en la calle; y también está presente en el programa Argentina en vivo – Fin de semana (domingos de 9 a 13).

En diálogo con Nexofin, la periodista y columnista de internacionales de C5N recuerda sus primeros trabajos por fuera del medio, detalla las rutinas que la pandemia le modificó y analiza la política exterior del Gobierno.

Nexofin (N): ¿Cuándo y cómo comienza tu vida con el periodismo?

Sofía Barruti (SB): Siempre amé escribir. Pero mi carrera empezó en 2012 cuando decidí cambiar la abogacía por el periodismo.

Empecé un curso de pre ingreso en la UCA y ahí descubrí que era la carrera para mí.

N: ¿Cuáles fueron tus primeros trabajos por fuera del medio?

Tuve dos trabajos, antes de mi primera experiencia como pasante de periodismo. Uno como babysitter y otro haciendo pochoclos en un teatro. Sí, pochoclera!

N: ¿Y qué recuerdos tenés de tu posgrado en la Universitat Pompeu Fabra, Barcelona?

De mi postgrado en la Pompeu Fabra me llevo la diversidad cultural, la interconexión y la importancia de las redes en un mundo en donde lo digital prevalece y el periodismo tiene que seguir muy de cerca ese mismo camino.

N: ¿Cómo fue el cambio al llegar desde tus coberturas en Europa a C5N en 2020?

Una montaña rusa de emociones! Me fui con la convicción de tomarme un descanso de la tele pero en todo momento el periodismo volvió.

Desde un pedido de independentismo que inundó las calles de Catalunya hasta una pandemia que nos sorprendió a todos.

Volví con la convicción de que uno siempre logra reconectar con su pasión y la fortuna de reinsertarme laboralmente inmediatamente.

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N: A la hora de obtener información, ¿comunicar en donde trabajas te ha dificultado el acceso a alguna fuente?

Durante mi corta carrera trabajé en medios con distinto color político y, depende de dónde estés, más trabajosas se vuelven algunas fuentes.

Pero creo que mostrar la propia objetividad es lo que termina permitiendo acceder a la mayoría.

N: ¿Cómo llevás el vínculo redes sociales personales/periodismo?

Yo soy una sola. Y mi laburo es gran parte, pero no mi vida entera. Creo que muchas veces se pone el ojo en el periodista sobre qué y cómo debe comunicar incluso en sus redes.

Considero que uno puede ser profesional y mostrar ese costado y también otro más personal sin que eso sea motivo de disonancia.

N: Hablemos de lo personal, ¿qué rutinas te ha trastocado la pandemia del coronavirus?

La pandemia cambió toda mi vida. Desde la decisión de quedarme en España a transitarla ahí, hasta mi visión sobre la cosas.

Hoy en día mi realidad es totalmente distinta que en marzo del 2020 porque en mi vida cambió todo: el país en el que vivo, lo que hago todos los días, vivir con amigas y ahora vivir sola. Todo.

N: ¿Y en tu forma de trabajo?

Mi trabajo antes era independiente y remoto. Ahora es presencial y en relación de dependencia.

N: Pasemos a la actualidad, ¿cómo ves la comunicación internacional del Gobierno?

Pienso que no se puede concebir al mundo sin globalización. La pandemia nos demostró que hoy más que nunca lo que pasa afuera -por más que se vea cómo algo muy lejano- nos repercute directamente y puede tener consecuencias irreversibles para todas las naciones.

Y el gobierno de turno, sea cual fuere, no debe ignorar eso, ni en su comunicación ni tampoco en la gestión.

N: A 20 años del ataque a las Torres Gemelas, ¿qué recuerdos tenés de ese día?

Tenía 8 años y no dimensionaba todavía lo que implicaba eso. Solo sé que con mi hermana creíamos que era el fin del mundo. Y en ese sentido tan equivocadas no estábamos.

Porque aun siendo chicas entendimos que el mundo como lo conocimos después de ese día no volvería a ser el mismo.

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N: ¿Cuáles son las cosas que más y menos te gustan de la política local?

Las alianzas impensadas me resultan interesantes de analizar así como las jugadas de ajedrez.

Creo que lo más interesante en la política son los consensos y pactos y lo menos es el odio como motor.

N: Vamos con un pequeño ping-pong, ¿un político del exterior que te gustaría entrevistar?

Angela Merkel.

N: ¿La mejor noticia/primicia que diste?

El primer vuelo con las vacunas contra el COVID.

N: ¿Tu lugar en el mundo?

Barcelona.

N: ¿Una actividad cuando no trabajas?

Entrenar.

N: ¿Frase de cabecera?

Mereces lo que sueñas.

N: Para cerrar en un concepto, ¿Sofía Barruti es…?

Una persona con ganas de sacarse todas las dudas.

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