Opinión

Abrir puertas y ventanas: brecha de género en el cine argentino

Griselda Soriano

Egresada de la carrera de realización audiovisual (Escuela Municipal "Taller de Cine Contemporáneo" de Vicente López). Docente en la cátedra "Literatura en las Artes Combinadas I" (Diseño de Imagen y Sonido, UBA). Co-fundadora, redactora y editora de la revista digital de cine El ángel exterminador.

jueves 21 de marzo de 2019 - 12:15 pm

Columna publicada originalmente en Otros Cines

Hace un año y medio, en esta misma columna, nos planteamos una pregunta: ¿Realmente hay tantas directoras en el cine argentino o más bien se trata de una sensación de igualdad? En aquel momento, varios estrenos fuertes dirigidos por mujeres desataron una ola de comentarios y notas que repetían -quizás como una expresión de deseo, o porque nunca es fácil asumir que se participa de una situación de desigualdad- que pocas cinematografías contaban con tantas directoras mujeres como la argentina y que se trataba de una cifra exorbitante.

Cuando iniciamos el relevamiento que condujo a aquella nota, partimos de una intuición: nada de eso coincidía con nuestra experiencia en el campo cinematográfico, ni con la de las mujeres que conocemos; tampoco con lo que observábamos y leíamos que había acontecido, históricamente, en la Argentina. Pero no dejábamos de escuchar lo contrario. ¿Estábamos exagerando? Como las mujeres tenemos mucha pero mucha experiencia en ser desestimadas por “exageradas”, dejamos las intuiciones de lado y pasamos a los números: eso nos ayudó a comprobar que no sólo no estábamos exagerando sino que las cosas eran bastante peor de lo que imaginábamos.

Esta vez, entonces, partimos de una certeza: sabemos que la desigualdad que observamos en prácticamente todos los ámbitos de nuestras vidas es también una realidad en el mundo audiovisual. Y nos preguntamos: en un 2018 en que los debates sobre cuestiones de género fueron ganando cada vez más terreno, ¿qué pasó con el cine argentino?

Pasemos a los números otra vez; esta vez, oficiales. El Anuario INCAA 2017, que incluyó por primera vez datos estadísticos sobre directoras, afirma que solo el 23% de las películas argentinas estrenadas durante ese año fueron dirigidas por mujeres. Esta cifra se vuelve más desalentadora aún si tenemos en cuenta que (con las diferencias del caso, según el área de formación) el porcentaje de egresados y egresadas de escuelas de cine es bastante parejo (eso afirma, por ejemplo, la investigadora Clara Kriger en un relevamiento sobre paridad de género en el cine argentino; este informe de EDA arriba a una conclusión similar, y lo mismo sucede con este artículo de Florencia Tundis y Maitena Minella).

Lamentamos constatar que, en el último año, esos números estuvieron lejos de mejorar: durante el año 2018, según información de la Gerencia de Fiscalización del INCAA, se estrenaron 238 películas argentinas, de las cuales sólo 41 fueron dirigidas por mujeres. Es decir: el año pasado, solo el 17% de los estrenos argentinos fueron dirigidos por una mujer. A esto hay que sumarle 7 proyectos codirigidos por mujeres; si quisiéramos incluirlos también en el porcentaje general apenas alcanzaríamos el 20%.

Es cierto que hay mucho que destacar en ese 17%: películas como El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi; Las hijas del fuego, de Albertina Carri; Sueño Florianópolis, de Ana Katz; Familia sumergida, de María Alché; La cama, de Mónica Lairana; y Teatro de guerra, de Lola Arias, para mencionar algunas, estuvieron sin duda entre las películas destacadas del año, fueron celebradas por la crítica y la cinefilia, y recorrieron y obtuvieron varios premios en diversos festivales.

Por otra parte, en lo que a la taquilla respecta, El Potro, de Lorena Muñoz, y La reina del miedo, de Valeria Bertuccelli y Fabiana Tiscornia, estuvieron entre las diez películas más exitosas del año. Pero nos vemos otra vez obligadas a repetir que un puñado de películas destacadas no compensan la profunda desigualdad de base que afecta al cine nacional. No estamos hablando de méritos individuales, sino de igualdad de oportunidades. Por otra parte, hay que mencionar que nos estamos centrando solamente en el área de dirección, pero esta brecha se verifica también en la mayor parte de los rubros técnicos (y en algunos de ellos los porcentajes son bastante más desalentadores), y se profundiza todavía más en los espacios de poder y toma de decisiones. Necesitamos, y con urgencia, políticas destinadas a reducir esa brecha; solo entonces podremos decir que el campo cinematográfico argentino es un ámbito equitativo.

A pesar de este marco desalentador, durante 2018 fueron muchos los colectivos que trabajaron (y siguen trabajando) para reducir la brecha de género: MUA – Mujeres Audiovisuales, Acción – Mujeres del Cine, el Colectivo de Técnicas de Cine y Publicidad, la histórica asociación La Mujer y el Cine, las distintas comisiones de género formadas en el marco de diversas asociaciones de profesionales (ADF y EDA, entre otras) y en varias instituciones educativas, entre muchísimos otros espacios. Mención aparte merece Actrices Argentinas por su perfil mediático y la repercusión que tuvieron sus denuncias por fuera del ámbito audiovisual; hay que tener en cuenta que, con rostros menos conocidos, las situaciones de abuso y acoso en el ámbito laboral se reproducen en los sets, en las productoras, en instituciones académicas, y son otra parte, para nada menor, de los problemas que enfrentan las mujeres al insertarse en el mundo del cine y la TV. De cara al próximo 8M, todos esos colectivos y muchos más se están nucleando en el Frente Audiovisual Feminista en adhesión al Paro Internacional de Mujeres.

El año pasado, por ejemplo, más de 400 trabajadoras autoconvocadas del sector audiovisual presentaron una carta al INCAA reclamando políticas concretas de fomento y apoyo a las mujeres del sector audiovisual. Por otra parte, durante el 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se realizó el primer Foro de Cine y Perspectiva de Género. En ese marco, Cecilia Barrionuevo, directora artística del Festival (y primera mujer en ocupar ese cargo), y el entonces vicepresidente del INCAA, Fernando Juan Lima, firmaron la Carta por la Inclusión y Paridad en el Cine. Unas semanas después, en Ventana Sur, tuvo lugar también el panel “Políticas de Género: Hacia un 50/50-2020”.

El INCAA, como mencionábamos en un comienzo, empezó a sumar en su Anuario estadísticas concernientes a los estrenos dirigidos por mujeres. Es un relevamiento reducido (para tener un panorama más claro necesitamos muchas más cifras), pero teniendo en cuenta que una de las dificultades para dimensionar la situación de las mujeres en la industria audiovisual es la falta de estadísticas públicas es, al menos, un primer paso. En el Instituto, además, empezó a funcionar Gafas Violetas, un programa que “busca integrar la perspectiva de género en las diferentes áreas del INCAA” y que viene trabajando principalmente en el área de exhibición.

El año pasado se llevó a cabo también la primera Semana de Directoras Argentinas y en estos días va a tener lugar su segunda edición. Toda iniciativa es bienvenida, pero dado que (insistimos) las mujeres están al frente de tan solo un 17% de las películas financiadas por el INCAA, es urgente la implementación de medidas tendientes a revertir esa situación que -en un contexto crítico para el cine argentino (como vienen señalando asociaciones de realizadores tan diversas como la DAC y el Colectivo de Cineastas) y en el que la taquilla viene cayendo en picada- corre el riesgo de seguir empeorando.

Por ahora, como decíamos, el campo cinematográfico argentino está lejos de ser equitativo, atravesado por los mismos conflictos e injusticias que tensionan al resto de nuestra sociedad. La escasa participación de las mujeres en este ámbito no se debe, lo sabemos, a una falta de esfuerzo o de talento de las realizadoras argentinas, sino a un punto de partida absolutamente desigual. Y creemos que reconocerse en una posición de desigualdad no implica ponerse en un lugar de víctima. Asumir el lugar que ocupamos en ese contexto y ayudar a visibilizar esa brecha por ahora insalvable pero no inamovible son, también, puntos de partida para empezar a transformarla de a poco. Ojalá año a año los números que arrojan estas columnas empiecen a hablar de otro estado de cosas. Mientras tanto, seguiremos insistiendo.

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