Política Internacional

Venezuela y el camino a la autocracia

Constanza Mazzina

Doctora en Ciencias Políticas y consultora en política Latinoamericana.

sábado 26 de enero de 2019 - 5:56 pm

Columna publicada originalmente en El Cronista.

Venezuela ha entrado hace años en una espiral de descomposición política, económica y social. Las señales eran visibles para quienes querían verlas, y hoy estamos ante el abismo. Desde la ciencia política, hay tres tipos de información que –en conjunto– ponen en evidencia a los regímenes no democráticos: el porcentaje de escaños legislativos que mantiene el partido oficialista; el porcentaje de votos con el que gana el candidato a presidente del partido oficialista; y los años que el gobernante oficialista ha estado en el poder. Siguiendo el último libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, titulado “Cómo mueren las democracias”, podemos agregar otros indicadores del comportamiento autoritario: el rechazo a las reglas democráticas del juego, la negación de la legitimidad de los adversarios políticos, la tolerancia a la violencia y la predisposición a restringir libertades civiles de la oposición, incluyendo los medios de comunicación. Todas estas señales estaban presentes durante el chavismo y se profundizaron desde la llegada de Maduro al poder. El desmantelamiento de la democracia fue paulatino, pero sistemático y continuo. Es así que este proyecto político fue cooptando y evadiendo, sino reemplazando, las instituciones democráticas por otras hechas a su medida, debilitando opositores y reescribiendo las reglas de juego, modificando la letra constitucional a su gusto y su interpretación también. El chavismo consiguió así una ventaja decisiva respecto de sus adversarios, manejando además el aparato estatal de seguridad. La espiral de violencia y los hechos ocurridos en la última semana, incluyendo primero la declaración –o autoproclamación– de Juan Guaidó como presidente interino, representan un doble desafío: desde la academia, reflexionar ya no sobre el deterioro democrático sino sobre su recomposición. De aquí en adelante, ¿cómo se construyen instituciones capaces de ganar la confianza de una sociedad quebrada?, ¿cómo se rediseña el sistema democrático para evitar su vaciamiento autoritario? Por otro lado, el caso representa un desafío regional. UNASUR fue la institución que la región pensó, en pleno auge de los commodities y del socialismo del siglo XXI, como respuesta para las crisis que pudieran ocurrir. Su disolución, producto de su anunciada ineficiencia, nos deja a las puertas de un nuevo fracaso. Desde este punto de vista, Venezuela es un fracaso regional, es un fracaso del sistema regional para dar amparo y respuesta a las turbulencias democráticas y permitir el avance del autoritarismo. El lento y perpetuo deslizamiento desde la democracia a la autocracia es tan propiamente latinoamericano que el problema es que hemos normalizado lo excepcional sin construir salvaguardas legales e institucionales que eviten la debacle final. Los partidos políticos, como estructuras fundamentales de la vida democrática, y sus líderes, como guardianes de la misma, nos deben una respuesta.

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