Opinión

Caso Darthés: Justicia por mano propia

María Zaldivar

Periodista. Autora de Peronismo Demoliciones

"Cuando el carro viene antes del caballo todo puede ser. Cuando la condena social antecede a la judicial todo puede ser", señala en su columna de opinión María Zaldívar

martes 18 de diciembre de 2018 - 3:05 pm

Columna publicada originalmente en Gaceta.com.ar

Es difícil remar contra las modas pero es aún más difícil traicionar las convicciones. Por eso, y porque el feroz embate feminista de los últimos tiempos no es sinónimo de unanimidad, es necesario levantar la voz y decir que el escrache mediático es tan repudiable como la indiferencia judicial frente al delito, de la naturaleza que sea.

Hay muchísimas mujeres que no ven con agrado la caza de brujas ni el escrache como mecanismo de comunicación de nada. Porque escrachar es un acto fascista por completo inaceptable, porque el fin nunca justifica los medios y porque la justicia por mano propia es una salvajada impropia de sociedades civilizadas.

Sin embargo, repudiamos con igual énfasis cualquier ataque a la libertad y eso incluye condenar categóricamente el acoso, el abuso y todo delito sexual que implique vulnerar la voluntad de la víctima.

De nuevo la sociedad argentina falla en el modo de expresarse. Es sano que lo haga. No es tan sana la elección del cómo. Un tribunal popular apuntando sobre un individuo no es la manera de saldar un presunto delito. En un caso de estricta intimidad habrá dos involucrados y dos versiones pero una sola verdad. Uno miente.

A los que acusan como a los que observan solo les queda opinar. Unos creerán una versión, otros, la otra. Y nada sumará al descubrimiento de las cosas tal cual ocurrieron. Solo la justicia podría aportar luz sobre los hechos, dictar sentencia válida y castigar a quien corresponda. Al que miente.

Pero para eso es imprescindible una justicia proba, recta, ágil e implacable. Lo que no tenemos. Y cuando la sociedad no encuentra las respuestas en las instituciones, busca la manera de canalizar sus reclamos.

Más allá del caso particular que disparó esta explosión, lo que se puso de manifiesto, otra vez, es la impericia del Estado para resolver los problemas del ciudadano.

Más allá de las declaraciones, regularmente desafortunadas, del ministro de Justicia, en la Argentina urge acceder a un sistema de justicia con el que el ciudadano se sienta efectivamente protegido de la impunidad de los delincuentes y de los tribunales populares.

Es importante reflexionar qué nos lleva a ensuciar causas justas con metodologías cuestionables. Del monstruo de una sociedad sin justicia el péndulo nos arroja al monstruo de un poder que, por informal y difuso, atemoriza. Porque así como la presión social ejercida por esos tribunales “ad hoc” consigue visibilizar conductas perversas y antisociales, también condiciona a los medios de comunicación y quién sabe si no alcanza al mismo Poder Judicial. Cuando el carro viene antes del caballo todo puede ser. Cuando la condena social antecede a la judicial todo puede ser.

El Estado argentino viene fallando hace décadas. Falla al no crear las condiciones para el desenvolvimiento pleno del ser humano sacando lo mejor de cada uno a través de un sistema de incentivos correcto. Y falla en sus obligaciones innatas de brindar seguridad y justicia. Las consecuencias de esa mora hoy vuelven a asomar y la sociedad se pregunta a dónde nos llevará esta vez.

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