Sociedad

Pensar antes de escribir

Paula Martino

Paula Martino

Psicologa, magister en Psicoanalisis

lunes 17 de diciembre de 2018 - 11:01 am

Abreviado, rápido, sustituido, con fallas conceptuales causadas por la deducción errónea de un atrevido autocorrector que, sin pedir permiso alguno, modifica lo que queremos trasmitir, es el lenguaje escrito actual viajando a velocidades cada vez más próximas a las de la luz en la trasmisión de datos por Internet.

En este intercambio desenfrenado de palabras, uno puede preguntarse ¿En dónde ha quedado la retórica?, teniendo en cuenta la definición de la Real Academia Española que dice que “La retórica es el arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover”.

Muchos de ustedes recordaran la experiencia de haber escrito una carta en papel, de puño y letra. Este momento, era un acto retórico por excelencia. Allí nos esmerábamos por expresarnos con eficacia y corrección, embelleciendo lo más posible la trasmisión de nuestras ideas y sentimientos a fin de cautivar, conmover o seducir a nuestro receptor. Muchas cartas serian rotas antes de llegar a la elegida para ser guardada en el sobre protector de nuestros decires. Luego, vendría todo lo demás, ir al correo, despacharla, esperar.

Hoy, lamentablemente, ya no se espera. En el punto de la comunicación, si uno se detiene a observar los mensajes de texto que van y vienen de manera constante a través de las redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea, difícilmente encontrará alguno donde la retórica se despliegue con un mínimo esplendor.

Rara vez, se reciben mensajes de texto que no se encuentren decorados con al menos un icono ilustrativo destinado a querer transmitir algún tipo de emoción. Muchas otras veces, sus apariciones en el texto son a solas, intentando proponerse como representantes o sustitutos de alguna frase. Es así como una expresión como, por ejemplo:  “estoy contento”, frase extremadamente extensa para la época, suele ser reemplazada en un instante con sólo pulsar una tecla, por un pequeño círculo amarillo humanizado y sonriente. Muchas veces, ante demasiada emoción, uno sólo no bastará, y se recurrirá a más, tal vez otros modelos porque realmente abundan, como pulgares levantados, luces, estrellas, corazones, etc., etc., para llegar a una especie de construcción pictórica.

Como si esto fuera poco, sumado a todo este desorden, se intenta innovar, imponiéndose un lenguaje inclusivo que reemplaza a una palabra histórica tan armoniosa fonética y conceptualmente como lo es “todos” por una especie de condensación entre letras y signos de direcciones de correos electrónicos [email protected], o por el cambio de letras que dan como resultado un “Todxs” o “Todes” y que, a mi criterio, no provocan ningún efecto cautivante.

La inmediatez de la comunicación nos ha hecho crear un nuevo lenguaje que se asemeja a una especie de jeroglífico a descifrar compuesto por símbolos, iconos, signos de exclamación extranjeros, palabras escritas a medias o mal escritas. El apuro por la transmisión de lo que queremos decir, nos está haciendo no pensar, nos está haciendo perder el arte del bien decir, la capacidad de deleitar, persuadir y conmover. Tengamos cuidado.

Porque un signo de matemática no reemplace a una palabra.

Porque un circulo amarillo humanizado no intente transmitir una emoción.

Porque las frases tengan comas, puntos seguidos y, fundamentalmente, puntos finales.

Porque los acentos vuelvan a marcar una diferenciación.

Porque volvamos a disfrutar de poder escribir y leer un “te quiero”.

Porque volvamos a escribir con todas las letras.

Paula Martino, psicóloga y psicoanalista

Paula Martino, psicoanalista

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