Opinión

El problema de creer a destiempo

Florencia Preti

Periodista en Nexofin. Estudiante avanzada de Ciencias de la Comunicación (UBA)

jueves 13 de diciembre de 2018 - 12:09 am

A Calu Rivero había que creerle.

Lo dije en Twitter el año pasado, cuando en la tele cuestionaban sus motivos para denunciar a Juan Darthés y en las redes la corrían por izquierda, riéndose de su veganismo cool y de que es modelo, incluso de su trabajo como DJ, que después entendimos (muy tarde) que había arrancado cuando se fue del país con la cabeza gacha porque alguien había abusado de ella en su trabajo, y no quería volver a ponerse en un lugar donde le pudiera pasar algo similar.

A Calu había que creerle a tiempo.

No porque eso hubiera evitado la violación de Thelma Fardin, porque eso había pasado nueve años antes. Ni el abuso de Natalia Juncos, que lo sufrió en Se dice amor en 2005. Ni el de Ana Coacci, que trabajó con él en Gasoleros en 1998. Había que creerle porque este hombre, sano hijo del patriarcado, pudo seguir trabajando rodeado de otra tanda de menores mientras dejaba otras vidas en pausa.

Había que creerle porque ninguna mujer denuncia públicamente a un hombre si no siente realmente que hacerlo le va a quitar el peso de cargar con ese secreto y la vergüenza de sentirse culpables, porque a pesar de que ninguna de ellas lo provocó, eso es lo que él les metió en la cabeza con un simple “Mirá cómo me ponés”. Esa frase, que hoy genera la más genial de las respuestas, implica que ellas tuvieron algún tipo de culpa, alguna agencia en lo que les iba a suceder después, en lo inevitable no porque ellas eran lindas y sexies y él un hombre de “sangre caliente”, sino porque él es un violador. Y los violadores hacen eso: acosan, abusan, destrozan, violan.

El problema de creerle a Calu a destiempo es que cuando se deja impune a un violador, se le da agencia a otro, que refugiado en esta red de poder donde nadie dice nada y a nosotras nos callan, sale a cobrarse su víctima. Pero se les está terminando. Nuestras propias redes vienen tejiéndose entre murmullos, en la intimidad, entre confesiones que afianzan los nudos y lágrimas que aprendimos a secar entre nosotras porque nadie más pone el hombro, y los vamos a pescar.

Ahora que estamos juntas, y ahora que si nos ven, no vamos a permitir esta impunidad.

Ahora nos toca a nosotras reclamar la justicia que nos deben.

Ahora mirá cómo nos ponemos.

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