Opinión

Macri 2019: ¿una campaña de “pequeños” números?

Gonzalo Arias

Sociólogo. Docente UBA. Autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar)

lunes 10 de diciembre de 2018 - 11:45 am

Columna publicada originalmente en Infobae

Las próximas elecciones nacionales contarán con un padrón de aproximadamente 35 millones de electores habilitados. Si bien tanto la magnitud del cuerpo electoral como la naturalidad propia de vivir en el marco de una democracia con diversas aristas masivas —consumidores, audiencias, producción, votantes— pueden hacernos ponderar los grandes volúmenes por sobre los pequeños, sería un grave error menospreciar o minimizar el rol que cotidianamente juegan determinados grupos reducidos de la población.

En este sentido, las estrategias electorales que buscarán consagrar al próximo presidente de la nación están orientándose cada vez más a desarrollar hipótesis de aproximación electoral hacia pequeños nichos de votantes que pueden ser determinantes para el resultado final.

Para algunos consultores de opinión pública los próximos comicios, como ya ha ocurrido en ediciones anteriores, se definirán por márgenes que oscilan entre el 1% y el 3% de los votos. En este contexto potencialmente reñido, el Gobierno analiza entonces cómo apuntalar la imagen de Mauricio Macri, tras más de seis meses de caída en las principales mediciones de opinión pública.

El “éxito” de la cumbre del G20, que congregó a los principales mandatarios del mundo en el país y culminó con la adopción de un documento final de consenso, parece haber redundado en una leve mejora en la imagen del Presidente, anticipando lo que podría ser una buena oportunidad para que Cambiemos lance su campaña presidencial.

El G20: la oportunidad de reposicionar la figura presidencial de Macri

Con la finalización de la exitosa campaña electoral del 2017, la imagen de Macri comenzó a declinar. Para los analistas políticos este movimiento es normal. Se suele considerar el interregno entre un triunfo en los comicios y el período de baja en la imagen de un político como “luna de miel”, es decir, un breve espacio temporal en el cual el elector aún retiene aquel sentimiento positivo —amor, esperanza, felicidad— hacia el candidato ganador, estimulado durante la contienda electoral.

Así, tras finalizar las elecciones legislativas nacionales de 2017, la imagen positiva de Macri oscilaba en 50% y la negativa, en 40%, manteniéndose en dichos márgenes hasta mediados de diciembre de dicho año. Hoy la imagen positiva del Presidente descendió al 35% y la negativa aumentó a 60 por ciento. La luna de miel fue breve, pero lo que resulta importante para los estrategas del oficialismo —de cara al 2019— es qué hacer con la negatividad expresada en las encuestas.

Con el paso de la cumbre del G20, evento de notoria exposición internacional que congregó en la capital del país a 19 líderes mundiales y diversas autoridades en materia económica, como la titular del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, el Gobierno proyecta un impacto positivo, en términos de opinión pública, hacia la figura del Presidente.

Está claro que nadie en Balcarce 50 aspira a que el electorado se vuelva experto en los temas que hacen a la agenda internacional, ni que pueda satisfacer en aquellas encrucijadas que hacen a la política exterior sus demandas en materia de economía doméstica. Lo que Macri anhela con la finalización de este evento inédito en la Argentina es reposicionar, en términos generales, su figura como jefe de Estado y como candidato capaz de liderar un país.

Un conjunto considerable de encuestadores reconoce que la caída de la imagen de Macri es una constante que se viene dando desde mediados del 2017 y se mantuvo hasta finales de noviembre, pero desde los últimos días del mes se percibe una leve mejoría. La razón —evitando las explicaciones unicausales— puede encontrarse en la percepción que los argentinos hicieron de la exposición internacional que protagonizó el Presidente en los últimos días.

La campaña de los “pequeños” números

Cae de maduro que ninguna campaña electoral se gana por una leve mejoría en la imagen del candidato. Tampoco será determinante en la contienda el paso del G20 por la Ciudad de Buenos Aires. Enamorarse de un evento, un spot o un discurso no es más que un sesgo contraproducente en la estrategia electoral.

Una de las particularidades que debería ser incorporada de forma estratégica al diseño y la implementación de las campañas electorales en los próximos meses es la preocupación por las minorías. Con este concepto no se hace referencia a la habitual denominación de minorías étnicas, religiosas, etcétera, sino que estamos hablando de aquellos pequeños porcentajes de electores que pueden definir una contienda electoral.

Estamos ante la posibilidad de que la contienda electoral se resuelva en márgenes de 1% a 3% de los votos. Este escenario no sería del todo nuevo. En 2015 la elección presidencial se definió por el 2,2% de los votos a partir de un ballotage. Dos años después, en 2017, la lista ganadora de las PASO en la candidatura a senadores nacionales por la provincia de Buenos Aires, escenario en donde compitió la ex mandataria, se dirimió por menos de un punto de diferencia y en las generales, por escasos cuatro puntos de diferencia. Los pequeños porcentajes están jugando un rol clave en la definición de resultados.

No hay duda de que la primera fase de cualquier estrategia efectiva de campaña es pensar cómo interpelar y persuadir a las grandes mayorías, cómo intentar que la mayor cantidad de electores se condensen en torno a un candidato o, por lo menos, que estos rechacen agruparse en torno al adversario. Pero, sin duda, la etapa crucial de cualquier estrategia electoral es aquella que apunta a segmentar mensajes en la búsqueda de los pequeños nichos de votantes que suelen ser definitorios para los resultados.

Esta tendencia, que viene cobrando protagonismo en los últimos 30 años de historia electoral en Occidente, responde, por lo menos, a dos importantes tendencias: los electores deciden su voto cada vez más cerca de los comicios y las estructuras ideológico-partidarias influyen cada vez menos en los votantes.

Las elecciones de octubre: ¿una gran encuesta nacional?

La ajustada cantidad de electores que señalan como sus preferencias a los candidatos Macri y Cristina Fernández de Kirchner otorgan a cada uno un volumen de votos que gira en torno al treinta por ciento. Algunas encuestadoras dan, incluso, algunos puntos más a Cristina que al Presidente. Pero teniendo en cuenta nuestro sistema electoral y las normas que rigen la contienda, da lo mismo que el caudal electoral de la ex Presidenta oscile entre 30 y 35, y el de Macri entre 25 y 30, o al revés, porque ninguno podría en principio aspirar al 45% de los votos o, al menos, a obtener el 40% y una distancia de 10 puntos respecto a su rival.

Si bien en política los “cisnes negros” —eventos impredecibles— siempre pueden llegar a ocurrir, siguiendo las tendencias que nos muestran las encuestas, la primera vuelta electoral del mes de octubre pareciera perfilarse como una suerte de gran encuesta nacional sobre las principales candidaturas. Esta tendencia —plausible de ser revertida— refuerza la hipótesis sobre los “pequeños números”: el próximo presidente de la república va a ser, no solo quien logre congregar a las grandes mayorías, sino sobre todo quien logre generar un vínculo afectivo con el 2% o 3% que definirá el resultado del ballotage.

¿Mejorar la imagen o ir tras los ni-ni?

Mejorar la imagen de Macri a esta altura puede resultar una epopeya digna de los relatos helénicos. Sin embargo, el foco de atención que consume por estos días las horas de trabajo del equipo de campaña de Cambiemos son los ni-ni, aquellos electores que no están comprendidos ni en el 30% de votos consolidados de Cristina ni en el 30% de votos que retiene Macri.

Si bien los ni-ni no tienen dentro de sus preferencias primarias votar por Macri ni por la ex Presidenta, el entusiasta equipo de campaña del primero entiende que, por la rigidez del discurso kirchnerista y la imagen negativa de Cristina, Macri tiene mayores posibilidades de tender un puente hacia ellos y acercarlos progresivamente a su boleta.

Para las huestes de Cambiemos, dejar librada la campaña electoral a un electorado descontento es riesgosa. Esto implicaría poner el futuro de Macri a consideración de un elector que, en una decisión trasnochada o incluso frente a la boleta electoral el mismo domingo, pueda decidir su voto impulsivamente. Consciente de ello, Cambiemos apuesta sus fichas por la positiva: sabiendo que el elector descontento está descontento, entiende que aún hay muchos electores que pueden llegar a definir un resultado de campaña en ballotage y que no necesariamente están enojados con Macri como persona o dirigente, sino que la gestión les pudo haber traído algún desencuentro. A ellos buscará interpelar.

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