Opinión

La posverdad

Héctor Becerra

Psicoanalista. Docente.

martes 4 de diciembre de 2018 - 4:46 pm

Columna publicada originalmente en La Tecla Revista

La posverdad es un neologismo conformado por las palabras “verdad” y el prefijo “pos” que se refiere a lo que viene después y lo que viene después de la verdad no puede ser reducido a una mentira o falsedad. La posverdad intenta describir la distorsión deliberada de la realidad con el fin de influenciar y condicionar la opinión pública de acuerdo a intereses ideológicos y/o políticos del comunicador.

Comencemos con la “verdad” que es un concepto que tiene una profunda raigambre en el terreno de la filosofía, la comunicación y el periodismo. En el siglo IV (A-C) los filósofos griegos planeaban que el enunciado: “el sol se ha puesto” era verdadero sólo sí en la realidad el sol se había puesto. La verdad podía ser rápidamente comprobada.

El optimismo griego nos embarcó en la ilusión de que la verdad podía ser observada. Tanto nos aferramos a esa ilusión que fueron necesarios veinte siglos –la cifra es escandalosa, pero correcta- para caer en la cuenta que las observaciones estaban contaminadas por aquello que no se quería o no se podía ver. Un refrán que podría haberse originado en esa época sostiene que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Aristóteles había observado que cuando se dejaba de empujar un móvil (supongamos un carro) éste se detenía inmediatamente y así lo conceptualizó en su libro Física. Resulta impactante pensar que durante veinte siglos su conceptualización acerca del movimiento se haya tenido por verdadera siendo que era falsa, ya que cuando dejamos de empujar un móvil éste se detiene; pero sólo después de haber recorrido un trayecto.

Esto que descubre Galileo en el 1600, lo  conceptualiza más tarde Newton y es lo que nos enseñaron en el colegio secundario con el  nombre de principio de inercia: todo cuerpo que no es sometido a ninguna fuerza exterior se moverá con movimiento rectilíneo uniforme.

Hasta aquí la verdad tiene que ver con el conocimiento de la verdad. En un texto que tiene por título La verdad y las formas jurídicasFoucault rompe con toda la tradición filosófica planteando que la verdad no tiene relación con el conocimiento de la verdad; sino que, la verdad supone una lucha por imponerla. Veamos también una noticia que rompe con la tradición periodística de decir la verdad lo más objetivamente posible. Una investigación de Tiempo Argentino nos informaba sobre las tapas del diario Clarín entre mayo de 2010 y agosto de 2011. De 445 tapas, el 78%; es decir, 347 tenían por título una noticia negativa respecto del gobierno de Cristina y sólo el 07%; es decir, 32 mostraban noticias positivas.

Esta tendencia a mostrar acontecimientos negativos queda disociada del idealismo griego de acceder a la verdad a través de su conocimiento. ¿Cómo hacen los lectores de Clarín para comprobar la verdad de esas 445 tapas publicadas periódicamente a lo largo de quince meses? Acá se produce un giro muy interesante para poder acercarnos al concepto de posverdad. Los hechos reales y objetivos pasan a tener menos importancia que los sentimientos y creencias que los lectores de Clarín tengan en los periodistas y editores en el momento de formular una opinión pública.

La dificultad que plantea el acceso a la verdad nos empuja a darle crédito a los intermediarios y los representantes de la verdad; es decir, frente a la dificultad que tiene el lector de noticias para comprobar por sí mismo lo que es verdadero o falso, surge el periodista como alguien que tiene credibilidad y por lo tanto puede relatar la verdad. Resulta interesante pensar que las noticias son el producto de observaciones precarias, tentativas, ya que los periodistas tampoco tienen un acceso a los hechos, de allí que la mayoría de las noticias se obtienen a través de fuentes informativas que son las personas que realmente han llevado a cabo esas observaciones al ser testigos o al participar directamente de esos hechos a los cuales nos referimos. Frente a los inconvenientes que supone el acceso a los hechos reales y a la verdad surge la credibilidad como una forma de compensar esa dificultad.

Tanto crece la credibilidad y tanto pasan a segundo plano los hechos reales que nos empezamos a encontrar con noticias que dejan de ser un reflejo de la realidad y pasan a depender de quién las formule. El periodista se convierte en alguien más importante que la noticia. Entonces, resulta una tentación  comenzar a maquillar la realidad y para eso se introducen algunos elementos ficcionales. El presidente de la Nación va hacer una visita a unos emprendedores que han inaugurado una pizzería; le avisan a la pareja que van a recibir la visita del primer mandatario y se montan las cámaras de la manera más conveniente. Gran parte de la ciudadanía imagina o sabe que esta noticia no es falsa ya que el presidente es Mauricio Macri, los emprendedores son reales, la pizzería también, etc. El problema es que la noticia tampoco es verdadera ya que no se trata de una situación real y espontánea, hay un diálogo guionado, una puesta en escena, etc.

Destacamos en la posverdad el elemento ficcional que surge de una elaborada proporción de lo verdadero y lo falso. Tratándose de la visita a una pizzería la discusión acerca de su verosimilitud parece ser vana ya que al único lugar adonde nos conduce es a profundizar la brecha entre los argentinos. ¿Pero qué sucede cuando se monta ese mismo dispositivo informativo en acontecimientos que marcan el rumbo de nuestra Nación; por ejemplo, la discusión sobre el presupuesto en el Congreso de la Nación?

Nacho Levy de La Garganta Poderosa, un ciudadano turco, otro paraguayo y dos venezolanos, convergen en el momento de la desconcentración de la manifestación, ni siquiera se encuentran en las inmediaciones del Congreso, son personas como nosotros; sin embargo, de pronto, se convierten en personajes del relato oficialista, ellos pasan –involuntariamente- a ser partícipes de un guión elaborado por el gobierno y reproducido luego por la cadena de medios oficialistas en un nuevo intento de maquillar la realidad.

Ellos pasan a ser los actores de una tragicomedia montada por Cambiemos para hacerle creer a la gente que nuestros problemas se originan en las organizaciones sociales, de las cuales el periodista de La Garganta es un fiel representante; o mejor, desde las conspiraciones que organizan los extranjeros para sabotear nuestro estilo de vida.

Las personas detenidas son el elemento real. Las piedras dejadas como al descuido en las cercanías del Congreso -por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires- para que algún exaltado termine arrojándolas forman parte del relato guionado. Ese mix de elementos reales y ficcionales propio de la posverdad originan una cortina de humo que intenta ocultar que los problemas de nuestra Patria no están afuera del Congreso; sino adentro.

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