Cumbre del G-20

Ante la oportunidad de frenar el ataque al orden internacional

Santiago Cantón

Secretario de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires

jueves 29 de noviembre de 2018 - 3:03 pm

Columna publicada originalmente en La Nación

“Me niego a admitir el fin del hombre.” Con la fuerza existencial de esas palabras, William Faulkner aceptaba el premio Nobel de literatura de 1949. En un discurso extraordinario por lo bello y breve, Faulkner resumía el sentir colectivo de un mundo que estuvo al borde del precipicio apocalíptico de la Segunda Guerra Mundial, en la que todos los seres humanos parecían tener un espacio reservado en la lista de más de más de 60 millones de muertos. El optimismo humanista de Faulkner se reflejaba en el espejo de dos hechos recientes que forjaban el nuevo orden internacional de la posguerra. En primer lugar la Conferencia de San Francisco de 1945 que crea las Naciones Unidas para: “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra. y reafirmar la fe en los derechos fundamentales.”

La Conferencia de San Francisco se sumaba a las otras tres reuniones internacionales que en la historia moderna reunió a los principales lideres mundiales para reordenar el mundo: la Paz de Westfalia en 1648, el Congreso de Viena en 1815, y la Liga de las Naciones en 1919 en París. No era una premonición muy optimista para el naciente orden internacional, saber que esas tres reuniones habían culminado en diferencias y nuevos conflictos bélicos. La Conferencia de San Francisco tuvo en cuenta los fracasos previos y construyó un orden internacional con procedimientos bien definidos para resolver conflictos y lograr la paz. El multilateralismo moderno, tímidamente exhibido en Westfalia, Viena y París, finalmente lograba en San Francisco un rol protagónico.

El otro hecho que diferenciaba al nuevo orden internacional fue un revolucionario documento que modificó para siempre el paradigma de las relaciones internacionales. La Declaración Universal de Derechos Humanos aprobada en 1948 le otorgó derechos iguales e inalienables a todos los seres humanos limitando, por primera vez en la historia, el ilimitado y devastador poder soberano del Estado sobre las personas. La pareja moderna de los derechos humanos y el multilateralismo se abrazaba en el centro del escenario mundial.

El optimismo de Faulkner tenía bases sólidas. Nunca antes en la historia de la humanidad, un orden internacional era fundado no solo en la búsqueda de la paz mundial, sino que se lo acompañaba de un código de valores aceptados universalmente en donde el ser humano finalmente comenzaba a ser el fin último de protección de los Estados. El filósofo y cientista político italiano Norberto Bobbio resumió el cambio de paradigma diciendo: “Sólo después de la Declaración podemos tener la certidumbre histórica de que la humanidad, toda la humanidad, comparte valores comunes..” Si bien el orden internacional surgido de la Conferencia de San Francisco fracasó en muchos aspectos, y lamentablemente los intentos de reformarlo no tuvieron éxito, no deja de ser cierto que los avances que ha habido durante siete décadas gracias a la combinación de multilateralismo y valores universales, modificaron el rumbo de la humanidad. Basta con comparar el avance de la democracia, la igualdad, la no discriminación y la justicia internacional de los últimos 70 años, con las décadas previas, para comprender la magnitud del cambio.

Lamentablemente, los lideres mundiales de hoy, ya sea por falta de memoria, irresponsabilidad, o más grave, como estrategia, están abandonando el multilateralismo y los valores universales consagrados en la Conferencia de San Francisco y la Declaración Universal. Durante la reciente Asamblea General de la ONU, el Secretario General Antonio Guterres alertó al mundo sobre las graves consecuencias de ese abandono. La extrema dureza de alguna frases sueltas deberían hacer reflexionar y modificar el rumbo a los líderes del G-20 que disertarán en la sitiada, aunque siempre bella, Reina del Plata: “Los valores universales están siendo erosionados”; “La impunidad está creciendo”; “Asoma la amenaza del terror, alimentada por las raíces de la radicalización y la violencia extremista”; “El terrorismo está cada vez más vinculado con el crimen organizado y el tráfico de personas, drogas, armas y corrupción”; “Los principios democráticos están sitiados y el Estado de derecho está siendo socavado”; “El peligro nuclear no ha cesado, y los Estados con armas nucleares están modernizando sus arsenales”; “El multilateralismo está bajo fuego precisamente cuando más lo necesitamos.”

Si el espanto no ha evitado que Usted siga leyendo, permítame agregar a la lista del terror, que en el mundo esta creciendo el nazismo, el antisemitismo y la xenofobia y que según la Organización Internacional para las Migraciones, en los últimos cinco años han muerto 30.000 migrantes, solo por querer, como Usted y yo, tener una vida digna. A este diagnóstico debemos sumarle el reciente informe del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, en donde se alerta que “los próximos doce años son probablemente los más importantes de nuestra historia” si queremos evitar una catástrofe que aumentará gravemente las sequías, las inundaciones, el calor extremo y la pobreza para cientos de millones de personas. Lamentablemente en un mundo de miles de noticias por segundo, la más importante para el futuro del ser humano, duró apenas un día en los principales diarios. Por las dudas lo reitero: nos quedan solo doce años.

Actualmente podemos leer y escuchar a filósofos y pensadores que basados principalmente en los grandes logros de las últimas siete décadas, concluyen, ligeramente a mi entender, que irremediablemente la felicidad y el progreso continuarán. El error de esa mirada es ignorar que ese gran progreso se logró gracias al orden internacional, que es precisamente el que está siendo atacado por la irresponsabilidad, complacencia y complicidad de una comunidad internacional, donde las voces que buscan llevar dignidad a cada rincón del planeta son pocas, débiles y efímeras, mientras que las que buscan sembrar odio y aislacionismo golpean con fuerza destructora los cimientos del humanismo. La reunión del G-20 puede dar un paso significativo para cambiar el rumbo actual mediante acuerdos y declaraciones orientadas a fortalecer el multilateralismo y los valores universales que empujaron el mayor progreso del ser humano en la historia moderna.

En 1982, Gabriel García Márquez acepta el premio Nobel de literatura recordando y homenajeando en su discurso, “La Soledad de América Latina”, la frase optimista de su “Maestro” William Faulkner. Mientras el optimismo de Faulkner surge del realismo del fin de la mayor masacre en la historia de la humanidad y el surgimiento de un nuevo orden internacional, el optimismo en la América Latina de García Márquez en 1982, poblada de genocidas, dictaduras, torturas, desaparecidos y niños robados, sólo podía apoyarse en el realismo mágico que alimentaba América Latina. Y con el poder de ese realismo, García Márquez, nos compelía a continuar siendo optimistas: “…los inventores de fa´bulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Cada día que pasa se reduce el margen para modificar el rumbo actual. Esperemos que el sitio de Buenos Aires sirva para lograr ese cambio.

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