Opinión

Argentina, anfitriona del G20 en un mundo G2 y G3

Fabián Calle

Lic. en Ciencia Política (UBA), Master en Relaciones Internacionales en FLACSO, Profesor en Di Tella, UCEMA, UCA, Universita di Bologna y Escuela de Guerra Conjunta de las FFAA

miércoles 28 de noviembre de 2018 - 3:11 pm

Columna publicada originalmente en Infobae

Siempre la reunión de las principales economías del mundo es un evento de alta significancia, pero la edición 2019 lo es particularmente. Este ámbito creado a fines de la década de los 90 para abordar de manera más coordinada y cooperativa las turbulencias y las amenazas en el ámbito de las finanzas internacionales se fue transformado en un foro que fue adquiriendo más peso en el plano de la política y los asuntos estratégicos.

Le toca a la Argentina ser anfitrión de quizás de él o uno de los eventos diplomáticos más importantes en la historia no solo de nuestro país sino de toda América Latina.Costará encontrar un momento donde converjan los jefes de gobierno de todas las principales potencias mundiales. Más aún en un escenario como el actual, de fuertes tensiones geopolíticas y económicas entre los dos protagonistas claves de las próximas décadas como son los Estados Unidos y China. Así como también de Washington y Moscú. Este último ya no tiene las dimensiones económicas que su antepasado soviético, pero conserva su condición de paridad en materia de armamento nuclear con Washington. Esto implica 20 veces más bombas nucleares que China. En otras palabras, dos mega potencias económicas en expansión tales como son Estados Unidos y China que se disputan y disputarán la primacía. Pero en un escenario donde un tercero, en este caso Rusia, supera ampliamente en capacidades de armas de destrucción masiva y poder militar convencional al gigante asiático.

Uno de los principales consejos que el mítico Henry Kissinger le hace a Donald Trump es comenzar el largo camino, con paciencia e inteligencia, para mejorar las relaciones en todos los planos entre Moscú y Washington, para concentrarse en China, que es el actor que verdaderamente desafía la hegemonía del sistema internacional. Un repaso de la larga historia sino-rusa nos mostraría que distan de ser dos países que han mantenido fluidas y amistosas relaciones. Aun durante las épocas de regímenes comunistas en ambos Estados, las tensiones fueron creciendo pos muerte de Stalin, en 1953. Incluyendo un choque armado en la amplia frontera en común en 1969 y el acercamiento del gobierno maoísta a los Estados Unidos articulado por Kissinger durante la administración Nixon, en 1972, con el objeto de complicar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS) en su estrategia global.

La unipolaridad americana pos colapso de la URSS, así como la tendencia en Washington durante las administraciones Clinton, George W. Bush y Obama de empujar la influencia de Washington en zonas geográficas sensibles para Moscú, terminaron acercando a rusos y chinos en la búsqueda de algún grado de balance de poder frente al momento unipolar. La desafortunada decisión de la administración Bush, en el 2001, de responder al ataque de Al Qaeda con una innecesaria invasión a Irak, que ya no era una amenaza militar desde su derrota en manos de los Estados Unidos y sus aliados en 1991, distrajo a la megapotencia de su misión de largo plazo principal, o sea, contener el desafío chino y hacer de articulador y líder de espacios de coordinación y cooperación con los otros Estados, incluyendo a la misma China y a Rusia, para enfrentar amenazas transnacionales y globales como son el cambio climático, el terrorismo, el narcotráfico, la proliferación de armas de destrucción masiva, las crisis migratorias, la voracidad descontrolada del capital financiero y sus efectos sobre la estabilidad global (basta ver el devastador efecto de la crisis del 2008), etcétera.

Frente a estos temas, acumular cabezas nucleares y poder económico y bélico no alcanzan. Si no recordemos que el mayor ataque sobre el territorio continental de los Estados Unidos no se produjo en el período multipolar de 1914 a 1943 (año en que ya quedó claro que Alemania y Japón marchaban hacia la derrota) ni en el bipolar de 1945 a 1989, sino en plena unipolaridad, el 11 de septiembre de 2001.

Un factor positivo del actual escenario internacional, signado por tantas incertidumbres, malestares y tensiones, es la solidez dentro de sus respectivos países que tienen los liderazgos de Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin. Lo cual les quita o reduce la tentación de jugadas alocadas o altamente riesgosas, tan propias cuando esa fortaleza no está presente y se la busca recuperar. Esas espaldas anchas que los tres tienen en su frente doméstico pueden ayudar a que asistamos a algunas dosis de distensión en materia comercial entre Estados Unidos y China durante este G20. Más difícil, pero no imposible, sería que Trump pueda comenzar y acelerar en esto a días en Buenos Aires lo que Kissinger viene sugiriendo desde que ganó las elecciones en el 2016, o sea, establecer una relación firme pero constructiva y pensando en el largo plazo con Rusia. Pocas cosas benefician geopolíticamente más a China que la subsistencia de agudas tensiones en el vínculo Washington-Moscú.

Los partidarios de Hillary Clinton en el círculo rojo americano deberían poner los intereses nacionales de su país por encima de sus enojos y sus traumas con Trump. Dejando de lado la cantinela de la injerencia rusa en el triunfo de este dos años atrás. Más aún cuando más de 24 meses después no se ha logrado ningún informe contundente sobre el tema. Asimismo, en un minuto de sinceridad deberían recordar que la política internacional no es un té de señoritas como muestran las películas antiguas y que por ello mismo Obama no dudó en alentar el ascenso de gobiernos con posturas antagónicas a Rusia como es el caso de Ucrania. Cabría imaginar qué pasaría en Washington si un líder ayudado y alineado con Rusia asumiese en México.

Pero la dimensión multilateral que caracteriza el G20 estará más que matizada por cuestiones bilaterales de alto impacto para el sistema internacional y, de forma más modesta, para nuestro país. Nos referimos a las posibles reuniones o cumbres entre de Trump con el mandatario chino y del mismo presidente americano con Putin.

Asimismo, en un hecho positivo inédito un presidente argentino tendrá la oportunidad de tener una amplia sesión de trabajo con Trump un día antes del G20 y con Xi Jinping el día posterior a su finalización. Dos fotos claves que nos anticipan el equilibrio y la inteligencia que los gobiernos argentinos de las próximas décadas deberán llevar adelante entre estos gigantes. Reconociendo los intereses vitales de ambos y debiendo hacerlo lo más compatible posible con una hoja de ruta prudente y realista para nuestra política exterior. Con China hay un largo camino para recorrer juntos en materia comercio, inversiones e infraestructura. Salvando la distancia, es lo más parecido a lo que fue Gran Bretaña entre finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX para nuestra matriz exportadora. En tanto con Washington tenemos por delante la articulación virtuosa en áreas como energía convencional y también la renovable, tecnología de punta, la cooperación frente a temas como el narcotráfico y el terrorismo, la preservación de América Latina como zona libre de armas nucleares o de uso dual, respuestas humanitarias frente al colapso de Venezuela, la consolidación democrática y de la división de poderes en la región, la lucha contra la corrupción y el autoritarismo de cualquier signo político, etcétera.

Un logro no menor del actual Gobierno argentino es haber estructurado fluidas relaciones tanto con los Estados Unidos, China y la misma Rusia. De manera desideologizada y sin poner en el centro de la estrategia los jueguitos para la tribuna o convencer a los convencidos del electorado argentino, como sucedió de manera más y más aguda a partir la cumbre de presidentes de las Américas en Mar del Plata, en 2005. Tomando en cuenta que estamos a nueve meses del inicio de las rondas electorales en nuestro país, cabría sugerirles a los candidatos con posibilidades reales de ganar que se olviden de recetas mágicas de alineamiento carnales con China y Rusia para alejarse de los Estados Unidos o viceversa. Más aún cuando la edad de oro de los precios de la soja que tuvimos en la década pasada ya quedó atrás y el comprador serial de bonos que era Venezuela está en pleno colapso. Así como ni imaginar un show para los creyentes del relato como se hizo en el 2005 en Mar del Plata con Bush como blanco. Hacerlo contra Trump tendría consecuencias difíciles de cuantificar.

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