Opinión

Mi batalla contra el malhumor

Dolores Caviglia

Periodista. Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires.

miércoles 14 de noviembre de 2018 - 2:48 pm

(Columna publicada originalmente en La Nación)

En esos días en que me despierto con ganas de irme a dormir y las horas se estiran a la par de que las cosas me salen mal (porque en el trabajo no hice todo bien, porque con Ezequiel no logramos entendernos, porque me pongo a escribir y me leo tan pésima y llego a la conclusión de que debería dejar de golpear esa puerta que nunca se va a abrir), lo único que impide que me largue a llorar como aquel verano en la costa cuando tenía cinco años y me perdí en la peatonal y la gente a mi alrededor aplaudía para que mis padres me encontraran es la certeza de que voy a volver a mi casa.

Y voy a sacarme la ropa con la ilusión de que con ella también se va a ir esa furia satánica y voy a quedarme descalza para que mis pies se apoyen y voy a apretar el botón del equipo de música con el signo más tantas veces como mi rabia domada lo necesite para que en el instante en que la canción por fin se escuche me atraviese la piel y yo pueda cantarla, gritarla, aullarla.

Pero quizá no alcance. Tal vez mi ánimo ese día necesite más para dejar de sentirse desgraciado y todo ese barullo armónico no sea otra cosa que la entrada en calor de mi garganta y del living me vaya a la habitación y, como Alicia, del otro lado del espejo, donde mi cama no es cama sino escenario; donde mi armario no guarda ropa sino gente sentada en hileras que está allí para escucharme a mí. Y yo canto, siempre el mismo tema, “Stay” de Lisa Loeb, ese que descubrí cuando conocí a Ethan Hawke y a Winona Ryder en la película Reality Bites. Se lo canto a todos pero en especial a esa jefa que me daba besos en la frente como si tuviera dos años y me decía “Lolita”; al nabo del que me enamoré y me volvía loca, al arrogante que me leía poesía de madrugada, al que me quiso callar, al que me vio incapaz, a la que no creyó en mí, a la insoportable que no para de criticarme para no criticarse.

Yo, a la hora que sea y con lo que tenga a mano, simulo un micrófono y sentada en una banqueta alta que no está me luzco, me descargo, me redimo y me la banco. Sólo después me siento el sofá, me como un chocolate y me fumo un cigarrillo.

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