Opinión

La chatarra de la comida chatarra

Soledad Barruti

Autora de los libros Malcomidos y Malaleche (Planeta)

Publicado originalmente en Revista Anfibia, este fragmento del libro "Mala Leche" acompaña a la autora Soledad Berruti y la neurocientífica Jimena Ricatti en el recorrido de los coloridos pasillos de un supermercado, en busca de explicar cómo las marcas construyen un mundo de sentidos para vender sus alimentos ultraprocesados

jueves 1 de noviembre de 2018 - 12:30 pm

*(Adelanto del libro Mala Leche, de Soledad Barruti. Editorial Planeta)

Es martes por la mañana y Walmart huele a recién estrenado como cada vez que abre sus puertas; música funcional, piso brillante y las góndolas atiborradas de productos sin espacio vacío. La médica y neurocientífica Jimena Ricatti —ojos redondos y chispeantes, pelo en corte carré, vestido beige a lunares blancos— llega puntual al encuentro.

—El supermercado es el lugar perfecto para que la comida se convierta en una trampa. Pero, ¿qué pasa si nos disponemos a recorrerlo buscando no caer en ella? —me propuso unos días atrás y a eso vinimos.

Ricatti tiene cuarenta años, es argentina de nacimiento, italiana por opción e investiga cuál es el efecto de la manipulación sensorial sobre el gusto: un enigma que la lleva a explorar ingredientes, aditivos, paquetes y publicidades, y, por supuesto a pasar largas hora en lugares como este.

Nos reunimos frente a las cajas de cereales de desayuno, acomodadas en un tetris perfecto de azúcar, chocolate, simpáticos tigres, elefantes, osos y promesas de fibra, vitaminas y bajo colesterol, y comenzamos.

—Solo miremos —dice y eso hago: avanzo a su lado en silencio viendo las góndolas como si fueran un paisaje.

De los cereales vamos hacia el sector lácteos donde se amontonan los potes de yogures y postres, decorados con dinosaurios y pastillas de colores, y los sachets sobre los que se imprimen frutas, vainillas, siluetas de mujeres flacas con sus nombres como mandatos: Ser, Activia, Regularis. Seguimos entre inmensas botellas de jugo y gaseosa rellenas de colores radiantes —azules, violetas, verdes, dorados, naranjas, rojos— y luego nos detenemos en los veinte metros dedicados a los jugos en sobre que esta temporada son puras combinaciones exóticas: maracuyá y banana, naranja dulce y durazno, fresa y melón. Miro los snacks —3D, Cheetos, Dorito— construcciones rarísimas que habría que traducir a alguien que viaja en el tiempo de un pasado más bien reciente. Rodeamos la góndola de galletitas con sus paquetes lustrosos que resguardan una variedad casi infinita de sabores para comer a cualquier hora, y algo empieza a suceder. Llegué al supermercado con un poco de hambre (ella me había sugerido que así lo hiciera) y aunque la idea era encontrar argumentos que me ayudaran a mejorar la alimentación de mi hijo, el encanto surte efecto: de repente se me antojan unas galletitas, ¿Melbas? ¿Frutigran? ¿Sonrisas? ¿una de cada una?, pienso y Ricatti, como si me estuviera leyendo la mente, dice:

—¿Acaso no se te antojan? Es inevitable. Estos productos con toda su variedad nos encienden: las presentaciones provocan estímulos sensoriales fuertes que avisan que dentro de esos paquetes hay grandes cantidades de grasa y azúcar: exactamente lo que el cerebro está programado para buscar —dice llevándome hacia el extremo opuesto en el que estamos: a la verdulería.

—Nuestro mapa alimentario hasta hace unos años hubiera sido algo mucho más parecido a esto aunque mucho más amplio y diverso —dice mientras observamos las bananas verde flúo y duras como el plástico, zanahorias y tomates que parecen haber estado congelados una eternidad (y probablemente lo hayan estado), lechugas chamuscadas, manzanas pálidas, naranjas golpeadas, papas todas iguales: una pila de papas negras de tierra, otra con las papas ya lavadas. Productos atemporales, casi sin sabor y regados con venenos.

—No solo no son atractivos per se, luego de tantos estímulos es lógico que no nos seduzcan. El cerebro quedó deslumbrado, el organismo sintió el impacto de esas promesas comestibles, ahora hay que convencerlo de que las frutas y verduras que no tienen ni azúcar en abundancia ni grasa también son ricos.

El mensaje detrás de la puesta es claro: el supermercado gana tres veces más dinero vendiendo ultraprocesados que comida de verdad, la industria aumenta exponencialmente sus ingresos cuanto más procesa los mismos ingredientes baratos, y eso se refleja en la disposición y dedicación que le ponen a unos y otros.

—Pero volvamos a las galletitas —sugiere Ricatti y eso hacemos. Nos ubicamos otra vez entre esos paquetes que parecen estar tanto más vivos que las cáscaras y hojas.

—Cerrá los ojos —dice, toma uno de los estantes y mueve apenas el papel. Siento cerca de la oreja derecha el crujido leve del plástico, el paquete que se abre. Extrae una galletita, el aire se vuelve de chocolate y vainilla, indudablemente Oreo, y se me hace agua la boca.

—Estas galletitas son el resultado del estudio de nuestros cinco sentidos. Más que generar placer —algo que está vinculado siempre a la buena comida— lo que buscan es disparar una excitación irrefrenable. Y ahí hay una gran diferencia: la industria defiende sus preparaciones diciendo que son productos placenteros, sin embargo, son productos que van más allá del placer, que tienen una intensidad tal que pueden provocar adicción.

—¿En estas galletas sucede algo así?

—Exactamente. Hay libros que describen cómo fueron pensadas: la suma de grasa y azúcar, el contraste entre las capas negras más saladas y el relleno blanco extremadamente dulce, la crocantez exterior y el interior más húmedo y blando… se llama contraste dinámico: un lindo sacudón a la mente que se puede completar combinando las galletas con un vaso de leche.

—¿Por qué?

—Porque la leche limpia el paladar y entonces podés comer más. Un trago de leche, una mordida de Oreo y así hasta terminar el paquete. Es perfecto. Y lo mismo ocurre con estas, y estas, y estas —dice, señalando paquete por paquete las de vainilla, frambuesa, miel, las que dicen tener cereales—. Son los fuegos de artificio de esta gran película de ciencia ficción que es nuestra cultura alimentaria. La diversidad con la que presentan los mismos ingredientes mantiene despierto el deseo: algo fundamental si sos una empresa que fabrica comida y querés vender mucho.

Seguí leyendo la columna completa en Revista Anfibia

COMENTARIOS