Opinión

1983-2018: La involución democrática

Julio Villalonga

Periodista. Director de Gaceta Mercantil

martes 30 de octubre de 2018 - 2:12 pm

No fue un domingo cualquiera. El 30 de octubre de 1983 salí a la calle con una cámara de fotos prestada. Era mi primera cobertura importante: volvía la democracia a la Argentina después de la más brutal dictadura cívico-militar de su historia.

Se sentía en el aire eso que, después sabríamos, se siente muy pocas veces: un ramalazo eléctrico en el corazón. Millones de argentinos sabíamos lo que se había perdido, y sabíamos lo que se estaba ganando después de décadas de frustraciones y violencia.

Los recuerdos se trastocan. La memoria es selectiva y, por alguna razón, solo recuerdo la entrada del hotel donde se alojaba Raúl Alfonsín, en la avenida 9 de Julio. Y la del Congreso por avenida Rivadavia, por la que ví pasar a César Jaroslavsky, un ídolo gruñón de los primeros tiempos de la democracia recuperada, con quien luego tendría una cercana relación.

Toda una vida pasó, como arena entre las manos. Teníamos alrededor de 20 años y cientos de páginas en blanco y ahora tenemos 35 más, y muchas hojas arrancadas o mal escritas.

Resulta muy difícil transmitir a los que nos siguen aquello que vivimos con tanta intensidad, con tanta pasión, hace tres décadas y media. Para los que pasamos nuestra adolescencia y el comienzo de la adultez en dictadura, leyendo -y luego trabajando en la ahora mítica revista Humor-, o pasándonos cassettes de la Nueva Trova cubana, casi sin darnos cuenta estábamos viviendo una revolución. Salvando las distancias, claro, pero era revolucionario que más de la mitad de los argentinos hubiera salido a votar por Alfonsín, que había hecho campaña con el preámbulo de la Constitución. Esa era toda la épica. El último intento faccioso había salido terriblemente mal y miles de compatriotas estaban muertos o desaparecidos. La campaña electoral de 1983 y su inesperado resultado tenían todos los condimentos para volver a ilusionarse, tratando de no cometer los errores del pasado reciente.

Lo que vino después es más o menos conocido. La democracia, el menos malo de los sistemas, se degradó, se formalizó, creó su propia casta, y las demandas insatisfechas se multiplicaron.

Si para muchos, hace tres décadas, era ridículo inmolarse en el altar de la democracia participativa, a una meramente formal hoy casi nadie se molesta en defenderla. Está porque no hay nada que la reemplace.

Por ahora.

Precisamente sus limitaciones han abierto un abismo frente a una herramienta que podía ser de cambio y hoy es un sistema institucionalizado que promueve la corrupción y la ventaja para una élite que la administra. Si este sistema de cosas no se cae es porque no hay aún nadie que lo empuje.

El triunfo, el pasado domingo en Brasil, del ultraderechista Jair Bolsonaro, me hizo recordar una charla con Alfonsín que tuve a comienzos de los noventa, en su oficina de Congreso. Me dijo entonces que no había que dar nada por sentado. Que el Pacto de Olivos era una respuesta a las rebeliones militares que él y Carlos Menem había soportado. Y que si la democracia como sistema no se fortalecía, todo lo demás sería papel picado. Era su manera de defender aquel acuerdo de cúpulas que tenía otros fines más prosaicos. El caudillo radical se aferraba a las formas más que a los contenidos y en un país mediocre como el nuestro, levantaba la bandera de la democracia como lo posible y lo revolucionario, a la vez.

La falta de osadía, de liderazgos lúcidos, nos llevó hasta hoy. La democracia es asediada por los que prometen soluciones rápidas frente a los que administran la pobreza y la exclusión con dósis homeopáticas. Algunos, desde la cumbre del Estado, con un discurso más abarcador. Otros, con una gestión más indolente.

Mientras tanto, las mayorías silenciosas mascullan su frustración, cuecen a fuego lento el guiso de la reacción, la más violenta, la surgida del resentimiento. En las urnas o fuera de ellas.

Columna publicada originalmente en Gacetamercantil.com

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