Elecciones en Brasil

Jair Bolsonaro presidente, una pesadilla que se hizo realidad

Bruno Bimbi

Periodista. Corresponsal de TN en Brasil

El excapitán del ejército, defensor de la dictadura y de la tortura y enemigo de los homosexuales y otras minorías, llega al gobierno con el 55% de los votos después de prometer que va a “barrer del mapa a los rojos” y amenazar a sus opositores con la cárcel o el exilio.

lunes 29 de octubre de 2018 - 1:10 pm

“Por primera vez en 32 años de ejercicio del derecho al voto, un candidato me inspira miedo”, tuiteó este sábado Joaquín Barbosa, anunciando su voto por Fernando Haddad. Barbosa fue el primer abogado negro que llegó a la Corte Suprema, de la que fue presidente, y también fue el juez que condenó, en la causa del “mensalão”, a José Dirceu, exjefe de gabinete de Lula.

Empiezo esta nota cuando aquí, en Río de Janeiro, la votación ya acabó, pero los primeros resultados aún demorarán más de una hora, porque en Acre y parte del Amazonas todavía están votando. Mientras escribo, “miedo” es la palabra que mejor define una espera que no se parece en nada a la de ninguna elección que haya vivido antes. Miedo de verdad, de esos que te hacen pensar que es hora de irse.

No es apenas una elección. No es sobre izquierda y derecha, oficialismo y oposición, o sobre uno u otro partido. Sé que esto es difícil de entender para quien no está viviendo en Brasil en este momento. En votaciones normales, cada uno tiene su preferencia, pero si gana el otro candidato, no pasa nada grave. Es parte del juego democrático y está bien que así sea, porque la alternancia produce, a lo largo, efectos positivos. Pero hoy es distinto: es la propia democracia lo que está en juego, no apenas como forma de gobierno –que puede continuar existiendo formalmente por un tiempo–, sino como forma de vida. Es una elección entre civilización y barbarie.

Hasta Marine Le Pen, la líder xenófoba francesa, parece una persona moderada y sensata al lado de este hombre.

Hay quienes creen que los periodistas deberíamos ser neutrales y no tomar partido jamás. Los leo en las redes sociales y me imagino cómo sería ser corresponsal en Berlín, en 1933, siendo “neutral” frente al avance de Adolf Hitler – y antes de que alguien me corra con la ley de Godwin, les recomiendo que busquen lo que el mismísimo Mike Godwin dijo sobre Hitler y Bolsonaro-. Pero, aún en circunstancias menos dramáticas, la neutralidad es un “hagamos de cuenta”, una forma de engañar a quien nos lee, como si no hubiese mediación entre la realidad objetiva y el texto.

No hay nada más tendencioso y falso que un periodista “objetivo” que disfraza su subjetividad con las herramientas que le da el oficio. Y eso se vio mucho en estos días, aquí en Brasil.

La mayoría de los medios de comunicación más importantes del país trataron de presentar la elección entre Bolsonaro y Haddad como una disputa entre dos extremos. Esa equivalencia no existe. Haddad es un político comprometido con los valores democráticos, mientras que Bolsonaro ha dicho innumerables veces que está a favor de la dictadura como forma de gobierno, defendió el uso de la tortura, se refirió con admiración a Pinochet y dijo que el error de los militares brasileños fue torturar y no matar. Dijo, tiempo atrás, que en Brasil habría que matar a por lo menos treinta mil.

Muchos medios trataron de equiparar a los dos candidatos como si fuesen dos proyectos autoritarios, uno de izquierda y el otro de derecha. No es verdad. Primero, porque el PT gobernó Brasil por más de 12 años y no hubo, en todo ese período, censura a la prensa, persecución de opositores o cualquier tipo de abuso antidemocrático. Los jueces designados para la Corte no eran amigos, el procurador era electo por sus pares del Ministerio Público y cuando el Congreso destituyó a Dilma Rousseff, ella entregó el poder. Bolsonaro promete hacer todo lo contrario.

Ahora mismo, en esta campaña, en su último discurso, transmitido en vivo para miles de seguidores en diferentes plazas y avenidas del país, dijo que, si llega al gobierno, va a “barrer del mapa” a todos los “rojos”, y advirtió directamente a los militantes del PT que no habrá más lugar para ellos en el país y que deberán “adaptarse” o elegir entre la cárcel y el exilio. Dijo que las policías y las Fuerzas Armadas tendrán en su gobierno “retaguardia jurídica” para aplicarles la ley “en el lomo” a “los rojos” que no se adapten, y amenazó a su adversario, Fernando Hadad, con mandarlo a la cárcel.

Vivo acá y todo eso me da miedo, como a Barbosa. Los periodistas somos humanos y vivimos en la misma sociedad que el resto, afectados por los mismos problemas, miedos, frustraciones, esperanzas, deseos y expectativas. Lo que nuestra profesión nos exige no es ser neutrales, sino honestos y transparentes, cumpliendo con todo lo que aprendimos para que la información que les hacemos llegar a los lectores sea de buena calidad y sin trampas.

Además, ¿cómo ser neutral, siendo yo mismo gay, frente a un candidato que dice, por ejemplo, que preferiría tener un hijo muerto a uno homosexual?

De todas las barbaridades que ha dicho Bolsonaro a lo largo de los últimos años, esa fue la que más me impactó. Mi hermano Esteban, que era heterosexual, fue asesinado a los 19 años, de modo que tengo perfecta noción de lo que significa, para una familia, un hijo muerto. Por eso, no es solo por ser gay, sino también por la experiencia de esa tragedia familiar, que no puedo concebir cómo podría ser presidente de un país un señor que es capaz de pronunciar la frase: “Preferiría tener un hijo muerto”. Estamos hablando de un psicópata.

Ese psicópata –mientras escribo, los datos oficiales ya lo confirman– será presidente de Brasil con el 55% de los votos. Si cumple el 10% de lo que prometió –esta elección es tan inusual que mucha gente que lo vota confía, como algo positivo, en que no lo hará–, este país se transformará rápidamente en un infierno.

Prometió liberar la venta de armas, para que todo brasileño tenga una, en un país con índices estratosféricos de violencia: cualquier discusión de tránsito o pelea con vecinos podrá acabar a tiros. Prometió retirar a Brasil de la ONU, entre otros organismos y tratados internacionales (se desdijo de su promesa de salir del Acuerdo de París, pero su futuro ministro de Medio Ambiente dice que el calentamiento global es un mito). Prometió acabar con los tratamientos gratuitos para los pacientes con HIV, cambiar a los directores de escuelas por militares, dar carta blanca a la policía para matar. Esa promesa fue reforzada en un encuentro con policías del temible BOPE, a los que les dijo que “quienes van a mandar en este país son los capitanes”. Prometió acabar con el “victimismo” de las mujeres, los gays, los indios y los nordestinos, eliminar los derechos civiles de la población LGBT, acabar con la demarcación de tierras indígenas, prohibir cualquier cosa parecida a la ESI en las escuelas brasileñas. También amenazó con cortar la publicidad oficial a los medios de comunicación que lo critican y dijo que quiere un país “sin Folha de São Paulo”, diario que reveló el esquema de corrupción y fake news usado en su campaña.

Sus hijos y sus futuros ministros también hicieron sus propias promesas. Su hijo Eduardo dijo que podrían mandar “un soldado y un cabo” para cerrar la Corte Suprema. Su futuro ministro de Educación, un general del ejército, propuso enseñar el “creacionismo” en las escuelas. Su vicepresidente, reformar la constitución por decreto y, en caso de necesidad, cerrar el Congreso. Y esos son apenas algunos ejemplos, parte de una larga lista de brutalidades, propias del perfil de un político que le dijo a una diputada que no la violaría porque “sos fea, no te lo merecés”. Como Bolsonaro no tiene algo parecido a un programa de gobierno, lo que sabemos son sus propuestas lanzadas al viento, que a veces ratifica, otras veces rectifica, otras veces dice que fueron sacadas de contexto.

Conocemos, también, su historia. Excapitán del ejército y admirador del torturador Brilhante Ustra (un Astiz brasileño), su mayor ídolo, Bolsonaro construyó toda su carrera política usando el odio, las mentiras y la violencia como armas. Su mayor obsesión, el tema del que no paró de hablar ni por un segundo durante los últimos ocho años, son los homosexuales. Su principal actividad en el Congreso era luchar contra los derechos de la población LGBT. Dijo, entre otras cosas, que tener un vecino gay desvaloriza la propiedad, que tener un hijo gay es por “falta de golpes” y que si viese a dos hombres besándose en la calle los golpearía.

Sus seguidores, envalentonados por las palabras de su Führer, lo hacen todo el tiempo. Y en las últimas semanas, desde que Bolsonaro ganó la primera vuelta, la violencia contra la población LGBT en las calles de Brasil aumentó de forma alarmante, así como las constantes amenazas: “Ya vas a ver cuando el capitán sea presidente”.

Ya vamos a ver. Barbosa tiene razón: da miedo. Hasta hace unos días, era apenas una pesadilla: ahora ya no hay cómo despertarse.

Columna publicada originalmente en TN.com.ar

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