Opinión

Brasil: un Congreso atomizado dificultará la nueva gestión

Tom C. Avendaño

Periodista. Editor en El País Brasil.

El nuevo presidente tendrá que imponer su agenda con un brazo legislativo más atomizado y volátil que nunca en democracia

lunes 29 de octubre de 2018 - 11:44 am

Gobernar no le resultará fácil a Jair Bolsonaro. Además de una economía renqueante y una polarización política extrema, el ultraconservador se enfrentará a un Congreso atomizado en 30 partidos (muchos de ideología indefinible, la mayoría de tendencia conservadora). La Cámara, así, se ha convertido, tras la primera vuelta del 7 de octubre, en una metáfora casi perfecta del país, un galimatías más fragmentado, retrógrado y reacio a liderazgos que nunca. La influencia religiosa será notable.

En la primera vuelta desaparecieron incontables caras conocidas, cuando no linajes políticos enteros. De 513 diputados federales, solo 240 fueron reelegidos, y todos repartidos en 30 formaciones, el número más alto de la democracia (y prácticamente el doble que hace 20 años, cuando eran 18). Con estos cambios, han desaparecido también los corsés ideológicos que bloqueaban los proyectos más radicales. Y ahora, un nuevo presidente aterrizará en estas arenas movedizas, con una cartera llena de proyectos.

La apuesta más segura, como casi siempre en el Brasil de los últimos años, son las propuestas retrógradas. En el Congreso brasileño se habla cada vez más de la influencia ultraconservadora de los diputados BBB (Biblia, por los evangélicos; Buey, por los defensores de la industria agropecuaria, y Bala, por los acérrimos guardianes de la seguridad), pero ahora puede incluirse una nueva B, la de Bolsonaro.

La agrupación del ultraderechista, el Partido Social Liberal (PSL), ha pasado, gracias al éxito del candidato, de tener un único diputado en 2014 a tener 52, un estrafalario grupo donde se encuentran militares, policías (incluida una agente que se hizo famosa tras matar a un supuesto delincuente en un vídeo viralizado), un exactor porno, un descendiente de la familia real brasileña y exatleta olímpico. Juntos, sin embargo, suman 7,6 millones de votos. La mayor agrupación sigue siendo el Partido de los Trabajadores (PT) del expresidente Lula da Silva, con 56 diputados, aunque el mayor fenómeno sea el bolsonarismo.

Y tiene proyectos específicos. Quiere reducir la edad a partir de la que se puede entrar en la cárcel a los 17 años; quiere legalizar las armas; ilegalizar el aborto y prohibir la enseñanza de cuestiones progresistas en la escuela (igualdad racial, sexual y de género, por ejemplo). No todas se ven igual. Los datos que manejó Bolsonaro en campaña decían que no mucha gente apoyaba la legalización de las armas. La reducción de la edad penal, sin embargo, tiene una aprobación del 80% de aprobación (depende también de los gobiernos de cada Estado, ya que aumentaría sus gastos; estos gobiernos también acaban de cambiar, ya que ayer se eligieron 14 nuevos, la mayoría afín a Bolsonaro).

Si lo que hace falta son más diputados, perfectamente podría haberlos. Una nueva ley electoral dificulta el acceso a fondos electorales a los diputados de aquellas agrupaciones que no hayan logrado o bien el 1,5% del total de los votos o bien nueve diputados en nueve Estados distintos. Hay 90 diputados en esta situación, que se pueden ver tentados a apuntarse a la ola triunfal del PSL. Las normas brasileñas permiten mudarse de partido a los electos. Eso los que no acepten sumarse al PT y contribuir a la rehabilitación de la izquierda brasileña.

Este nuevo panorama, que no es nada menos que la mayor renovación parlamentaria en la historia reciente de Brasil, delata algunas de las preocupaciones de la sociedad brasileña. Se ha perdido la fe en las grandes agrupaciones clásicas: el partido más veterano, el MDB (Movimiento Democrático Brasileño), ha pasado de 66 diputados a 34; el imponente PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña) era la tercera potencia parlamentaria y ahora es la novena. La misma lógica se ha aplicado a los gigantes de la vieja política, como la expresidenta Dilma Rousseff, que aspiraba a entrar al Senado por el PT, o la familia del expresidente José Sarney, que llevaba 60 años en la Cámara. Todos se han quedado fuera.

El impacto del ‘caso Petrobras’

Casi todos los políticos que han perdido su escaño estaban relacionados con el verdadero ganador de las elecciones, el caso Petrobras, la investigación que reveló —en plena recesión económica— que prácticamente toda la clase política, de arriba a abajo y de izquierda a derecha, participaba en una trama de malversación de fondos públicos. Unos pocos pagan por defender la investigación, pero la inmensa mayoría de los cientos de cabezas que han rodado en el poder legislativo eran investigados.

Columna publicada originalmente en El País

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