Opinión

Brasil: el voto subterráneo

Ricardo Rouvier

Titular de la consultora Ricardo Rouvier & Asociados

martes 23 de octubre de 2018 - 11:40 am

1- El fin de un ciclo

Es muy probable que Bolsonaro, un ex militar líder del Partido Social Liberal, sea el próximo presidente de la República Federativa del Brasil. Cincuenta millones de electores lo pusieron en el nivel de lo obtenido por el PT en el 2002, 2006 y 2010; y cerca de ganar en primera vuelta.  Estamos ante una contrafigura del PT y del reciente proceso progresista de la región. La elección presidencial brasilera confirma el nuevo ciclo que indica un desplazamiento hacia derecha, con el acorralamiento del chavismo, el retroceso de la Revolución Ciudadana ecuatoriana, la derrota electoral del kirchnerismo y la incertidumbre sobre Nicaragua, hoy auditada por el FMI. La disolución del Unasur; y el gran interrogante sobre el futuro del Mercosur son indicadores suficientes para dar por finalizada una etapa y el comienzo de otra. Marchamos hacia un acotamiento de la democracia liberal en línea  con lo que vive parte de Europa, sostenido sobre el desencanto generalizado de los pueblos sobre la política.

Se impone con urgencia una reflexión dirigencial sobre los motivos que tiene el voto popular que se inclina hacia una dirección que no les promete algo esperanzador, excepto el agotamiento de lo vigente. Seguramente la reflexión se demorará o no se realizara por las urgencias de la coyuntura.

El dominio del PT se extendió desde el 2002 hasta el 2016. Dentro de ese período hubo diversos vaivenes, propios de las fluctuaciones internacionales y las provocadas por las alianzas del Partido y las contradicciones internas de la izquierda dentro de un régimen político liberal articulado con la hegemonía mundial capitalista. Lula, con su incuestionable liderazgo, alcanzó una estatura de estadista, logrando modular el destino manifiesto del Brasil con la socialdemocracia. Una versión, otra más, del populismo en la región. Pero el problema del populismo en su desempeño bajo el régimen dominante estructural, es transitar las crisis de la dependencia y mantener el consenso de la sociedad civil. El tiempo es una oportunidad y una amenaza para los reformistas, hay que saber maniobrar con situación internacional favorable como desfavorable, sosteniendo la llama viva de la utopía.

La performance del progresismo en la región, con sus diferencias internas, es un buen ejemplo sobre lo que puede pasar cuando uno duerme con el enemigo todas las noches. Las dificultades consisten en gestionar un gobierno con un poder acotado, sin liberarse de la hegemonía mundial capitalista, del liberalismo político y el individualismo en lo cultural.  Durante los primeros años de la etapa, Lula se convirtió en un dirigente reconocido en los países centrales, menos radical de lo era percibido fuera del Brasil.

La expresidenta Dilma Rousseff acaba de perder la elección para un escaño en el Senado en su propio territorio, Minas Gerais, al quedar en cuarta posición con un 15,04 % de los votos. En el 2010, en todo el país, había obtenido el 46,7% y en el 2014 el 41,59%. Otra prueba sobre el voto castigo, destacado protagonista de la primera vuelta. Había sido reelegida presidenta pero el 31 de agosto del 2016 el Senado aprobó su destitución con 61 votos a favor y 20 en contra.

El actual presidente Michel Temer, líder del PMDB, aliado del PT (alianzas electorales de pura especulación cuantitativa que yuxtaponen ideologías refractarias entre sí), ocupó la vicepresidencia y fue uno de las artífices de la operación destitutiva de Rousseff. Es posible que al actual presidente lo espere la Justicia luego de finalizar su mandato ya que su nombre aparece reiteradamente en la mescolanza entre lo público y lo privado.

Cuando se terminó el balance favorable de los términos de intercambio, la economía de Brasil ingresó en una declinación económica que se expresó en la profunda recesión de 2014 y 2016. Dilma enfrentó esa situación apelando a las recetas ortodoxas que las hegemonías siempre ponen a disposición del poder político, sea liberal o sea populista, sea militar o sea civil.  Unos años antes, Lula exhibía orgullosamente que se había posibilitado una extraordinaria movilización social sacando a 28 millones de conciudadanos de la pobreza. Eso se convirtió en recuerdo en tiempos de Dilma en que la inflación hacía su trabajo de demolición y, al haberse engrosado tan rápidamente la clase media, se elevaba cualitativamente el horizonte de las nuevas demandas sociales. A veces la  política profesional cree que los ciudadanos siguen siendo aquellos que fueron alguna vez.

Todo este escenario electoral de hoy no puede dejar de considerar que Lula, el candidato que lideraba las encuestas hasta hace muy poco, está inhabilitado para participar por un proceso que inunda a buena parte de América Latina y el Caribe: la corrupción.

Más allá de la polémica sobre la existencia o no de la articulación espuria entre capitales privados y Estado, para los electores la corrupción es algo que existe. Esa creencia se suma a la prueba contrafáctica de que si hubiera competido Lula Da Silva, el resultado hubiera sido otro. La renegación sobre la incidencia real de la alianza público/privado en negocios en el populismo o en el progresismo o en la socialdemocracia. evita un debate profundo acerca de que estas prácticas ya no son privativas de las derechas. Pensar que esta creencia colectiva sobre la corrupción en la política es sólo una creación deliberada de los grandes medios es una excusa insostenible.

Y señalar la inoportunidad de discutir eso ahora en nuestro país porque enfrentamos una prueba electoral el año próximo es la eterna excusa para no debatir nada.

El PT conservó el voto pobre del Nordeste, pero el triunfo de Bolsonaro en la mayoría de las regiones fue contundente y las relaciones con los gobernadores lo obligará a una negociación permanente dentro del nuevo bloque de poder a constituirse.

El posicionamiento del PT fue desplazándose de una izquierda neta a un posibilismo hacia el centro; cambió su composición partidaria pasando de un partido clasista, con presencia de la clase media, a un partido progresista. Debilitado por la proscripción de su candidato, puso a Haddad -un centrista- para ganar transversalidad, pero se malogró el intento. Obtuvo el 28,5% contra el 46,4% de Lula en el 2002, y el 48,61% en el 2006. Obviamente el PT trató de crear una imagen de la candidatura como una delegación del líder obrero, pero no resulto; la avalancha de negatividad destinada al PT y otros fue imparable.

Los partidos tradicionales en general, tuvieron un mal desempeño: el PSDB con la candidatura de Alckmin del Partido socialdemócrata de Henrique F. Cardoso se posicionó por debajo del 5% y el MDB del Pte., que llevó la candidatura de Meirelles, superó apenas el 1%. Esto muestra la crisis de representación de las instituciones tradicionales y el desborde de los consensos fragmentados por fuera de los partidos.  Bolsonaro partió de muy abajo la campaña y vino creciendo velozmente en el momento en que fue “descubierto” como un fiscal y defensor del establishment económico y cultural. Como hay una crisis de representación, hay espacios vacantes y ahí es donde pueden aparecer los Trump o los outsiders, o un político tradicional como Bolsonaro que emergió con la potencia de un independiente. Los partidos políticos son como locomotoras oxidadas que siguen dando vueltas. Con mucha hipocresía y mucha burocracia inútil siguen girando, sin posibilidades de mejorar la democracia sino su reemplazo por las elites de cualquier signo ideológico y sin participación ciudadana ni de clase. Es decir que si no hay sujeto histórico anclado en alguna clase social, o con un Partido dominante, queda el electorado como entidad social decisoria.

Pero la pregunta es, ¿por qué un voto con esa direccionalidad? Algunos dirán que se debe al factor mediático, simplificación repetida sobre la causalidad. Hay poblaciones enteras que no están expuestas a los medios tradicionales y carecen de acceso a las redes sociales. Y están los millennials que no ponen atención en dichos emisores. El grupo O Globo cuestionó a ambos candidatos. Sí se encuentra una línea  de acciones de “expulsión” del progresismo o populismo que va desde la destitución de Dilma,  luego la detención y prohibición de Lula y que concluye con el triunfo de Bolsonaro.

Algunos sectores de la gran burguesía brasileña e internacional esperan un boom económico en el país una vez que el candidato al ballotage sea Presidente. Como anticipo también tenemos las contradicciones entre el que sería el timonel económico del nuevo Estado, Paulo Guedes, discípulo de la Escuela de Chicago y la presencia militar que tradicionalmente mantiene tensiones entre el liberalismo y el nacionalismo castrense. Por el momento, los mercados han saludado favorablemente a la voluntad popular. Brasil, ahora, se transforma en un espacio fecundo y propicio para la extensión de la guerra comercial entre EEUU y China, que miran con interés esta nueva etapa. El primer combate ya se libra, EEUU es el principal exportador de soja a la República Popular que va a importar menos y será sustituido por el Brasil

2- El voto subterráneo

Como pasó con Trump, resulta difícil “a priori” considerar qué segmentos sociales quedan afuera y están dispuestos a dar un voto antisistema o anti establishment. Sin embargo esos votos están flotando y a veces quedan ocultos en los momentos de apogeo del ciclo progresista.

Las investigaciones sobre la opinión pública realizadas antes de las elecciones indicaban que el voto a Bolsonaro tenía los siguientes fundamentos: en primer lugar, la existencia de un espacio vacío entre la demanda ciudadana y el Estado ocupado por la política. Además las investigaciones sobre Lava Jato que abrió las puertas de Odebrecht, confirmaron lo que el sentido común señala desde antes de que la televisión haya aparecido: la política es una profesión para enriquecerse y nada tiene que ver con el bien común. Esta investigación estatal, aún no terminada, manchó a figuras prominentes del PT y miembros del gabinete de Lula y de otros partidos; exhibiendo una intimidad obscena entre lo privado y lo público. Petrobrás fue la empresa estatal más involucrada, y el negocio de la obra pública quedó al desnudo. Esto no sólo afectó a Brasil sino que se extendió a otros países de la región, lo que significó, entre otras cosas, la caída del presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski, un hombre no progresista precisamente. Del mismo país tenemos a Alejandro Toledo, prófugo, y a Ollanta Humala con prisión preventiva; en investigación hay funcionarios de Venezuela y Argentina. También está Keiko Fujimori, la actualmente detenida ex candidata presidencial e hija de Alberto Fujimori. Si se abriera el capítulo argentino de Odebrecht, aparecerían nombres de funcionarios del gobierno anterior y nombres cercanos al actual presidente Mauricio Macri.

Otro eje emergente en la decisión electoral es la cuestión de la seguridad. El electorado, que no encuentra solución al problema, eligió a un predicador de la “tolerancia 0”, es decir, se busca en el voto que haya represión efectiva para el delito. La no resolución de los problemas de inseguridad ciudadana de parte de los gobiernos progresistas o no progresistas señalaron al ganador como justiciero. Más allá del debate necesario sobre la nueva legislación penal y el avance de los derechos humanos, los Estados exhiben una significativa ineficacia para aminorar el delito y sobre todo la violencia en el delito. Se busca una acción punitiva que involucra a la represión más que a la prevención y a la reforma judicial sobre la base del castigo.

Los votantes expresan una reacción a la multiculturalidad y la liberalidad que se produce en la relación entre las personas. El conservadorismo del sentido común entiende que este cambio cultural pone en peligro a la familia como institución fundamental de la sociedad. Bolsonaro quiere volver a ese modelo social anacrónico, pero él se instala en los intersticios de un discurso progresista que es vencido por sus asignaturas pendientes, entre las cuales está el creciente empoderamiento de las mujeres como minoría en rebeldía.

Veremos cómo el próximo presidente logra revertir lo que parece es una presión incontenible de cambio y progreso humano. En la línea de volver a la tradicionalidad y abjurar de lo moderno por inmoral o contracultural, se inscribe el apoyo que los evangelistas dieron al candidato ganador, como se le dieron a Trump o como le sabotearon lo más posible al viaje del papa Francisco a Chile.

Este no ha sido un voto por un modelo económico determinado, es muy probable que el próximo presidente atienda la posibilidad de articular la ortodoxia monetaria con el nacionalismo industrial. Veremos si puede o si la cruda realidad le morigera su extremismo. En principio va a gobernar con un Congreso mosaico en el que tendrá que negociar día a día. Habrá veinte partidos políticos representados en la Cámara de Diputados.

En resumen, el voto a Bolsonaro tuvo un componente significativo de negatividad. Es más lo que se rechaza que lo que se promueve. Este es  un dato relevante para analizar la elección brasileña y la situación política de las fuerzas. El voto subterráneo no está en la superficie del tejido social, no es un espectador idiotizado por los medios como equivocadamente se repite sin prueba empírica. Las segmentaciones políticas tradicionales se han pulverizado y la adhesión política se ha licuado; es imprescindible conocer para comprender y comprender para establecer los caminos que habrá que inaugurar.

Columna publicada originalmente en La Tecla

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