Alimentación

Por qué tener hambre genera enojo

Qué sucede en nuestro cuerpo cuando estamos escasos de energía

miércoles 12 de septiembre de 2018 - 7:02 am

Comer puede levantarnos el ánimo si estamos bajoneadas, pero también calmarnos cuando nos encontramos tensas, porque nos induce a un estado más letárgico. Trasciende la necesidad biológica y nos deja esa sensación de disfrute que todas conocemos, porque libera hormonas asociadas con el bienestar (la dopamina y la serotonina). Es por eso que muchas veces, cuando experimentamos emociones negativas, recurrimos a comer aunque no tengamos hambre. Es decir: comemos para sentirnos mejor en lugar de para nutrirnos. A esto se le llama “sistema de recompensa”.

Están las personas que comen vorazmente, pero en el otro rincón están esas a las que se les cierra el estómago cuando están nerviosas o angustiadas, y aquellas otras que solo pueden gratificarse recurriendo a la comida chatarra o las golosinas. Y aunque nuestra relación con la comida también es cultural, es innegable que existe un vínculo recíproco entre las emociones y cómo nos alimentamos.

El término “hangry”, que ya fue reconocido por el Oxford English Dictionary, combina las palabras hungry (hambriento) y angry (enojado), y se aplica a la irritación que nos produce el hambre. Es que, así como comer libera las hormonas del placer, la falta de alimento segrega las del estrés, como el cortisol y la adrenalina. Los niveles de glucosa, combustible básico para el cerebro, disminuyen al no comer.

Entonces, el cuerpo reacciona para intentar volver a la normalidad y hacerle frente a la escasez de energía. Por ese motivo, tener hambre puede producir dolor de cabeza, mareos y dificultad para concentrarse. Otra de las hormonas que liberamos cuando tenemos el estómago vacío es la ghrelina, que es la que nos avisa que nos falta alimento.

Si el deseo de comer tiene un origen emocional y no físico, aparece de forma repentina, nos manda a comer mucho en poco tiempo y a veces nos da antojo de algo en especial. Es que, cada vez que nuestro cerebro percibe algo como una amenaza, se predispone para huir y luchar y nos pide comer más. Otro de los estados emocionales que nos llevan a comer es la ansiedad. En su nombre nos ponemos a picotear y comer como si no hubiera un mañana. Ante la angustia, solemos usar el mismo mecanismo de comer en exceso para reconfortarnos y llenar el vacío que sentimos. Y lo mismo cuando estamos aburridas: comemos para distraernos.

Comer por impulso de las emociones no necesariamente es un trastorno, pero puede convertirse en uno. Para que exista un trastorno de la alimentación, deben existir también otras causas de origen biológico, psicológico y sociocultural. Pero sentir que tenemos una relación problemática con la comida y que esta ocupa demasiado tiempo en nuestra cabeza es un llamado de atención. Como también puede serlo registrar que un cambio en nuestra conducta alimentaria es la única manera que encontramos de lidiar con los conflictos. Finalmente, los cambios físicos -como el aumento de peso o la delgadez extrema- pueden ser también indicios. Ante estas señales, es fundamental recurrir a un médico, para que nos dé un diagnóstico, nos informe y nos facilite un tratamiento.

Fuente: Gina Gaona / Ohlalá

COMENTARIOS