Historias de vida

Es hombre transexual y abortó

"No podía llevar el embarazo ni parir, era eso o morirme", contó Santiago Merlo, hoy de 42 años

sábado 4 de agosto de 2018 - 2:44 pm

Santiago Merlo (42) nació en un pueblo en Traslasierra, Córdoba. Nació como Paula, pero desde chico se sintió hombre. En un diálogo con Infobae recuerda los momentos más emblemáticos de su historia.

“¿Qué hacés sin remera? -le gritó- ¿No te das cuenta de que te están creciendo las tetas?”, le había dicho una vecina cuando era apenas un joven que no entendía lo que le pasaba.

Tenía 19 años cuando conoció a un activista que recién pudo darle esa respuesta: “Lo que a vos te pasa es esto: sos un varón trans”. Era 1995, ya había travestis famosas pero todavía faltaban 16 años para que apareciera, por primera vez, un varón trans en Gran Hermano.

Hasta ese momento, Paula por aquel entonces, “formaba en fila de varones, iba al baño de nenes”. “Me acuerdo que para un acto del 25 de Mayo me hicieron disfrazar de dama antigua. Yo me enojé, me sentía asfixiado con ese vestido, todos sacaban fotos”. Pero su mamá era maestra rural y en su casa había bolsas con disfraces: “Cuando volví a casa, me vestí de caballero de la Revolución, me pinté una barba con corcho y le pedí a mi papá que me sacara otra foto. Le dije ‘sacame ahora, este soy yo'”.

La siguiente etapa fue determinar si le gustaban las mujeres o los hombres. “En el medio de todas estas complejidades y del quilombo que tenía en la cabeza, quedé embarazado. Tenía 22 años”. Estaba empezando a metabolizar esto de separar el cuerpo biológico del género con el que se percibía cuando el embarazo le escupió las teorías en la cara.

“Era lo peor que me podía pasar. Lo pensé: ‘¿Puedo seguir adelante con esto?’, ‘¿y si sigo y lo doy en adopción?’. Hasta que entendí que yo no iba a sobrevivir a un embarazo, que no iba a soportar esos cambios en mi cuerpo: una gestación, un parto. Había vuelto a aparecer lo biológico, era reafirmar que yo no era el varón que sentía que era”, sigue. “Para mí era una situación extrema: era abortar o matarme, no había otra opción. Morirme era también una forma de negar esa feminidad que volvía a aparecer”.

Fue un aborto quirúrgico, con anestesia general, sin realizarse previamente un sólo estudio para ver si podía tolerarla. “Tuve suerte de que no pasó nada porque tardé años en hacerme un control. No por el aborto en sí mismo sino porque no podía enfrentarme otra vez a mi cuerpo”.

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