Fuera de juego

“Kaiser”: la historia del futbolista más tramposo de la historia

El brasileño Carlos Henrique Raposo se convirtió en un verdadero estafador. Un documental, en tono de comedia, recrea su vida

miércoles 1 de agosto de 2018 - 1:34 pm

“En Brasil todos juegan bien al fútbol”. Esta máxima, exagerada, se acerca un poco a la realidad del país más veces campeón del mundo, con amplia tradición futbolística y que derrocha talento en cada rincón.

Y algo de esto tiene que ver con la historia de Carlos Henrique Raposo, quien sin saber patear una pelota engañó a todo el mundo durante 20 años. Ahora, sus mentiras tienen una película.

“Kaiser”, como le decían a Raposo por su parecido físico a Franz Beckenbauer, es el nombre del documental en tono de comedia que cuenta la agitada vida de este (no) jugador.

En el tráiler del film se ven a ex jugadores de la talla de Bebeto, Cafú o Carlos Alberto, mítico lateral del Brasil campeón en 1970, opinando de la figura del título.

“Entré en este documental para ser sincero”, aclara el Kaiser en la filmación. “No jugué, no hice goles, no pateé la pelota. Hubo muchas fiestas, muchas orgías. Mi entretenimiento era el sexo, como dicen que le gustaba al actor Michael Douglas”, se definió este adicto al sexo que estafó a unos diez equipos y se codeó con la mafia.

¿Cómo sospechar de un crack brasileño? Esa es la pregunta que explica el fenómeno de Raposo, quien fue futbolista profesional durante 20 años sin saber patear una pelota.

Compartió planteles con leyendas como Ricardo Rocha, Edmundo, Renato Gaúcho, Romario, Branco, Bebeto y Carlos Alberto Torres. Ser amigo de varias figuras brasileñas y su capacidad para mentir lo llevaron a ser el protagonista de la película.

En la década del 80, Raposo llegó al mundo del fútbol gracias a la noche. Era un personaje conocido y querible en el ámbito de las discotecas de Río de Janeiro, y ese fue su boleto a la actividad profesional. A los 23 años, gracias a su amistad con Mauricio, un ídolo del Botafogo, consiguió su primer contrato como jugador. En ese momento nadie reparó en que apenas podía pegarle a la pelota con un poco de fuerza. ¿Entonces? “Iba a los entrenamientos y a los pocos minutos me tocaba el muslo y pedía ir a la enfermería”, contó el Kaiser en varias oportunidades.

Claro, por aquellos años todavía no existía la resonancia magnética, por lo que se aseguraba un descanso de al menos 20 días en su casa.

“Tenía un dentista amigo que me daba un certificado de que tenía algún problema físico; y así pasaban los meses. En Botafogo creían tener en mí un crack y en realidad era un misterio”, contó el ex ¿jugador?.

A pesar de no haber debutado nunca con la camiseta del Botafogo, de ahí pasó al Flamengo, donde jugaba su amigo Renato Gaúcho. Los engaños de Raposo superaban la lógica de hacerse el lastimado: caía a los entrenamientos con un teléfono celular de juguete y simulaba hablar en inglés con dirigentes de clubes europeos. Un iluminado de la mentira.

La estafa continuó en el Puebla (de México) y El Paso Patriots (EE.UU.), donde tampoco sumó minutos. “Firmaba el contrato de riesgo, el más corto, normalmente de unos seis meses. Recibía las primas del contrato y me quedaba allí durante ese período, sin jugar”, recordó.

Lo más cerca que estuvo de debutar en un equipo fue en 1989, cuando firmó con el Bangú de Brasil y estando en el banco de los suplentes, el entrenador lo mandó a calentar. Raposo, para evitar un ingreso que revelaría su estafa, encontró una salida: se peleó con un hincha rival y el árbitro lo expulsó.

“Dios me dio un padre y después me lo quitó. Ahora, que Dios me ha dado un segundo padre –refiriéndose al entrenador- no dejaré que ningún hincha le insulte”, se justificó. Su DT, claro, lo amó. Y le renovó por seis meses más…

También pasó por el América, Vasco de Gama y Fluminense, todos de su país. Raposo dice haber jugado 15 partidos en el Flu, pero en los registros no aparece su nombre. Tampoco en el del Independiente campeón del mundo de 1984, en donde asegura haber jugado seis encuentros. En Avellaneda no recuerdan su nombre y mucho menos haberlo visto en ese glorioso equipo.

Increíblemente, tuvo una experiencia europea. Firmó con el Ajaccio de Francia, donde le hicieron una presentación de lujo.

“Empecé a agarrar pelota por pelota y se las pateaba a los hinchas mientras al mismo tiempo saludaba y besaba el escudo de la camiseta. Los aficionados enloquecieron. Los dirigentes se agarraban la cabeza porque los hinchas se llevaron de recuerdo todas las pelotas. Habré pateado unas 50. No quedó ninguna”, explicó sobre ese día.

El Ajaccio, de hecho, fue su última estación en el fútbol profesional. Y en donde no le quedó otra que jugar 20 minutos. Aunque no como todos esperaban: en el primer pique hizo como si se hubiera desgarrado y pidió seguir por amor a la camiseta. Los hinchas deliraban. Y luego se retiró.

Hoy, a los 55 años, es personal trainer y reveló cómo hacía para que los jugadores pidieran a los dirigentes que lo contrataran.

“Nos concentrábamos en un hotel. Yo llegaba un día antes, llevaba diez mujeres, y alquilaba habitaciones debajo del piso en que el equipo se hospedaría. De noche nadie huía de la concentración, lo único que teníamos que hacer era bajar las escaleras y divertirnos”.

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