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La imperdible belleza de Samarcanda

En sus mezquitas de reflejos azules y bulliciosos mercados la ciudad uzbeka exhibe la relevancia que ostentó como etapa en la Ruta de la Seda y antigua capital del imperio de Tamerlán

sábado 30 de junio de 2018 - 7:08 am

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Monumento a las caravanas que cruzaban Asia central

Equidistante entre China y el Mediterráneo, la ciudad era un refugio para los caravaneros antes de encarar los inmensos desiertos o las inexpugnables montañas. Trajinaban mercancías, pero circulaban también religiones, inventos, tradiciones…

November 2017

Estatua de Tamerlán

Como Alejandro Magno y Gengis Khan, Tamerlán (Timur-i-Lenk, Timur el cojo, 1336-1405) forjó un imperio colosal que se extendía de la India al Mediterráneo y, por el norte, hasta las puertas de Moscú. En 1370 estableció su capital en Samarcanda. Murió en Otrar (Kazajistán) a los 69 años, camino de conquistar China.

Los tigres de la madrasa de Sher Dor desafían la ortodoxia del islam

Tres madrasas imponentes se alzan en sendos costados del Registán, enmarcando un enorme espacio rectangular. El conjunto tomó su aspecto actual en el siglo XVI, aunque la primera piedra la puso Ulug Beg. Este ordenó erigir la primera y homónima madrasa en 1417, así como caravasares, khanagas (alojamientos para derviches), una mezquita y un hamam. Un siglo después, el gobernador Yalangtush, reemplazó esos edificios secundarios por dos madrasas: Sher Dor (1636), casi simétrica a la de Ulug Beg y decorada con dos tigres; y Tillya Kari (1660), la única sin minaretes pero con una mezquita en su interior que, siglos después, pasó a ser de referencia en la ciudad.

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Madrasa de Tilya Kori

De 1660, es la más moderna de las tres que enmarcan la plaza del Registán. El mihrab está decorado con relieves dorados sobre fondo azul. Parada obligada de las caravanas de la Ruta de la Seda y capital de uno de los mayores imperios de la historia, Samarcanda conserva auténticas obras maestras de la arquitectura islámica.

El arte de la cerámica vidriada

Y si bien en el islam abundan las decoraciones geométricas, florales o caligráficas, en Uzbekistán no es extraño encontrar seres vivos desafiando la ortodoxia religiosa, como en la madrasa de Sher Dor. Entre los ejemplos más espectaculares de cerámica vitrificada en Samarcanda, cabe destacar la mezquita Bibi Khanum, la necrópolis de Shah-i-Zinda y la cúpula del mausoleo de Tamerlán.

Mausoleo de Gur Emir o del Gran Tamerlán, de 1403.

Aquí se encuentra enterrado Tamerlán, a pesar de que el mausoleo lo había ordenado erigir en 1403 para su nieto Mohammed Sultán. Lo cierto es que es una obra de exquisito estilo y proporciones, con una bella cúpula turquesa acostillada. Y si el exterior asombra, el interior sobrecoge con su elaborada decoración áurea.

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La necrópolis de Shah-i-zinda

Una filigrana de azulejos recubre los mausoleos de Shah-i-Zinda. En la primera mitad del siglo XI sus colinas alojaron lujosas mansiones y luego se sucedieron los enterramientos, cada vez más ornamentados. Nichos en los que destaca el azul de las baldosas de mayólica, los mosaicos de azulejos con láminas de oro, la terracota labrada y esmaltada, las maderas talladas, los cristales de color y los estucos. Desde los pisos superiores se ve la ciudad.

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Destellos azules

El arte decorativo más característico de Uzbekistán posiblemente sea la cerámica vidriada. Tuvo su apogeo con la dinastía timúrida cuando azulejos, baldosas de mayólica y terracotas labradas recubrían cúpulas, fachadas e interiores. El característico color azul procedía del lapislázuli, la piedra turquesa o el cobalto. Pero el esmaltado no era tan solo una cuestión estética sino que aportaba gran durabilidad en un entorno desértico.

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Fundada en el siglo VII a.C., la ciudad alcanzó su apogeo en los siglos XIV y XV.

Observando las tres imponentes madrasas (escuelas) es imposible no sentirlo: la plaza del Registán tiene un magnetismo especial. Y aunque la fama de Samarcanda se asocia a Tamerlán, que estableció aquí la capital de su imperio, esta plaza debe su majestuosidad a su nieto, el astrónomo Ulug Beg.

Fuente: National Geographic

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