Viajes

Transiberiano: un viaje en tren de Moscú al Pacífico

Hay pocos viajes ferroviarios tan míticos como este, un recorrido a lo largo de 9.289 kilómetros desde Moscú hasta Vladivostok

viernes 1 de junio de 2018 - 7:28 am

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El alma de Siberia

La joya del Baikal es la isla de Olkhon. Las praderas y los infinitos cielos de Siberia, surcados por bandadas de pájaros, se ven interrumpidos por fugaces visiones del lago. Pilares de madera con telas atadas en honor de los espíritus recuerdan que la cultura chamanística buriata considera sagrada la isla. Khuzhir es la única población, un conjunto de casas de madera desde la que se suele ir al cabo Khoboy para intentar ver las nerpas, las focas de agua dulce endémicas del Baikal. En invierno es factible incluso circular en coche sobre las heladas y transparentes aguas del Baikal.

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El paso de las esta­ciones transfigura los paisajes del Baikal

Centenares de ríos alimentan el lago más profundo del mundo, extenso como Bélgica, pero de él solo aflora uno: el Angará, en la ciudad de List-vyanka. El Baikal es la gran atracción de Siberia. La transparencia inigualable de sus aguas, muy ricas en oxígeno, y la belleza de los paisajes llevan a muchos pasajeros a detenerse en Irkutsk

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Una obra épica

Entre 1891 y 1898 se tendió la vía, ahorrando el máximo en materiales y con la colaboración de reclusos y deportados que veían reducida su condena. Ante los frecuentes descarrilamientos, se optó por reconstruir enteramente la línea. La imagen muestra unos obreros en Krasnoyarsk en 1899.

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Una semana viviendo en un ferrocarril

La principal atracción de un viaje en el Transiberiano es la vida en el tren, un microcosmos de Rusia. Nada más subir hay que cambiarse de ropa y ponerse cómodo; no tardan en aparecer la comida y bebida, que se van reponiendo en los andenes, donde hay gente que vende de todo. Conforme avanza el trayecto aumentan las conversaciones con los compañeros de compartimento. Mención aparte merecen las provodnitsas, encargadas de mantener el orden en cada vagón. Estas mujeres uniformadas forman parte de los recuerdos de cualquier viaje por el Transiberiano. Además de los trenes convencionales, existen otros de lujo que circulan en ciertas fechas.

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Novosibirsk

La gran ciudad junto al río Ob cuenta con el mayor teatro de ópera y ballet de Rusia. Esta estatua de Lenin se halla delante de él.

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Montes Urales

Tras atravesar la gran cordillera y llegar a Ekaterimburgo, el ferrocarril se adentra en Siberia. Esta ciudad, creada en 1723 para convertirse en el centro industrial de la región, pasó a la historia porque allí fueron asesinados el zar Nicolás II y su familia por los bolcheviques.

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La catedral de San Basilio

Iván el Terrible la mandó construir en el siglo XVI para conmemorar su victoria sobre los tártaros, lo que abrió a Rusia las puertas de Siberia. Apenas un siglo más tarde casi toda Siberia ya formaba parte de las tierras del zar.

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Destino Vladivostok

Fundada en 1860, Vladivostok (“Poder sobre Oriente”) prosperó después de que fuera completado el Transiberiano. En 1932 se convirtió en la nueva sede de la Flota Rusa del Pacífico y desde 1958 hasta 1991 permaneció cerrada a los extranjeros. Su asentamiento a orillas del Pacífico, en un golfo llamado el Cuerno de Oro por su similitud con el de Estambul, el ambiente desenfadado y sus avenidas donde es frecuente ver a marineros paseando, le otorgan una personalidad que no poseen el resto de ciudades siberianas y la convierten en un perfecto punto y final del Transiberiano.

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Desde Europa hasta Asia

La línea ferroviaria que une Europa con los confines de Asia condensa siglos de historia. Por las ventanas del tren desfilan las vastas extensiones de campos de cereales de la Rusia europea, los montes Urales con sus desgastadas colinas, la impenetrable taiga siberiana, las cristalinas aguas del lago Baikal y, por último, la visión de Vladivostok a orillas del Pacífico tras haber cruzado todo un continente.

Fuente: National Geographic

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