Salud

Las enfermedades que Dickens anticipó en sus novelas antes que la medicina

Pero una nueva muestra en el museo del autor de clásicos literarios, en Londres, revela otra cara menos conocida del escritor y su obra: su aporte a la ciencia

domingo 27 de mayo de 2018 - 7:42 am

Charles Dickens, autor de clásicos literarios como “Oliver Twist”, “David Copperfield” y “Canción de Navidad” (A Christmas Carol), es reconocido por haber fomentado la conciencia social en la Inglaterra victoriana, en especial por sus denuncias sobre el maltrato a niños pobres y el trabajo infantil.

Pero una nueva muestra en el Museo Charles Dickens, en Londres, revela otra cara menos conocida del escritor y su obra: su aporte a la ciencia. La curadora de la exhibición, Frankie Kubicki, señaló al diario británico The Guardian que Dickens “fue uno de los comunicadores científicos más influyentes de la era victoriana”.

El dato sorprende ya que, como reconoce la propia Kubicki, “durante 150 años se creyó que Dickens estaba desinteresado o incluso era hostil hacia la ciencia”. Esa creencia, que según la curadora era “un malentendido y una farsa”, seguramente estuvo basada en las profundas convicciones religiosas del escritor.

Dickens era anglicano y su religión era una parte importante de su vida. Según algunas de sus biografías, los novelistas rusos León Tolstói y Fiódor Dostoyevski se referían a él como “ese gran escritor cristiano”.

El autor británico incluso escribió una obra religiosa, entre 1846 y 1849, cuando ya era un autor reconocido. Se llamó “La vida de nuestro Señor” y hablaba sobre Jesucristo. Pero el libro no fue publicado, al menos no durante la vida de Dickens (quien expresamente pidió que la obra se conservara en el seno de la familia).

Sin embargo, sus creencias religiosas no lo hacían rechazar la ciencia. Por el contrario, se ha revelado que Dickens mantenía amistad y correspondencia con varias luminarias médicas y científicas de su época.

En la muestra, que lleva el título “Charles Dickens: Hombre de Ciencia” y podrá visitarse hasta el 11 de noviembre, se exhiben algunas de estas cartas. Uno de sus corresponsales fue Michael Faraday, el reconocido físico y químico británico que descubrió la inducción electromagnética, el diamagnetismo y la electrólisis.

Inusualmente, entre los contactos de Dickens había varias mujeres científicas. Una de ellas fue la química Jane Marcet, con quién vacacionó. Otra, la paleontóloga Mary Anning, a quien le dedicó un obituario cuando falleció.

Y la matemática Ada Lovelace lo admiraba tanto que le pidió que le leyera su novela “Dombey e hijo” en su lecho de muerte.

Pero Dickens -quien antes de ser escritor fue periodista- hizo más que mantener amistades con científicos. También promovió la ciencia a través de su revista semanal, Household Words, que fundó en 1849.

Allí, además de difundir sus propias obras y las de autores poco conocidos, y de denunciar la injusticia social, también buscó acercar la ciencia al lector común.

Por ejemplo, explicando los procesos químicos detrás de actividades cotidianas como hacer té, fermentar cerveza o quemar velas. Para esto último le pidió a Faraday una copia de una conferencia que dio ante la Royal Institution titulada “La Química de una Vela”, que forma parte de la muestra.

Visionario médico

Pero lo más revelador de la exhibición es que muestra cómo Dickens, a través de su obra y su ojo detallista, describió algunas condiciones médicas que todavía no habían sido diagnosticadas en esa época. El ejemplo más conocido es lo que hoy se conoce como el Síndrome de Pickwick.

El trastorno -también conocido como Síndrome de hipoventilación y obesidad (SHO)- recibió ese nombre en homenaje a un personaje del ensayo “Los papeles póstumos del club Pickwick”, la primera novela de Dickens.

El personaje -un mensajero conocido simplemente como “Joe, el niño gordo”, y que en la muestra está representado por una figurilla de cera- tiene hambre constantemente y suele quedarse dormido y roncar fuertemente.

En 1956 el American Journal of Medicine señaló que esos síntomas corresponden a una enfermedad respiratoria que afecta a algunas personas obesas y que causa una reducción del oxígeno en la sangre. Esto explica por qué suelen quedarse sin aire y estar somnolientas durante el día.

En “Dombey e hijo” Dickens describió otra cosa que aún no había sido observada por la literatura médica: el personaje de la señora Skewton sufre una “enfermedad final” que paraliza el lado derecho de su cuerpo y le quita la capacidad de hablar.

Pasarían muchos años antes de que la medicina identificara que el habla es controlada por un solo lado del cerebro y que se ve afectada cuando hay daño cerebral de ese lado. En tanto, en “Casa desolada” (Bleak House), el autor describe una condición que la neuropsicología recién entendería en tiempos modernos: la dislexia.

En esa obra, publicada entre 1852 y 1953, el señor Krook es descrito como un comerciante bebedor que se deshace de documentos sin leerlos porque “puede entender todas las letras por separado y conoce a la mayoría de ellas cuando las ve por separado… pero no puede juntarlas”.

“Dickens es un observador increíblemente agudo de los comportamientos humanos”, señaló Kubicki. “Captura estos comportamientos tan perfectamente que sus descripciones pueden usarse para construir relaciones entre los síntomas y la enfermedad”. De hecho, sus descripciones forenses fueron tan perfectas que incluso párrafos de sus obras fueron citadas para enseñar medicina.

En “La ciencia y la práctica de medicina”, un texto de 1863, William Aitken citó un fragmento de “Nicholas Nickleby” en donde el personaje de Smike muere de tuberculosis, para describir los síntomas de la fiebre que precede el momento de la muerte.

La minuciosidad de Dickens para describir enfermedades de forma inusualmente vívida fue destacada en un obituario del autor, que fue publicado en la primera edición del British Medical Journal de 1870, y que puede verse en la muestra.

“Ninguno, excepto los médicos, puede juzgar la rara fidelidad con la que [describió] los caminos tortuosos de la enfermedad y la muerte”, afirma.

Sus desgarradoras narraciones sobre niños enfermos y moribundos ayudó a cambiar las actitudes hacia las enfermedades infantiles y su incansable activismo contribuyó a lo que fue su último legado relacionado con la medicina: la construcción del primer hospital pediátrico del mundo, que se erigió en Londres en 1852.

El Great Ormond Street Hospital sigue ahí, a pocas cuadras de lo que fue el hogar de Dickens, en Doughty Street, donde hoy funciona su museo.

Fuente: BBC Mundo

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