Ciencia

¿Es posible cultivar papas en Marte?

Al científico peruano Julio Valdivia nunca le interesó viajar al espacio; Sin embargo, desde hace un año y medio lidera un proyecto de la NASA para sembrar tubérculos en el planeta rojo

viernes 27 de octubre de 2017 - 6:55 am

Una noche de mayo, durante la grabación de un capítulo de Hijos de las estrellas en Perú, un reportero de la serie le preguntó al investigador Julio Valdivia si las papas que planea llevar a Marte son tan ricas como las que usan en un restaurante limeño de moda.

Quería saber, además, si servían para reproducir uno de los platos. La broma fue sutil, pero no la primera: cada vez que Valdivia habla sobre la idea de cultivar papas en el planeta rojo, aparece alguien comparándolo con Matt Damon en la película The Martian, o preguntando si servirán para hacer papas fritas.

Según detalla el diario La Nación, aunque el proyecto ya ha mostrado los primeros resultados en un experimento patrocinado por el Centro Internacional de la Papa y por la NASA, pocos parecen tomar en serio a este científico que ha pasado los últimos 13 años estudiando un desierto, al sur del país, tan árido como Marte.

Marte

Esa noche, mientras el reportero y un cocinero se reían de la ocurrencia, él solo atinó a seguirles el juego. Valdivia, un investigador que sabe cómo construir un simulador extraterrestre y que trabajó con astronautas expuestos a radiación, aún no consigue superar los prejuicios que tenemos sobre la investigación espacial.

El hombre que designó la NASA para este proyecto es un médico y astrobiólogo de 37 años que habla de bacterias extremófilas -aquellas que pueden vivir en el frío de la Antártida o dentro de reactores nucleares- con el mismo entusiasmo que tiene por los videojuegos.

En 2004, cuando hacía un estudio médico en Arequipa -la segunda ciudad más grande de Perú-, el Centro de Investigación Ames le propuso sumarse al equipo de investigadores de la NASA. Desde entonces, ha trabajado en varios proyectos de la agencia espacial estadounidense. Potatoes on Mars es el más reciente.

Esta investigación reúne a un grupo de científicos peruanos, estadounidenses y tailandeses que intentan descubrir cómo cultivar papas en Marte y, al mismo tiempo, ayudar a agricultores de las zonas más afectadas por la desertificación en la Tierra.

Valdivia es, allí, el encargado de los temas espaciales: desde el hallazgo de un suelo muy parecido al de Marte, hasta la construcción de un domo con condiciones ambientales extremas, similares a las del planeta rojo.

Desde hace dos años y medio, cuando regresó a vivir al país después de una década en Estados Unidos y México, divide su tiempo entre ese proyecto, la docencia y una investigación sobre cáncer y microgravedad.

Valdivia podría parecer el estereotipo de un nerd de laboratorio -es fanático del animé y usa lentes para corregir un astigmatismo leve-.

Sin embargo, es bastante más complejo: adora a Vivaldi, pero también a The Cure. Usa un reloj deportivo que cuenta sus pasos, con camisas y pantalones de colores sobrios. A veces cocina para sus amigos y todas las semanas sale a comer con un grupo de estudiantes de la Universidad de Ingeniería y Tecnología de Lima.

Luz Pérez, una asistente de investigación que ha participado en estas reuniones, dice que los prejuicios que enfrenta el astrobiólogo tienen que ver con un pesimismo generalizado.

“Nos comparan con países que mueven grandes cantidades de dinero en investigación y piensan que es imposible hacer algo desde aquí. Pero Julio tiene esa combinación de conocimiento e ingenio que le permite encontrar respuestas que cambian el modo tradicional de hacer las cosas”.

A Julio Valdivia nunca le interesó viajar al espacio. Desde que era un adolescente ha estado fascinado con la interacción de las células con virus y bacterias. Este interés lo llevó a dedicarse, primero, a la medicina.

Y, luego, a la astrobiología, una ciencia que se alimenta de distintas disciplinas para estudiar el origen, la evolución y la distribución de la vida fuera de la Tierra.

Esta tarde, el investigador ha hecho una pausa en su trabajo para asesorar a dos jóvenes peruanos que comparten su obsesión y, el próximo año, participarán de una misión a la Luna, junto a otros científicos peruanos.

Ruth Quispe, una bióloga de 25 años, y Rómulo Cruz, un químico de 27, necesitan un espacio para trabajar con cianobacterias durante los próximos meses.

Valdivia los aconseja en los trámites burocráticos para conseguir el apoyo de una universidad: revisa las solicitudes que prepararon, sugiere algunas precisiones y les explica los procesos que deben seguir con una paciencia zen. Cuando se queda solo dice, como un padre orgulloso, que ellos tienen la obligación de superarlo. Y, al rato, suelta aquello:

-El hombre es un ser explorador. Lo hemos hecho desde el inicio y lo seguimos haciendo. Nadie puede quitarnos esa curiosidad que tenemos. Y eso es lo que nos pasa con Marte.

La fijación con este planeta empezó hace 140 años, cuando el italiano Giovanni Schiaparelli vio una serie de surcos en el suelo marciano, a través de un telescopio. El ingeniero y astrónomo aficionado creyó que había encontrado ríos, y los llamó con una palabra italiana: canali.

Pero esta historia no estuvo exenta de malos entendidos. Y, según cuentan, cuando sus estudios fueron traducidos al inglés, cargaron con un error: la palabra “channels”, que hace referencia a un origen natural, fue reemplazada por “canals”, una construcción artificial. Hubo un grupo de astrónomos que desestimó la idea de inmediato.

Pero Percival Lowell, un estadounidense obstinado en demostrar la existencia de vida inteligente en Marte, escribió otra serie de libros en los que aseguró que aquellos canales habían sido construidos por una civilización avanzada, para llevar el agua desde los polos hasta las zonas ecuatoriales.

La confusión, entonces, estaba instalada. Y la idea fue reforzada en el imaginario popular por la ciencia ficción, aunque aquella nunca había sido su intención.

El primer desengaño llegó en 1965 con las fotografías del Mariner 4, una nave espacial de la NASA que sobrevoló Marte, después de varios intentos norteamericanos y rusos. En tiempos de Guerra Fría los programas se repetirían, uno tras otro, con pequeños avances y más desengaños.

Hasta que en 1976 las sondas Viking 1 y 2 transmitieron las primeras imágenes desde el suelo marciano. Su objetivo era mucho más ambicioso: debían buscar vida microscópica en el planeta. Fueron acondicionados para detectar materia orgánica en la superficie del suelo, pero también procesos como la fotosíntesis y gases producidos por las bacterias.

Aunque los resultados iniciales de los experimentos parecían positivos, la misión descartó la presencia de vida en un ambiente así de inhóspito.

Sin embargo, parte de la comunidad científica nunca estuvo convencida. Creían que los equipos podrían haber fallado o, más aún, que sus datos no habían sido bien interpretados. La controversia fue tal que cambió la manera de plantear las misiones a Marte.

Por eso, desde hace varias décadas, ya no se enfocan en la presencia de vida en sí, sino en las condiciones que ofrece el planeta para su desarrollo: una fuente de energía viable, carbono y agua en estado líquido.

Pero ¿por qué tanto interés en este planeta? Marte está, al igual que la Tierra, dentro de la zona de habitabilidad del Sistema Solar. Es decir, su distancia del sol -aunque está al borde de la franja- permite que el planeta no se congele por completo o, por el contrario, se achicharre.

“Marte tuvo todas las condiciones de la Tierra para generar vida. Lo que vemos hoy en él es una fotografía de nuestro planeta hace 3.500 millones de años”, dice Julio Valdivia en su oficina de la Universidad de Ingeniería y Tecnología de Lima.

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