Sociedad

Una cárcel argentina con una cancha de rugby de césped sintético

Los Espartanos, el equipo integrado por presos de la Unidad 48 de San Martín, estrenaron ayer el campo en un partido contra jugadores de distintos equipos

domingo 2 de julio de 2017 - 11:06 am

“La llego a contar ésta y no me la creen en la calle”, dice un preso, vestido para jugar al rugby. En una mano tiene una empanada, y en la otra una lata de gaseosa.

Todo está listo para inaugurar la primera cancha de césped sintético dentro de una unidad penitenciaria. Es la Unidad Penal 48 de San Martín.

Según detalla el diario La Nación, Los Espartanos son 78 hombres que están alojados en una cárcel de máxima seguridad del conurbano bonaerense. Y son jugadores de rugby.

“Hoy termina algo, y empieza algo mejor”, dice Eduardo “Coco” Oderigo, creador y entrenador de Los Espartanos. Primero lo interrumpe una trompeta, y después un espartano: “Te llaman de allá, Coco”. Es que acaba de entrar a la cancha Gabriela Michetti, vicepresidenta de la Nación. Coco no quiere figurar, pero lo necesitan para el corte de cinta.

Entran, con ella, el ministro de Justicia de la provincia de Buenos Aires, Gustavo Ferrari, el secretario de Justicia de la Nación, Santiago Otamendi y el secretario de Deportes de la Nación, Carlos Mac Allister. Los Espartanos están al fondo de la escena, tapados por la gente y las cámaras que les dan la espalda.

“El Coliseo”. Así decidieron llamar los Espartanos, el equipo de rugby del penal de San Martin, a la primera cancha de rugby de césped sintético en una unidad penitenciaria
“El Coliseo”. Así decidieron llamar los Espartanos, el equipo de rugby del penal de San Martin, a la primera cancha de rugby de césped sintético en una unidad penitenciaria

Julián Weich es el presentador del evento y forma parte del equipo de los visitantes, donde hay jugadores de rugby de distintos clubes de primera. A él le cuesta pensar que está en este momento en una unidad penal. La orquesta del Servicio Penitenciario toca el himno nacional. Desde las alturas, en lo que en un teatro sería el palco, otros agentes miran a lo largo de todo el perímetro. Un drone los sobrevuela.

“Es una emoción ver esto, cómo fue creciendo, cómo se nos fue de las manos”, dice Coco, que acaba de llegar de una visita a una cárcel en el exterior. Quiere instalar Los Espartanos en todo el mundo. El entrenador tiene el pelo blanco, lleva una camisa prolija, pantalón de vestir, zapatos. Ropa que cambiará en unos minutos por unos pantaloncitos blancos y la camiseta amarilla de Los Espartanos.

La cancha se llama, ahora, Bernardo Miguens. Para Coco, Miguens fue un referente como Puma por ir siempre para adelante. Y eso es lo que quiere que los chicos se lleven de todo esto.

Para descubrir la placa que lleva ese nombre, lo acompañan Joaquín, uno de los 13 hijos de Miguens, y su mujer, Ana. Lloran. El papel que sostiene Joaquín le tiembla mucho. Lee: “Creo que el viejo diría esto: «Dejen todo en la cancha, porque después va a ser muy tarde»”.

Al final del partido, un hijo de Miguens le regalará su camiseta azul y negra, transpirada, a un espartano. “Esto es una reliquia”, le dice un compañero. Los dos se ríen.

Michetti cierra la inauguración. Antes de que empiece el partido, invita a todos a rezar un padrenuestro. Los Espartanos, abrazados, miran para abajo, rezan. Hay aplausos. Y entonces la banda del Servicio Penitenciario Bonaerense empieza a tocar “Despacito”.

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