Columna Nexofin

Relación de apego: madres demasiado madres o todo lo contrario

Si bien son posiciones maternales disimiles y opuestas, frecuentemente consultan por el mismo motivo

lunes 22 de mayo de 2017 - 12:19 pm

Por Paula Martino, psicóloga con orientación psicoanalítica

En la clínica actual nos encontramos con madres dedicadas de tal manera a los cuidados que a su hijo le prodigan que se convierten en “imprescindibles” para él. Madres cansadas, agobiadas, madres demasiado madres.

Por el contrario, también nos encontramos con madres independientes, “modernas”, desapegadas excesivamente de sus hijos, madres que no están dispuestas a resignar nada de su rol anterior al advenimiento de la maternidad – trabajo, relaciones, intereses personales, etc. -, por dedicarse a sus hijos.

Si bien son posiciones maternales disimiles y opuestas, frecuentemente consultan por el mismo motivo: porque sus hijos no pueden tolerar su distanciamiento de ellas, porque “la extrañan”, porque se presentan “pegados” a su cuerpo, porque no le sueltan su mano, porque son tan dependientes que no pueden tomar ninguna otra decisión, más que no quieren separarse de ella.

Hablar de “apego” en los niños nos lleva a esclarecer que con frecuencia se mal interpreta el concepto, recayendo la problemática solamente del lado del niño. Difícilmente, los padres, sin intervención de un especialista, puedan ver cuál ha sido su incidencia causal en la cuestion, cómo se ha llegado a esa instancia, qué tienen que ver ellos con lo que le pasa al niño.

Me remitiré a citar dos casos clínicos donde se presentan situaciones aparentemente opuestas, pero con un común denominador: un niño que no puede separarse de su mama. Juan empezó primer grado, pero no puede quedarse solo en el colegio porque “extraña” a su mamá, ellos están todo el día “pegados”, “nunca se separan”, dice su madre, hasta duermen juntos por más que su padre se oponga y trate de separarlos. El renuncia a funcionar como ordenador, cansado de no poder intervenir, cede el lugar en su cama e intercambiando lugares, se va a dormir al cuarto del niño. Juan no habla con sus maestras, su voz es tenue e imperceptible, su madre “les traduce” a ellas las frases que Juan dice muy suavemente. Su madre se queda en la puerta del aula, lo saluda una y otra vez por la ventana, Juan no tolera no verla.

En contrapartida, aunque con el mismo resultado, Félix de seis años, estaba muy triste porque con mucho entusiasmo el día anterior había arreglado para irse a jugar a la casa de un amigo, pero, a último momento, “no pudo”, no pudo separase de su mamá. Luego, la madre de su amigo, interviene y lo convence de ir proponiéndole cosas que harían juntos que lo atrajeron mucho. Si bien accede, le hace un pedido especial a su madre: que lo pase a buscar a las dos horas. Esta se “compromete” con él, pero luego se retrasa y, alegando haberse quedado charlando con sus amigas, llega mucho más tarde. Félix me cuenta que esto suele suceder. Se angustia, llora, lo embarga un ataque de miedo.

Félix es un niño adoptado desde muy temprana edad. Las circunstancias de la vida, lo llevaron a encontrarse con una mujer que, ante la imposibilidad biológica de tener hijos, le ofrece un lugar como tal dentro de la constelación familiar.

Félix establece con el otro un lazo social relativamente bueno una vez superada la instancia de la separación de su madre. En ese preciso momento, se exacerba su timidez y mira con temor a su entorno, como si éste le resultase amenazante e incierto.

Aquí hacemos un paréntesis para explicar que, para que un niño pueda “desapegarse”, separase del Otro materno, es necesario que previamente haya habido un momento de alienación a ésta, una madre que lo aloje, que le dé un lugar en su deseo. Las dos operaciones, alienación y separación son necesarias en la llamada “constitución subjetiva”. En esta última instancia – separación – será crucial la intervención paterna la cual funcionará como ley – ordenadora – en la relación madre-hijo.

Para Félix, la separación de su madre adoptiva le resulta atemorizante porque lo remite a un primer momento muy primitivo de su historia que resultó fallido – alienación -, donde no ha tenido un lugar en el deseo de su madre – biológica -, un lugar en relación al amor, sino todo lo contrario, al rechazo.

De aquí se desprende una pregunta: ¿Cómo puede separarse un niño que nunca fue alojado? Y, otra: ¿cómo podría ocupar un lugar reivindicatorio de su ser “rechazado” primordial en su madre adoptiva?

El apego de Félix, está en función al temor que le genera distanciarse, aunque más no sea momentáneamente de su madre, ante la posibilidad de abandono, por lo que trata desesperadamente de aferrarse a ella.

Ahora bien, desde la posición materna, la madre adoptiva, el no cumplir con su “compromiso” con el niño, de buscarlo por la casa en el tiempo acordado, desencadena este temor y exacerba el apego a ella. Esta situación funciona como una reedición del abandono primario, en vez de reescribir algo diferente: una madre que no lo abandone.

Si bien desde el niño existe por su historia un “fantasma de abandono” por la cual se adhiere desesperadamente a su madre, desde el lado materno su acto lo confirma: La madre se queja de la “mamitis” que tiene su hijo para con ella, pero, paradójicamente, su poco compromiso con su palabra “te paso a buscar en dos horas” provoca que el esfuerzo que hace Félix por separarse de ella, se desvanezca, quedando más aferrado que nunca.

Lo que se desprende de la presentación de estos dos casos clínicos, es que cada situación de apego entre la madre y el niño es única e individual pero hay que remarcar que nunca es desde un lado sólo que se genera. Por lo tanto, habrá que ver qué significación tiene tanto para la madre como para el niño, trabajándolas en un espacio terapéutico individual a fin de que pueda reinventarse un vínculo sano y disfrutable para ambos.

COMENTARIOS