Abuso sexual

El abuso sexual crece incesantemente en la Argentina, ahora, los varones

Una investigación de especialistas de la UBA asegura que las denuncias ahora se dan en los dos sexos por igual. Aclaman que el abuso de las víctimas ocurre mayormente en sus casas o la de sus parientes

domingo 23 de febrero de 2014 - 9:36 am

Qué hipocresía, dirían algunos. Ocurre desde hace años y años que a los niños siempre les decimos ‘No hables con extraños’, pero ahora, lo que ocurre es todo lo contrario, el peligro no está afuera, y solo con las niñas, ahora se encuentra en las casas, en el círculo de confianza, donde la familia, los parientes cercanos, los profesores, etc. son los que abusan de los niños. Actualmente cada vez más varones deciden romper el silencio.

A principios del pasado febrero, Woody Allen fue acusado por una de las hijas de abuso sexual cuando ella tenía 7 años y el tema volvió a la mesa; investigaciones prueban que en 7 de cada 10 casos los abusadores son conocidos, hermanos, primos, padrastros, tíos, abuelos, docentes, padres, madres etc. Esta investigación llamada Infancia Maltratada, de la facultad de filosofía y letras de la UBA, es dirigida por María Inés Bringiotti.

Ya se ha comprobado que el abuso sexual infantojuvenil ya se da en los dos sexos por igual, aclara el jefe de unidad de Violencia Familiar del Hospital Pedro de Elizalde. “Hay muchos más varones de lo que se cree –coincide Bringiotti–. A ellos les cuesta mucho más hablar: creen que van a pensar que les gustó, que tienen tendencias ‘raras’ y que nunca van a poder estar con una mujer. Por esas mismas razones, los padres suelen tapar más los abusos de los varones que las madres”.

“A la dificultad de hablar del tema –sigue Patricia Visir, psicóloga y presidenta de la Asociación Argentina de Prevención del Maltrato Infantojuvenil– se les suma la idea de que ‘si me abusó un varón yo atraigo a los varones, entonces soy gay’, y ese es un pensamiento erróneo: el abusador sexual no busca necesariamente a un varón o a una nena, sólo busca la gratificación sexual y el sometimiento”.

La investigación señala también, algunas diferencias en los “lugares del abuso” más frecuentes en nenas y en varones: “En los varones ocurre en lugares como el natatorio, la casa abandonada, el club, el boliche, la casa de profesores, mientras que en las mujeres se observa más relación con el ambiente familiar y cercano, parientes, amigos, y la propia casa”.

‘’Más allá de si se trata de una nena o de un varón, son pocos los casos en los que el abusador deja marcas físicas (1 de cada 5). Y eso no sólo complica la posibilidad de hacer una denuncia sino que le da de comer en la boca al silencio: “Al principio, los chicos no hablan porque se sienten confundidos: no entienden cómo alguien querido los está dañando. Después, aparecen otros motivos: la vergüenza, la culpa de sentirse responsables del quiebre familiar que podría suceder. Además, están bajo amenaza: ‘nadie te va a creer’, ‘si contás voy a hacerlo con tu hermanita’, ‘Mirá el dolor que le vas a causar a tu mamá’. Y así se invierten los roles, y es el chico quien empieza a cuidar el equilibrio familiar con su silencio”, agrega Visir.

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Cualquier forma de contacto sexual con fuerza o intimidación, sean tocamientos obscenos o si hubo penetración, las secuelas psicológicas son devastadoras. “Suelen aparecer, en el momento o a lo largo de su vida, cuadros de depresión, trastornos de ansiedad y de personalidad y conductas auto agresivas. Suelen ser inhibidos social y sexualmente, tener dificultad para formar pareja y tener una autoestima muy baja. Esto último porque quien les tenía que enseñar que eran valiosos los dañó o miró para otro lado: su historia no fue lo suficientemente importante como para defenderlo”, agrega Visir.

Que muchos padres miren para otro lado por no saber qué hacer, por creer que no tienen pruebas o por no romper el supuesto equilibrio familiar, no ayuda: en el mundo, 8 de cada 10 abusos jamás salen a la luz. La Ley Piazza aumentó el tiempo que tienen las víctimas para animarse a hablar. Es que hablar, aunque sea años después, es sentir que el mundo tiembla. Pero también es saber que nunca será peor que guardarse para siempre, en el pecho, el secreto.

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