Brasil

Embajador griego: explican cómo fue el horrendo crimen pasional que escandaliza a Brasil

La mujer del diplomático intentó desviar la investigación hacia un hecho de inseguridad, pero las cámaras de vigilancia mostraron el momento en que su amante esconde el cadáver en un auto

sábado 31 de diciembre de 2016 - 2:53 pm

La supuesta desaparición y muerte del embajador griego en Brasil, Kyriakos Amiridis, mientras pasaba sus vacaciones en Río de Janeiro, dio un giro inesperado al develarse cómo fueron las cosas.

La Policía Civil de Río consiguió en este caso recrear en tiempo récord lo que ocurrió de la noche del lunes que, supuestamente, Amiridis desapareció, hasta la tarde del jueves, cuando un coche apareció carbonizado con un cadáver dentro.

El vehículo, con la misma matrícula que el alquilado por el diplomático, estaba bajo un puente en Nova Iguaçu, el municipio de la región metropolitana de Río en la Baixada Fluminense donde la familia Amiridis pasaba sus vacaciones de Navidad, a 48 km de la playa de Ipanema.

La trama cuenta con tres protagonistas, todos detenidos temporalmente por asesinato: la viuda del embajador, Françoise Amiridis, de 40 años; su amante de hace seis meses, el policía militar Sérgio Gomes Moreira, de 29 años; y el sobrino y cómplice de éste, Eduardo Moreira, de 24 años.

La policía, que aún no puede afirmar cuál es la motivación del asesinato, está convencida de que el trío tramó la muerte de Amiridis un día antes de ocurrir. Así lo confesó el sobrino, que fue generoso en sus declaraciones al verse traicionado por su tío cuando la policía tocó a su puerta.

El joven declaró que la viuda le ofreció 80.000 reales por deshacerse de su marido y él aceptó. Para él, joven de clase baja sin profesión informada, aquello era una fortuna.

El lunes por la noche las cámaras de seguridad de la urbanización donde vivía el matrimonio captaron al tío y al sobrino entrando en la residencia familiar. Ya en el salón, el policía declaró que se peleó con Amiridis tras recriminarle las agresiones constantes que propinaba a su amante.

La pelea se fue de las manos y el embajador, según la versión del agente sospechoso, sacó un arma (que la policía no ha conseguido hallar) y le apuntó.

Él, dijo, acabó asfixiándolo en “defensa propia”. El delegado responsable del caso, Evaristo Pontes, ve esta hipótesis “altamente improbable” y se inclina por la tesis de que el policía ya fue a la casa con la intención de matar y que el embajador fue gravemente herido, ya que los investigadores encontraron una mancha de sangre en el sofá del salón.

Tras matarlo, los Moreira envolvieron su cuerpo en una alfombra y lo cargaron en el asiento trasero del coche que Amiridis había alquilado. Las cámaras lo grabaron, eran casi las tres y media de la madrugada.

La viuda niega su presencia en la casa durante el asesinato, pero el sobrino la incriminó al afirmar que antes de que ellos consiguiesen salir de casa con el cadáver ella llegó del centro comercial con su hija de 10 años.

La pequeña no vio nada, pero su madre llegó a exigir rapidez en la tarea. Françoise lo niega, y también que conozca a su supuesto cómplice, pero sí ha confesado que supo del asesinato al día siguiente, cuando vio la mancha de sangre en el sofá y pidió explicaciones a su amante.

Tras el asesinato, el policía militar, nervioso, dejó a su sobrino y condujo el coche de su víctima sin rumbo. Decidió, por fin, esconder el vehículo – aún no se sabe dónde – con el cuerpo dentro (en un verano con una sensación térmica de casi 50 grados) hasta decidir qué hacer.

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Pasaron cerca de 24 horas hasta que el sospechoso optó por quemar el coche y disfrazar aquello de rutinaria violencia urbana. Para ello, el policía involucró otra persona, un mototaxista que tuvo que llevarlo a comprar gasolina y que, así como un mendigo estaba por ahí, vio el incendio del vehículo.

Una vez (mal) destruidas las pruebas, la mujer decide ir a la comisaría el miércoles para denunciar la desaparición de su marido, con el que estaba desde hacía 15 años. Allí dijo que desde el lunes no sabía nada de él y que, aunque es normal que el diplomático salga de casa sin dar explicaciones, era raro que no llamara a su hija.

La mujer no cuenta todo esto a los policías sola. Tiene a un lado a su amante y al otro, un abogado, lo que dispara rápidamente las sospechas de los agentes. Los investigadores entonces convocan a la pareja a unas cuantas entrevistas más, con el supuesto objetivo de seguir el rastro de Amiridis, y los amantes caen enseguida en un puñado de contradicciones, convirtiéndose en principales sospechosos.

El caso, aunque tuvo una respuesta rápida, revela muchas preguntas que la policía tendrá que responder antes de 60 días, tiempo máximo para poner en libertad a los sospechosos.

Fuente: El País

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