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Notas de Opinión

El golpe a Milei que persigue el kirchnerismo

Voltear las leyes en el Senado o el DNU en Diputados son los objetivos para castigar al Presidente. El Gobierno acepta todas las negociaciones con sus aliados. Sobrellevó la segunda huelga de la CGT, que exhibió sus fierros.

Columna publicada originalmente por Eduardo van der Kooy en Clarín

Algunos matices del paisaje político que acompañó a Javier Milei en sus primeros cinco meses habrían empezado a cambiar. No está puesta en tela de juicio todavía la adhesión de más de la mitad de los votantes que lo llevaron hasta la Casa Rosada. Pero existen señales de dos procesos de reconfiguración simultáneos. El oficialismo, según se vio en Diputados y se observa en el Senado, decidió dejar su encierro y dogmatismo inicial para permitir que sus iniciativas adquieran finalmente el formato de leyes. La oposición intransigente, de paso, optó por abandonar su virtual clandestinidad.

El kirchnerismo, los sindicatos, la izquierda y los movimientos sociales resolvieron dar sus primeros pasos en forma planificada. En terrenos diversos. Los diputados del sector insisten cotidianamente para ver de qué manera podrían terminar de completar una obra tallada en el Senado. Allí resultó rechazado en marzo el Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU). Una de las dos piedras fundacionales de la administración libertaria. Los intransigentes andan detrás de una decena de votos que, según sus cálculos, le permitirían asestar un golpe letal a Milei. La búsqueda no es sencilla.

Esa complicación obedecería a dos razones. La apertura del Gobierno y los puentes tendidos con gobernadores peronistas y no peronistas. Tarea que recayó en el ministro del Interior, Guillermo Francos. Otra derivación resulta del reposicionamiento radical cuya crisis interna tendría pensado aprovechar el kirchnerismo. En febrero dos dirigentes de la UCR (Facundo Manes y Pablo Juliano) votaron en contra de la Ley Ómnibus. Esa postura mutó en abstención cuando se dio media sanción al proyecto a fines del mes pasado.

En el Senado se reitera el comportamiento kirchnerista. José Mayans, titular del bloque, pretendió invalidar el proyecto remitido por Diputados. Reclamó además mayor tiempo de debate en comisión. Coincidencia con los aliados oficiales de la UCR, Martín Lousteau y Guadalupe Tagliaferri. Los senadores de Unión por la Patria se ausentaron el jueves, en adhesión al paro. Francos descubrió desde un primer momento a raíz de la estrategia K y opiniones de legisladores colaboracionistas, que la Ley Bases no estará sancionada antes del 25 de Mayo, fecha estipulada por Milei para la firma del pacto con los gobernadores. La realidad es que el kirchnerismo no consigue los votos para voltear las leyes y tampoco los libertarios para sancionarlas.

Ese difícil contexto parlamentario estuvo estimulado por otras circunstancias. Las tres últimas apariciones públicas de Cristina Fernández no resultaron casuales. Tampoco se lograron desvincular de la intención de establecer algún orden en la interna kirchnerista que muestra como teatro a Buenos Aires. En ese universo ampliado se estarían comenzando a descubrir algunas transformaciones. El kirchnerismo llevó por décadas al PJ de las narices. Un trabajo de la consultora ARESCO muestra una radiografía distinta. Cuando se indaga a ciudadanos sobre cercanías partidarias casi el 20% se manifiesta peronista no K. Casi 15% conserva lealtad a la corriente que nació como producto de la crisis del 2001. No sería ya mayoritaria. De todos modos, el Gobierno no debe permanecer desatento: sumados treparían al 35%.

Ese número, quizá potenciado con la participación de la izquierda, pudo haber significado la base sistémica sobre la cual se apuntaló la segunda huelga de la Confederación General del Trabajo (CGT) en los cinco meses de Milei. Se trata de una escalada: la primera medida de fuerza fue el 24 de enero solo de medio día y con una marcha. La del jueves fue completa con la adhesión casi unánime de los gremios del transporte. Antes de que la jornada concluyera el gastronómico Luis Barrionuevo, que en campaña prometió apoyar al Presidente, propuso programar un paro de 36 horas. Apropiado para el paladar de “El Salvaje”, el camionero Pablo Moyano. Prematuro, en cambio, para los “Gordos” cegetistas, después del esfuerzo que hicieron. ¿Será aquel el extremo con el cual amenazaron?

Las valoraciones de la medida que hicieron la CGT y el Gobierno fueron las de siempre. Jamás desde el retorno de la democracia fue posible escuchar otra cosa. Éxito total para los primeros y una muestra de debilidad, según el poder. No resultaría conveniente, tal vez, seguir insistiendo con la desaparición objetiva de la central obrera en los cuatro años de Alberto Fernández, mientras los salarios fueron devorados por la inflación. Valdría repasar la película completa de los 40 años para intentar entender si el camino recorrido ha sido acertado o equívoco. Con la huelga del jueves se redondearon desde 1983 cuarenta y cuatro paros. ¿La situación de la clase trabajadora mejoró o empeoró desde aquel hito de protesta?

Salvo los camioneros, todos los gremios perdieron afiliados. El trabajo registrado decreció en beneficio de la informalidad (8 millones de personas). Los salarios se han degradado a tal punto que un buen porcentaje de empleados registrados (17%) están en el nivel de pobreza, de acuerdo con mediciones del Indec. Valdría la pena que los dirigentes sindicales, amén de proteger sus patrimonios, cavilaran si de verdad han hecho las cosas bien. El ejercicio, con seguridad, podría extenderse a las clases política y empresarial.

La CGT se cuidó de no brindarle ninguna ofrenda a Milei. No hubo marcha. Los principales dirigentes estuvieron escondidos hasta el momento de la evaluación. Obstáculo sorteable para un gobierno que revivió la idea de “la casta”, algo aplacada en tiempos de negociación parlamentaria. Ornamentada con referencias bíblicas del mandatario.

Tampoco el oficialismo debiera engolosinarse con ese facilismo. Convendría recordar lo descolocado que asomó por aquella multitudinaria marcha de estudiantes y docentes universitarios en defensa de la educación pública. Desde entonces no le quitó los ojos de encima al problema. Los “Gordos son los Gordos”, pero aún en su decrepitud conservarían un poder de daño capaz de potenciarse en circunstancias adversas. El objetivo de la huelga fue exponer sus fierros. ¿Qué podría suceder, al contrario de lo que viene sucediendo ahora, si el Gobierno no logra bajar la inflación? ¿Qué ocurriría si la economía y el consumo demoraran más de lo que se promete en repuntar?.

Esas interpelaciones habrían sido las que, discretamente, generaron una adecuación política del Gobierno. Quizá no alcance con el personaje que construyó Milei, con sus prédicas económicas austríacas ni sus constantes desafíos para inyectar confianza en la gobernabilidad de la Argentina. El respaldo parlamentario podría ayudar. El fortalecimiento del oficialismo en una convergencia con el PRO, también. Esa fruta no termina nunca de madurar.

Karina Milei, la secretaria general, mantuvo un encuentro con legisladores del PRO. Cristian Ritondo, el de mayor fidelidad, estuvo a la cabeza. El proyecto de complementación política sigue navegando todavía sin un puerto de destino. La dificultad sería la de siempre. Mauricio Macri comulga con las ideas del líder libertario. Le hacen ruido su personalidad y la gestión. Detalles que fastidian a Karina, El Jefe. Esas objeciones fueron escuchadas por dirigentes del PRO. Las vacantes que a cinco meses de asumir persisten en la administración de Milei le abren posibilidades al macrismo. Al ingeniero le habrían arrimado un ofrecimiento: reponer a Leandro Cuccioli como jefe de la AFIP. Acaba de renunciar al empleo que tenía en Londres. La abogada Florencia Misrahi podría ser desplazada.

El Gobierno viene comprendiendo la necesidad de una mayor plataforma política para que el mundo pueda creer en la sustentabilidad del ajuste de las cuentas públicas que aplica. Pero en el desorden que muchas veces caracteriza la gestión no se repara en ciertas decisiones.

Luis Caputo, el ministro de Economía, propuso que la deuda que el Gobierno mantiene con las empresas generadoras de electricidad ($ 600.000 millones) acumulada entre diciembre y enero sea saldada con un bono en dólares que vencería en 2038. Podría significar una quita del 50%. Aquel monto representa más del doble del superávit fiscal que el Gobierno exhibió en el primer trimestre. La propuesta podría ir en contra de la prédica presidencial acerca del cumplimiento de los contratos y la seguridad jurídica imprescindibles para que la Argentina reciba flujo de inversiones y su economía pueda despegar. Detrás de tales enunciados también habría justificaciones morales a las cuales suele apelar el líder libertario.

Ese flanco debería ser muy bien resguardado por alguien que acostumbra hablar de “argentinos de bien”, de “la casta”, de “nido de ratas” o periodistas “ensobrados”. Forma parte del capital que añade a las expectativas que consigue mantener entre los suyos. De allí que hayan empezado a ser colocados bajo una lupa sus permanentes viajes al exterior. El último realizado con sensatez en el avión presidencial. Hasta ahora los periplos incluyeron una sola visita de Estado: a Israel. El resto correspondió a foros financieros, de divulgación de la ideología que profesa o, lo que más le agrada, encuentros con Donald Trump y, dos veces, con el empresario multimillonario Elon Musk.

Milei conjetura que esos flashes nutrirían las expectativas de sus fieles sobre un giro copernicano en la realidad del país. Del mismo modo espolea el Pacto de Mayo -alguno de cuyos puntos serán modificados-cercándolo con pompas. Desde la medalla con que se condecorará a los gobernadores que asistan hasta la llama votiva que Karina soñó para ser trasladada desde el Cabildo al Salón de los Pasos Perdidos del Palacio de Justicia en Córdoba.

Demasiado, tal vez.

 

 

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